sábado, 13 de enero de 2018

Un dios salvaje, de Yasmina Reza




Quería volver a Yasmina Reza después del breve, pero satisfactorio cotacto que había tenido el mes pasado con su obra tras la lectura de En el trineo de Schopenhauer, un relato largo/novela muy corta en la que había muchos componentes del lenguaje teatral. Reza es una reconocida dramaturga y Un dios salvaje es, sin duda, su obra más laureada. En ella asistimos a una batalla campal entre dos matrimonios que tratan de resolver con civismo y sin éxito una violenta disputa que habrían tenido sus hijos un par de días atrás. 

Alain y Anette Reillé acuden a la casa de Veronique y Michel Houillé porque Ferdinand, el hijo de los primeros, le ha sacado dos dientes y medio de un palazo a Bruno, el vástago de los segundos, y va a ser denunciado si no es capaz de disculparse con el corazón en la mano. Veronique piensa que el perdón sólo se obtendrá si es lo más sincero posible, pero Alain no está dispuesto a que su hijo se humille de esa forma; para él el mundo está regido por un dios salvaje y la violencia es una forma de expresar quién es más fuerte. Alain califica la acción de su hijo como una mera chiquillada a la que no hay que darle importancia, pero Veronique es un persona que se cree comprometida con la evolución social y que piensa que en la agresión queda claro quién es la víctima y quién el verdugo. Entre medias tenemos a un condescendiente Michel que detesta la hipocresía de su esposa y que trata de agraciarse con el triste Alain al tiempo que desea partirle la cara a puñetazos y a una sufridora Anette, que está harta del dominio que tiene su marido sobre ella cuando no es capaz de preocuparse lo más mínimo por los asuntos más complicados de la familia. Alain es un empresario que ha metido la cabeza en el turbio negocio de la venta de fármacos nocivos para la salud a gran escala y que, durante toda la obra, está hablando por teléfono para dejar clara su postura de tapar todos los huecos ante las posibles amenazas de demanda por miles de damnificados. Uno de ellos la inocente madre de Michel con más de setenta años. 

Un dios salvaje es una comedia acidísima en un único acto donde se pone de relieve que, a pesar de todo el avance de la civilización, nuestro cerebro de homo sapiens sapiens se ha mantenido sin alteraciones y que los sentimientos que nos permitieron sobrevivir hace miles de años son los que en definitiva siguen funcionando, todo lo demás es hipocresía y maquillaje. Veronique es una escritora que trabaja temas relacionados con las penurias de los países africanos y que se siente mejor que nadie por denunciar la injusticia del mundo. Esta vanidad le lleva a creer que tiene razón en todo y a juzgar precipitadamente a todo aquel que le rodea, colocándolo siempre un escalón o dos por debajo de donde ella está. Esto le permite a Reza crear un personaje como Michel, un hombre sumiso y temeroso, cuya única finalidad es agradar y que se siente confuso en toda la obra por no saber a quién tiene que darle la razón. Michel adquiere también algunos valores hipócritas, pues a pleno capricho exige para Ferdinand unas disculpas sinceras a su hijo por la paliza cuando él no es capaz de dárselas a su hija por haber abandonado/asesinado al diminuto y frágil hámster de ésta. Anette, por el contrario, es una mujer sometida a una presión insoportable al sentirse culpable del desastre que la rodea, ya que Alain, que dedica toda su vida al trabajo, se desentiende de todos los asuntos que tienen que ver con su familia y sólo abre la boca para recriminarle lo mal que está llevándolo todo.

En Un dios salvaje están los miedos y la lucha por el poder que han servido para perpetuar la especie desde que ésta existe y se levantan como un muro insalvable para todos los propósitos de compromiso social y progreso que se plantean para la sociedad de hoy. Explica el fracaso de las ideas integradoras, de la equidad y del respeto en la premisa insoslayable de que la sociedad hasta el día de hoy sólo ha sabido avanzar a partir del odio y que pedir cualquier otra cosa a nuestras mentes es forzar demasiado la máquina, a veces con escusas y mentiras que no llegamos a creernos del todo. Una visión como la que Reza muestra aquí es sumamente desconcertante, cruda y desesperanzadora con una humanidad que no ha mejorado, sino sólo progresado en un camino para permitir la supervivencia de los más preparados, eliminando o dejando de lado a los más vulnerables. Se borra también toda esperanza de posible mejora y se refuerza la idea de un mundo asqueado que ha tenido que perfumarse a sí mismo para poder seguir progresando en la misma línea que ha mantenido siempre. Con momentos de tensión brutales, Un dios salvaje se convierte en un drama más que recomendable para cualquiera que busque reflexionar sobre la naturaleza humana y sus estragos. 

Más reseñas de obras de Yasmina Reza en esta esquina: En el trineo de Schopenhauer,


miércoles, 10 de enero de 2018

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares




Emilio Gauna es obrero en un taller de Buenos Aires a finales de los años 1920s que sobrevive como buenamente puede compartiendo cuarto con su mejor amigo Larsen y que es aficionado al fútbol, al mate y a las carreras de caballos. Siente especial predilección por el juego y, gracias a la recomendación de su peluquero, apuesta por el equino ganador, con lo que se agencia más de mil pesos de golpe. Como no sabe en qué invertirlos e impulsado por su buen corazón invita a sus amigos del barrio, una panda de maleantes dirigidos por un viejo doctor apellidado Valerga, a pasar juntos las tres noches más alocadas de sus vidas en el carnaval de la capital de 1927. Tanto es lo que bebe Gauna que se despierta tirado en medio en medio de un bosque junto a un mudo y su hermano, sin recordar cómo llegó allí. Sin embargo, una imagen persiste en su cabeza, la de una mujer cubierta con una máscara en el lujoso pub de copas Armanville, de las afueras de la ciudad.

A partir de este punto comienza una historia de cotidianeidad, que Bioy prolonga la mayor parte de la novela. Gauna visita a un brujo porque sabe que algo importante ocurrió aquella noche, aunque no tenga claro el qué. El vidente le recomienda que trate de olvidarse del todo de ese asunto, pues su vida podría correr peligro si no lo hiciera. Entonces Gauna se resigna e intenta volver a la rutina de siempre. Se enamora, se casa, tiene toda suerte de proyectos y parece feliz, pero la duda acerca de lo que ocurrió verdaderamente en esas tres noches de 1927 vuelve a presentarse años después con una fuerza atroz.

Tengo que decir que El sueño de los héroes es una novela bastante diferente de lo que esperaba tras haber leído La invención de Morel. Se presenta a sí misma como una obra fantástica, pero este elemento se concentra en muy pocos puntos de la narración, que, por lo general, goza de un realismo muy bien construído. Con Gauna uno paseará por los lugares más deprimidos de los Buenos Aires de finales de los 1920s en una novela con unos tintes argentinos muy marcados. Los personajes toman mate, vosean, recitan tangos de memoria, se vuelven locos por el fútbol, apuestan a las carreras de caballos, salen a emborracharse por noches en el carnaval, etc. Esto puede llamarle la atención a lectores que como yo no hemos pisado nunca Argentina, aunque me imagino que buena parte de los de allá estarán un poco hartos de personajes tan estereotipados. 

Lo cierto es que los personajes se sienten muy encerrados en sus roles sociales y salvo alguno que otro como Larsen, la mayoría cuentan con una profundidad relativa y con unas actuaciones algo predecibles. Gauna es un personaje que no comprende cómo debe actuar, pero que se deja guiar con la idea de "cómo tienen que ser los hombres"; demostrará a toda costa que él no es ningún cobarde. Es triste, porque él mismo sabe que los actos que tiene son muy reprochables y que el doctor Valerga y sus compinches son unos sinvergüenzas que sólo quieren aprovecharse de su dinero, pero aún así siente una necesidad tan grande de mostrarse ante ellos como el "macho" que raya en lo patético. No obstante, Gauna tiene un buen corazón y eso le lleva a conquistar a Clara, la hija del brujo, que a mi juicio es uno de los personajes mejor construidos y que más juego dan. Clara se pasea en otro conjunto social que Gauna desconoce: el marginal mundo del arte dramático de la época. Sus amigos son intelectuales con pocos recursos donde Gauna no encaja en absoluto. El grupo de Clara es utilizado por Bioy para criticar la pésima situación de la mayoría de teatros de la Argentina del primer tercio del siglo XX, muy influido por las ideas modernistas que llegaban tardíamente de la Europa Continental. Clara es un personaje ambiguo e ingenioso y, por supuesto, la mente pensante del matrimonio Gauna. Sabe que todo lo que profetiza su padre es cierto y que Emilio no debe instigar en el pasado de aquellas tres noches. Sin embargo, me ha faltado en ella una chispa de rebeldía con una pareja tan cargada de celos como es el operario, poderosamente posesivo e irresponsable.

A pesar de esto, la construcción final y el ritmo creciente de la novela en su último tercio le dan una fuerza estética apabullante. Se genera una intriga insospechada para el lector que hacía un par de días había comenzado el libro en un abanico de confunsión y, al igual que en La invención de Morel obtenemos un final más que satisfactorio y que nos deja con más preguntas que respuestas. Bioy consigue que uno llegue a sentir verdadera preocupación por el destino de Gauna y por desentrañar el misterio que busca con tanto ahínco. Y esto es un logro fundamental para que una novela como El sueño de los héroes siga funcionando a día de hoy.

Por su temática la historia me ha recordado en gran medida a Cuando quiero llorar no lloro, aunque la prosa de Bioy es más sobria y precisa que la de Otero Silva, que destaca por su léxico florido e irónico.  También recuerda a un cuento como El sur de Borges, aunque con una trama mucho más enrevesada, callejera y distanciada en el espacio. Como novela podría decir que es recomendable, aunque los que más disfrutarán de ella serán los argentinófilos y los amantes de los finales sorprendentes que sepan tener paciencia a la hora de leer. Para cualquiera de estos dos, es una novela imprescindible.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel




domingo, 7 de enero de 2018

El niño que dibujaba gatos, de Lafcadio Hearn







Me aventuré a leer este libro gracias a la intrincada y extravagante vida de su autor: un periodista griego de padre irlandés que tras trabajar en los Estados Unidos acaba dando clases en universidades japonesas a finales del siglo XIX. Pensé que de esas extrañísimas experiencias aparecerían textos a la altura, pero lo que me he encontrado es bastante diferente. De los 23 cuentos que integran este libro sólo 9 están escritos con seguridad por Hearn (menos de la mitad del texto total) y los otros se le atribuyen por semejanzas con el estilo. Las piezas se tratan de una curiosa mezcla de cuentos maravillosos (que podían haber sido transmitidos perfectamente a través de la tradición oral japonesa) y narrativa infantil. Aunque decir que estos textos son para niños sería un poco desconcertante porque si bien hay en ellos formas típicas de la narrativa para los más pequeños (tramas sencillas, tono desenfadado, historias con finales "normalmente" felices, objetos mágicos, amigos animales que hablan,...) también tenemos situaciones y escenas que hoy en día calificaríamos de inapropiadas sin dudarlo. La mayoría de cuentos tienen un machismo muy marcado y en ellos no es inhabitual la presencia flotante de la idea del sexo y la justificación de la violencia más sangrienta. Supongo que a finales del siglo XIX la literatura estríctamente para niños estaba naciendo y no se sabía muy bien cómo enfocarla. 

A la falta de un público objetivo que pueda disfrutar de esta obra se le suman otros problemas diversos. Uno de ellos es la sensación que deja en el lector de que las tramas siguen modelos cerrados muy simples que se repiten una y otra y otra vez hasta el hastío. Esto es propio de los cuentos maravillosos de tradición oral en el que un cuento se modifica una y otra vez generando versiones diferentes de lo mismo, que se acaban por separar para conformar nuevos cuentos. Esto es comprensible si tenemos en cuenta que el texto no estaba fijado y que se acudía a él a través de las reminiscencias que podía dejar la memoria colectiva, pero eso no quita que los editores podían haber sido más listos y omitir aquellas historias que eran prácticamente iguales para dar algo de fluidez. A veces menos es más, y para mí sobran como mínimo unos 10 cuentos. 

De entre lo que más merece la pena me gustaría destacar el cuento que da nombre a la recopilación que, si bien no encaja mucho con los demás, constituye una excelente historia de terror para adolescentes. El niño que dibujaba gatos juega muy bien con la sinestesia y con la idea del terror sobrenatural y acerca de lo inesperado. De entre los demás alguno medio qué hay, pero, por lo general, son textos carentes de todo interés, a no ser que sigas al autor o que estés estudiando sobre los cuentos maravillosos. Tenéis otra reseña en Noctámbula.





miércoles, 3 de enero de 2018

Un artista del mundo flotante, de Kazuo Ishiguro



Masuji Ono es un pintor que hace revisión de su vida para admitir y superar sus errores del pasado. Durante algún tiempo los cuadros de Ono habrían servido para ensalzar las grandezas del Japón Imperial que en medio de la Segunda Guerra Mundial habría intentado extender su territorio en consonancia con las ideas fascistas que prosperaban en la Europa del momento. Con la derrota del país nipón sus compatriotas habían señalado a un conjunto de ideólogos como responsables de las muertes y traidores a la nación. El viejo Ono, a diferencia de tantos otros que arrepentidos habían optado por el suicidio como única forma de pedir perdón, decide sencillamente esconder sus cuadros, guardar silencio e intentar casar a Noriko, la menor de sus hijas, lo que no conseguirá a la primera debido a su reputación.

Un artista del mundo flotante trata sobre la idea del recuerdo y la evaluación de una vida donde cada gesto es fundamental. Ono pasa tras la guerra de ser un personaje famoso y un pintor muy reconocido a tener que camuflarse y renegar de sus mejores pinturas porque estas se vinculan con una ideología hiriente, que le recuerda a los japoneses que sobrevivieron lo inútil que fueron las muertes de sus seres más queridos. El pintor debe asumir que ya nadie lo admira y que hasta sus camaradas más cercanos pasan a repudiarlo y esto no se consigue de la noche a la mañana. Ninguno de sus alumnos quiere reconocerlo como su sensei (salvo el pordiosero de Shintaro) debido a los numerosos problemas que esto podría acarrearles. Ono, pretendiendo representar ideas grandes y el espíritu de una nación frente a la cotidianeidad que buscaba su maestro Mori-san habría abandonado "el mundo flotante", el que se limitaba a retratar lo efímero de las noches de Tokio con sus faroles ondulantes y semifantasmales para caer en un error que tardará mucho en asumir, que se cobrará la vida de su hijo Kenji por el camino y que provocará el tambaleo de una familia más que ilustre que se verá asomada al abismo. 

La novela intenta centrar su acción entre 1947 y 1949, pero Ono no es un narrador lineal y va a ir introduciendo información a medida de que se vaya acordando. Esto produce unos saltos temporales asombrosos, aunque muy bien hilados, que permiten al lector conectar las distintas vivencias del pintor por temática hayan ocurrido estas en 1948 o en la década de los años 1920s. Se repite así un esquema que ya había visto en Pálida luz en las colinas con la diferencia de que aquí los párrafos no se sienten tan forzados, salvo cuando el narrador admite que se ha desviado del tema y que tiene que volver a lo que estaba contando antes del salto, lo que le resta bastante fuerza porque da la sensación de que Ishiguro se ha quedado sin forma de volver a la parte que le interesa. Esto ocurre varias veces y molesta mucho porque el lector más atento sale de ese asombro maravilloso japonés en el que había entrado y se siente un poco estafado. Aún así la narración es mucho más fluída que en Pálida luz en las colinas, donde ni siquiera había una justificación para estos saltos que alteraban el orden lógico y que me descolocaron bastante, hasta el punto de no saber si recomendar o no la novela. 

En Un artista del mundo flotante asistimos una vez más a la visión que tiene Ishiguro de su Japón natal. A diferencia de su novela anterior, aquí nos sumergimos completamente en el meollo de la cuestión, pues toda la acción se desarrolla dentro de Tokio. Ono nos habla de como es la vida en su país, cómo ha evolucionado su barrio y las personas que lo habitan, adquiriendo cada vez más hábitos occidentales y rechazando la milenaria cultura que heredan. La riña a su nieto Ichiro en el primer capítulo es un buen ejemplo de esto. El niño está solo en una de las habitaciones de la inmensa mansión venida a menos del abuelo y este se queda a mirarlo e intenta adivinar a quien imita. Lo primero que le viene a la cabeza es un noble guerrero samurai, pero la realidad es otra, el chico sueña despierto con ser un cowboy americano; la desazón del viejo es entonces monumental y llega a asustar al chico. 

Ono todavía cree en las viejas tradiciones japonesas y piensa que casar a su hija es una obligación para él. De hecho no para de demostrar una actitud muy machista a lo largo de la obra, deslegitimando las ideas y decisiones de sus hijas e intentando enseñar a su nieto que las mujeres no pueden ni deben mandar sobre los hombres y que los pensamientos de estos son cien veces mejores. Ono cree que las mujeres son débiles, frágiles y absurdas y así intenta hacérselo ver a Ichiro, quien, por tener pene, debe ser fuerte, valiente, resistente y no dedicarse a las cuestiones menores que no serían propias de su género. Esta idiosincrasia de Ono no es juzgada por el autor, pero tampoco potenciada, sino que se muestra de una forma objetiva para que los lectores puedan extraer conclusiones por sí mismos. 

Lo cierto es que ni aquí ni en Pálida luz en las colinas  el lector siente que Ishiguro juzgue a ninguno de sus personajes. Más bien se nos transmite la sensación de que son ellos mismos los que se autojuzgan. Este afán por una narración más o menos objetiva es uno de los puntos que más encuentro a favor de lo que he leído de este autor. Por muy desagradables o estupendos que puedan llegar a ser sus personajes el autor no busca ensalzarlos ni hundirlos. Mientras que leía la novela me he encontrado muchas veces dándole la razón a Ono y otras tantas en pleno desacuerdo.

Por ejemplo, las ideas que desarrolla sobre la vida del artista me parecen sumamente válidas y muy interesantes. Ono sabe que el arte es una competición contra uno mismo y contra los demás, pero que lo más importante es conseguir sacar de dentro algo que nos haga sentir, vivir, volver a ver lo maravilloso y lo horroroso del mundo y asombrarnos. Ono busca un arte con grandes pretensiones y aunque se equivoca, muchas de sus ideas como la de la búsqueda de la perfección técnica ajustada a cada uno no me parecen descabelladas. Lo más desconcertante es su alta valoración de las personas y su intento de paliar la pobreza en su país a través de la labor social del arte. Sí, es verdad que luego coje un mal camino; pero sus intenciones iniciales en ese aspecto son hermosas y totalmente loables. Al mismo tiempo, sus reflexiones sobre la vida y la madurez son muchas veces dignas de alabanza, aunque cada cierto número de páginas realice alguna que otra estupidez que lo vuelva a desacreditar.

Otra cuestión que no he comentado es que Masuji Ono guarda un tremendo parecido con uno de los personajes más memorables de Pálida luz en las colinas, el suegro de Etsuko, más conocido como Ogata-san, un profesor jubilado que habría cultivado sus ideas fascistas y tradicionalistas en sus alumnos, muchos de los cuales habrían muerto posteriormente en el conflicto bélico. Ogata, al igual que Ono, no se hace públicamente responsable de este suceso y debe soportar por ello el rechazo de toda la comunidad cuando creía verdaderamente que estaba haciéndole un bien a ésta. Por detalles así alabo a Ishiguro, quien es capaz de mostrar el lado más humano de personas con una mentalidad que no comparto ni podré compartir jamás. Si bien ante la anterior de sus obras me quedé un poco confundido, tras la lectura de esta ya sí que se me quita toda duda. Os la recomiendo encarecidamente. Tenéis otra reseña en Un libro al día, donde entre otras cosas hablan de la genialidad de los tensos diálogos que con pocas palabras expresan mucho en esta novela.

Más reseñas de obras de Kazuo Ishiguro en esta Esquina: Pálida luz en las colinas