domingo, 22 de abril de 2018

Duelo, de Eduardo Halfon



Eduardo Halfon tiene un recuerdo de la infancia que, aparentemente, lo lleva persiguiendo toda su vida. La imagen de un niño ahogándose en el lago que quedaba cerca de la finca de sus abuelos en Amatitlán (Guatemala), donde se habrían refugiado él y su hermano menor durante la guerra. La idea de que este niño se llama Salomón y es el espíritu de su tío que murió a la más tierna edad lo lleva a emprender una investigación de la que promete a su padre no escribir nada. De esta forma, el escritor guatemalteco compone una interesante, aunque algo sucinta, novela cargada con tintes autobiográficos y que hasta cierto punto mezcla lo que suponemos que son hechos reales con otros de un matiz mucho más fantástico.

La historia está compuesta con pequeños retazos de detalles acerca de Halfon y su obsesión con el niño Salomón desde que intuyó la existencia de este hasta que finaliza la redacción del texto ya en la edad adulta. Se van produciendo una serie de saltos temporales a través de los cuales Halfon pretende justificar su propia identidad en la búsqueda de la verdad acerca de la muerte de su tío y esto le lleva a hablarnos sutilmente de toda su familia, donde destacan principalmente sus dos abuelos, uno de origen libanés y otro de origen polaco. Ninguno de los dos pertenece a la tierra de Guatemala, al igual que el mismo Halfon que huye con su familia por la guerra a Nueva York, donde se acostumbrará más a hablar en inglés que en su lengua nativa. Persiste aqui la mítica figura del judío errante. Quizás sólo Salomón, su tío ahogado, sea el único guatemalteco de la familia y su muerte en la misma tierra parece responder a una suerte de maldición con la que carga la familia Halfon y todos los que en dicha familia fueron bautizados con el nombre de Salomón o sus variantes hebreas. De esta forma se gestiona magistralmente una intriga en base a esta búsqueda de los orígenes y se crea un aura de misterio que corona cada muerte familiar, cada muerte salomonesca.

La novela está también muy focalizada en los vínculos de afecto y competición que establecen dos hermanos varones. La lucha de Halfon se encuentra con su hermano, aislado del mundo en su apartamento de París, ya que tras una serie de muertes de Salomones (su tío, su tío abuelo, etc.) la familia decidió desterrar el nombre para siempre. ¿Puede la no elección de un nombre evitar sucesos de índole sobrenatural como la aparente maldición de los Halfon? ¿Es Eduardo un falso Salomón que debe morir o, por el contrario, puedo serlo su hermano? La psicosis de Halfon lo llevará a una investigación que justifique sus recuerdos y que le lleven a desentrañar esta duda para poder ganar un más que valioso duelo, el que incumbe a su vida.

Como novela he de decir que Duelo es una pequeña delicia, pero deja una sensación insatisfactoria, quizás por finalizar demasiado pronto y por excluir demasiados detalles que podrían haber sido inventados perfectamente por el autor. El toque de novela de no ficción mezclado con ese componente esotérico tan propio de los escritores más clásicos de Centroamérica me ha gustado bastante, así que espero poder volver a repetir con el guatemalteco. Esta vez, eso sí, con una obra un poco más elaborada. Tenéis otras reseñas en Un libro al día (donde comentan, no sin razón, lo caras y breves  que suelen ser las publicaciones de este Halfon en Libros del Asteroide) y en Ni un día sin libro (donde son fieros defensores de la prosa del autor).



jueves, 12 de abril de 2018

El país de los ciegos y otros relatos, de H.G. Wells



Recopilación de bolsillo de tres cuentos de H.G. Wells que hizo la Editorial Península en su colección Vidas Imaginarias hace unos veinte años. De esto va cada uno:

  • La puerta en el muro: Un hombre recuerda la última conversación que tuvo con su amigo Wallace antes de que este muriera. Dicha conversación giraba en torno a una misteriosa puerta verde en un muro blanco que se le aparecía a Wallace en los momentos más cruciales de su vida y que recordaba haber atravesado en la infancia, descubriendo un jardín donde los males de la vida mundana parecen desaparecer y todo se materializa en una sensación de felicidad sin límites. Wallace recuerda de forma difusa lo que sucedió en esta finca de sus sueños, pero es consciente de que la puerta no siempre está en el mismo lugar y que es inútil buscarla porque sólo se presenta cuando se le antoja. Wallace vuelve a encontrarse con la puerta verde en el muro blanco una y otra vez en su vida y cada vez que pasa de largo su carrera pega un salto considerable hacia adelante, pero esto no le trae felicidad.
  • El país de los ciegos: Núñez es un montañero ecuatoriano que, acompañando a una expedición inglesa que pretendía escalar los Andes, se cae por un precipicio y llega al país de los ciegos, una comunidad aislada del mundo en el que sus habitantes no conocen el sentido de la vista. Como Núñez es el único que allí ve, se cree con todo el derecho a gobernar y no va a descansar hasta que le rindan culto. Sin embargo, los ciegos consideran a Núñez alguien torpe, porque aún teniendo la vista intacta se tropieza, y mentalmente a medio formar, porque dice cosas incoherentes sobre los colores del cielo y unos ciegos que al parecer son ellos. Así que al principio no le prestan mucha atención y luego intentan enseñarle a desenvolverse en la aldea. Aunque Núñez no se lo toma demasiado en serio, sus ambiciones acabaran ocasionando un fuerte conflico que podría no tener remedio.
  • Historia del difunto señor Elvesham: Un joven huérfano apellidado Edén se cruza con un anciano filósofo llamado Elvesham que, por algún extraño motivo, quiere cederle todas sus propiedades a un desconocido como él antes de morir. Para ello Edén solo tendrá que aceptar una condición, adoptar el nombre de Elvesham. Lo que no sabe es que accediendo a este pacto con el filósofo podría perder su propia vida y convertirse en un decrépito viejo. 

Puede decirse que los tres relatos me han gustado bastante. Están escritos dentro de la tradición de la narrativa fantástica y juegan a ofrecer narraciones de dudosa veracidad, pero con tramas muy atractivas y sugerentes. En el primero esto se consigue mediante la figura de un narrador testigo, pero que tiene unos claros sentimientos con respecto a su amigo Wallace, irremediablemente superior a él en todos los aspectos fundamentales de la vida. El narrador siente envidia y admiración por Wallace y se expresa con cierta malicia en relación a la muerte de este, por lo que no es de extrañar que inventara parte de la fantástica historia de la puerta verde. En el segundo, la caída de Núñez desde un luegar tan alto y su milagroso aterrizaje sobre la nieve a escasos metros de las rocas del prado previamente al descubrimiento del país de los ciegos lleva a sospechar la probabilidad de que todo pudiera ser un sueño. En el tercero de los relatos, los personajes sospechan sobre la demencia del narrador y esto nos vuelve a poner sobre aviso. El final tan cerrado que tiene, además, está colocado con ese fin: mantener la duda.

Una pega a tener en cuenta es el abuso de adjetivos en buena parte de los relatos. Wells recurre mucho a la descripción, pero no encuentro imposible realizarla prescindiendo de buena parte del lastre de calificativos que de tanto emplearse pierden cierto valor. Por lo demás, unas historias entretenidas con las que reflexionar sobre las fronteras de la vida y la muerte, sobre la tiranía y la corrupción y especialmente sobre el egoísmo humano. Todos y cada uno de los protagonistas de los relatos (Wallace, Núñez y Edén) se dejan guiar por un fin egoísta, queriendo o bien poder o bien placer. Los textos están muy cerca de la línea que adopta García Márquez en sus narraciones y cuentan con referencias platónicas y bíblicas curiosas.

sábado, 7 de abril de 2018

La dama desaparece, de Ethel Lina White



Una joven llamada Iris Carr regresa de sus vacaciones en un extraño país del centro de Europa tomando un tren expreso que debería dejarla en Trieste, desde dónde se embarcaría en un ferry que debería dejarla en su Inglaterra natal. Ha tenido unos últimos días algo turbulentos que le han llevado a separarse de su grupo de amistades y se encuentra presa de una fuerte inseguridad cuando una amable señorita también inglesa le tiende una mano en el compartimento del vagón. Es la enigmática señorita Froy, institutriz al servicio de un importante hombre del partido comunista que pretende derrocar al gobierno de este país que abandonan, jovial solterona que aún tiene gestos de adolescente romántica y sobre todo filantrópica lingüista, que por algún motivo se esfuma del tren sin dejar rastro mientras Iris se echa una cabezadita. Aunque Iris le ha presentado la señorita Froy a varios de los compatriotas que viajan con ellas, parece que ahora nadie se acuerda y esto la coloca en una complicada situación porque nuestra protagonista está segura de la existencia de la mujer y no va a rendirse hasta encontrarla, para ello no le importará lo más mínimo si tiene que perder su cordura.

La dama desaparece nos plantea una estructura básica de thriller psicológico que tanto le debió de gustar a Hitchcock si luego dirigió la adaptación. Un personaje desaparece sin dejar rastro y todo parece una conspiración en contra de la joven Iris, que al igual que la señorita Froy no tiene enemigos con la suficiente sangre fría para maquinar algo de tales proporciones. Dejando de lado explicaciones fantásticas que con el tono de la novela serían totalmente decepcionantes, nos quedan escasas o nulas opciones para resolver un misterio de habitación cerrada que se tornará más y más inquietante a cada página. La teoría de las alucionaciones de Iris (apoyadas principalmente en una insolación que sufrió antes de montarse en el ferrocarril) son asumidas como ciertas por todos los personajes salvo por ella misma, a quién, E.L. White, con gran habilidad le coloca un narrador focalizado que "parece" seguirla sin pestañear. Se construye así una pugna entre dos visiones de los hechos muy distintas y que ganan o pierden valor a medida que avanza la trama. No obstante, el final sigue siendo algo predecible y al  mismo tiempo deseado por el lector, por lo que se puede decir que sólo defrauda a medias.

Como novela La dama desaparece es ciertamente muy entretenida y genera una intriga que engancha mucho al lector. Los personajes se sienten sólidos, aunque algo manidos en relación con la novela británica que se estaba haciendo por aquella época (1930s); lo agradable es que se puede llegar a empatizar con ellos y entenderlos sin muchas complicaciones. Otro peso molesto en la narración es la sensación de desperdicio del espacio imaginado por la autora, que sitúa la obra en un país extranjero sin olvidar que sus lectores son ingleses, muy ingleses y mucho ingleses. Las alusiones a la madre patria y el espíritu londinense empapan toda la historia y uno tiene la sensación de que da igual a dónde va y de dónde viene el tren si al final todos los personajes con un mínimo de voz en la obra son ingleses muy orgullosos de ser ingleses. Los lugareños del país centroeuropeo quedan como patanes y sujetos cargados de malicia, con lo que no tengo mucho problema si no fuera porque la distinción realizada es tan simple que deja mucho que desear y refleja un desconocimiento y unos prejuicios mal llevados por parte de la autora. Aún y con todo, he de decir que no me ha disgustado la novela y que tiene giros argumentales bastante interesantes, muy bien dispuestos y que cumplen con creces con lo esperado de una novela de misterio. La acción no es un frenesí que te deje jadeando y eso es de agradecer porque se nota el mimo de la autora hacia Iris y sus compañeros de viaje. El motor principal de la narración son los devaneos de Iris que se parte la cabeza pensando en dónde puede andar una persona que quizás ni existe. De vez en cuando se introducen otras historias secundarias que acaban explicando los extraños comportamientos de los personajes secundarios en relación con la desaparición de la señorita Froy para que no queden cabos sueltos ni personajes que se sientan demasiado planos. Con algunos esto funciona y con otros no; la verdad es que no me hubiera importado una novela más detenida y extensa a cambio de una mayor profundización, pero es lo que hay. Insisto en que la novela no es mala, pero en mi opinión le falta algo. Tenéis una reseña mucho más detallada y entusiasta que esta en Leer sin prisas, donde le han cogido mucho gusto a la autora. Supongo que habrá que darle otra oportunidad, posiblemente lo siguiente será La escalera de caracol. ¡Ya os avisaré!



miércoles, 4 de abril de 2018

La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata




Teniendo en cuenta los tabúes de la sociedad japonesa con respecto al sexo no es de extrañar la verosimilitud de una historia como la que nos cuenta Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes. Estas represiones de los japoneses son precisamente las que les llevan a expresar su deseo sexual de las formas más bizarras que pueden concebirse. Si bien La casa de las bellas durmientes no es una novela estrictamente erótica, queda en ella reflejada esta particularidad tan propia de la idiosincrasia nipona en la que no sólo la lujuria, sino todo lo que pueda estar relacionado con ella de manera remota debe ocultarse a la vista de los demás para no padecer una humillación pública. La discrección y la sutileza son espacios predilectos en los que Kawabata desarrolla sus narraciones y que le llevan a una ambigüedad y a un uso de la elipsis que me deja los ojos como platos cada vez que lo leo, pero aquí va un paso más allá, pues trata temas mucho más delicados que en otras novelas suyas que ya había leído y busca en un intento de aproximación a su amigo Yukio Mishima dotar a su texto de una cierta atmósfera que incomode a quién decida penetrar en ella. 

La trama está centrada en la experiencia de Eguchi, un anciano que aún conserva su virilidad (dato fundamental para entender qué ocurre), que, por recomendación de otro jubilado amigo suyo, decide asistir a una especie de burdel en el que los clientes, todos sin excepción en el ocaso de la vida, no mantienen sexo con las jovencísimas chicas que allí trabajan, sino que simplemente duermen con ellas el transcurso de una noche. Las chicas han sido previamente narcotizadas para este fin con unas drogas tan fuertes que ni siquiera golpeándolas salvajemente se despertarán. Ellas son las bellas durmientes y los viejos que las visitan ya hace mucho tiempo que dejaron de ser príncipes azules con capacidad para "besarlas" y despertarlas de su eterno descanso, si es que alguna vez lo fueron. El problema reside en que Eguchi aún cree seguir siéndolo y durante todos sus encuentros sentirá la fuerte tentación de agredir o violar a sus compañeras de cama para empaparse así de la juventud de estas y dejar de lado la fealdad que le ha traido el inexorable transcurso de los años. 

Al mismo tiempo que Eguchi tiene estas ansias de despertar a las muchachas bajo cualquier medio, aunque sólo sea para hablar un rato con ellas, le sobrevienen a la mente todas y cada una de las relaciones que ha mantenido con las mujeres de su vida (ya sean estas relaciones sexuales, amorosas o familiares). Recuerda los amables gestos de las amantes de su juventud y las tiernas carnes de las de su madurez, la soledad de su anciana esposa en la litera conyugal vacía, la cara de preocupación de su hija menor ante un conflicto familiar, la forma tan particular que tenía de hablar su difunta madre, etc. La casa de las bellas durmientes y su enrarecido ambiente se convierte en una forma de volver a ponerlo en contacto con las mujeres y de perdonarse por el daño que les ha causado. Los viajes de Eguchi desde el suelo del tatami con sesenta y siete años a su lúbrica juventud se producen con el mayor lirismo del que es capaz Kawabata, que es, como cabía esperar en él, particularmente bello. Estos recuerdos se entretejen a su vez con sueños cargados de símbolos y con pesadillas donde la culpa arrasa el alma del viejo Eguchi.

Kawabata trata aquí, además, la dicotomía viejo/joven a través de los personajes que comparter cama. Eguchi es incapaz de acceder a la juventud al no tener fuerza ni seguridad en sí mismo para intentar de una vez por todas despertar a su compañera. La muerte lo vigila de cerca y sus pasos ya son torpes y cansados. La joven duerme a su vez ignorante de este peligro lejanísimo que es la vejez con todas sus dolencias. Su sueño es profundo, inquebrantable, y relajado, mientras que Eguchi se muestra cargado de un fuerte nerviosismo ante la constatación de que su hora acabó y el tiempo se le escapa. También se vincula magistralmente las ideas del sueño y la muerte. Las chicas duermen tan profundamente que el viejo no para de preguntarse si estarán o no muertas y no puede evitar sentir por ese sueño tan profundo, tan cercano al descanso definitivo, una cierta envidia hasta el punto de solicitar a la madame las mismas pastillas que ella les administra para dejarlas en semejante estado. Eguchi puede presenciar una cierta belleza en la muerte y la quiere para sí como despedida final de su paso por el mundo.

En definitiva, una extrañísima novela breve escrita con una de las mejores plumas de las letras japonesas que guarda un mensaje profundo y desesperanzador con la vida. La desagradable pega aquí es la fuerte ideología machista sobre la que se cimienta la obra y es que a fin de cuentas las mujeres en La casa de las bellas durmientes sólo acaban sirviendo de objetos para que Eguchi, un hombre, se explique a sí mismo y son siempre sometidas por él y por sus compañeros del mismo género. Todo lo cual se vuelve mucho más perturbador si tenemos en cuenta que aunque las chicas no tengan sexo con los viejos estas duermen desnudas con ellos y a alguna que otra todavía le queda para cumplir lo que en España se considera la mayoría de edad. Kawabata ganó a pesar de este componente rancio el Nobel en 1968, lo que tampoco es de extrañar, porque como escritor es una maravilla, pero más de uno dudaría si entregárselo a día de hoy tras leer una novela como esta. ¡Avisados quedáis! Tenéis más reseñas en Un libro al día (un poco en la línea de esta), Koratai (siempre expertos en literatura japonesa, aunque aquí escriban una reseña algo sucinta) y Devoradora de libros (que escribe una genial reseña relacionando esta novela con otras de Tanizaki y García Márquez).

Más reseñas de obras de Yasunari Kawabata en esta esquina: Mil grullas, País de nieve



domingo, 1 de abril de 2018

Congreso de futurología, de Stanisław Lem





En un futuro próximo que el Lem de comienzos de los setenta sitúa a finales de los ochenta los hoteles han dejado de recibir a turistas y viajeros para convertirse en grandes rascacielos dentro de los cuales múltiples asociaciones realizan los congresos más variopintos que alguien pueda imaginarse. Ijon Tichy asiste en este caso al hotel Hilton en la ciudad de Nahaus, capital de un nuevo país centroamericano llamado Costarriciana, que destaca por albergar problemas demográficos severos, y es que en Costarriciana, como en otras tantas partes del globo, no sólo hay más personas que espacio, sino que también los recursos se han visto reducidos hasta el ridículo. Esto ha provocado que una buena porción de la población decida revelarse con armas contra los que viven en el lujo, o lo que es lo mismo, los que pueden permitirse asistir a congresos como los que asiste Tichy. La desinformación y la anarquía impera en las calles y el precio de la vida humana se ha visto enormemente rebajado hasta un punto en el que nadie se preocupa ni se asombra ante las agresiones o las muertes ajenas. La violencia se ha automatizado y se usa como instrumento de rebelión contra la farmacocracia de los gobiernos que rocían a los insurgentes con alucinógenos desde sus cazas. Se han creado todo tipo de drogas para calmar a los revolucionarios y sumergirlos en los mayores vicios que sus mentes puedan crear a fin de que no se les ocurra abrir la boca ni coger un rifle y volarle la cabeza a nadie sin que ellos lo precisen. En medio de todo este barullo y ante la amenaza de bomba inminente, Tichy está listo para presenciar el vertiginoso primer día del Congreso Internacional de Futurología. Allí se ofrecerán numerosas soluciones a los problemones que estamos viendo hasta el momento en el que la realidad choque contra la cúpula de cristal de los académicos y tengan que salir por patas del Hilton. ¿A dónde nos llevará todo esto? ¿Será Tichy capaz de encontrar una salida para esta injusticia de apariencia inexorable que se cierne sobre la población? ¿Tendrá capacidad real para cambiar el mundo algún importante futurólogo o se quedará todo en meras conjeturas?

Con Congreso de futurología Lem trata de mostrarnos una visión más que posible de un turbio mañana en el que la mentira se vuelve necesaria para seguir viviendo. El tiempo es escaso y los problemas son tantos que cuando uno sea verdaderamente consciente de la gravedad de los mismos no encontrará sentido a la propia vida. En esta línea se puede decir que muestra una visión desgarradora y muy pesimista sobre el sino de la sociedad mundial. La droga se ha vuelto tan necesaria para la vida como el aire o el alimento y se usa indiscriminadamente porque matar físicamente no es correcto en lo moral, pero engañar durante toda una vida es hasta cierto punto permisible. El quid de la paradoja nos lleva a una pregunta esencial: ¿son las propuestas de los futurólogos también meras cortinas de humo? Se parte de la dicotomía realidad/ilusión y se estructura toda una novela en base a dicha dicotomía, acercando y dilatando una y otra vez ambos conceptos. En un cierto momento Tichy queda drogado por el gas de las BAP (Bombas de Amor Propio), que lanza la policía contra los rebeldes que tratan de tomar el hotel Hilton, y se esconde, junto con otros futurólogos en una cloaca, dentro de la cual trata de dormir, teniendo numerosas pesadillas/alucinaciones en las cuales el tono de Lem no se despega casi nada del que había utilizado hasta entonces, que se destaca por ser disparatado, satírico y en ocasiones hasta obsceno. Y esto pone en quiebro a un lector que no puede evitar dudar hasta qué punto son reales (dentro de la narración) dichas alucinaciones y las de otros personajes. 

La mayoría de los personajes que deambulan por esta novela de Lem pasan la mayor parte del tiempo bajo el efecto de los narcóticos, son manejados tanto por los gobiernos como por el propio Lem que los conduce en un cúmulo de casualidades al lugar preciso en el momento necesario. A partir de la mitad de la novela esta se rompe tras un suceso que no me atreveré a mencionar, por no reventarle la trama a nadie, y se comienza un estilo de narración más fragmentario pero que sigue dependiendo de las percepciones del narrador en primera persona, es decir, de Ijon Tichy. Se da un vertiginoso salto temporal y se pausa un texto en cuyo ritmo precipitado cuesta entrar y en el que una vez dentro te sacan como de un manotazo. Comienzan una serie de páginas más lentas y repetitivas que sólo ganarán mucha fuerza rozando el final de la novela. Tengo que señalar que este cambio me ha parecido sumamente brusco y que si bien no considero que haya sido una mala decisión por parte del autor sí que creo que es difícil hacerse a él in media res y tras todo lo leído. Es como si de pronto comenzara una historia totalmente nueva y que sólo está vinculada remotamente con la anterior. Costarriciana y Nahaus desaparece, los futurólogos se esfuman y el ambiente cambia drásticamente. 

Más allá de todo esto he de señalar y agradecer a Lem esa preocupación que tiene aquí con la idea del lenguaje como elemento que viaja y que se transforma a lo largo del tiempo con los sujetos que lo hablan. Palabras tan actuales hoy como tuitear o memes pasarán a mejor vida dentro de no tanto tiempo como creemos y otras medio abandonadas se revitalizarán mediante nuevas y extrafalarias acepciones en función del camino que decida escojer de forma definitiva la humanidad en este mismo segundo en el que estáis leyendo esta reseña. ¡Boom! Lem coincide con la teoría semiótica al dar a enteder que el ser humano sólo es capaz de dotar de realidad aquello que puede expresar. Lo inefable no puede ser pensado y por tanto no puede construirse un futuro en torno a este.

He de admitir, por tanto, que salvo el desigual y chirriante ritmo de la narración, Congreso de futurología es una buena novela que tiene mucho sobre lo que reflexionar y que funciona genial como protesta social en base a una distopía perfectamente posible y que será la delicia de los lectores más conspiranoicos. Me alegra haberla podido leer y disfrutar, ya que le tenía muchas ganas desde que pude ver la adaptación fílmica del israelí Ari Folman hace ya unos tres o cuatro años. Sin embargo, la adaptación se separa muchísimo de este texto original de Lem y hasta cierto punto, desde una visión más actual que no le quita mérito ninguno, lo remedia y le da cierto lirismo que yo no he encontrado en esta novela, bastante más filosofica que literaria en muchas de sus escalas. Tenéis una especie de análisis comparado del libro y de la película en el siempre genial Lamento de Portnoy.

Más reseñas de obras de Lem en esta esquina: El hospital de la transfiguración, La investigación




miércoles, 28 de marzo de 2018

La pequeña pasión, de Pilar Pedraza



Mucho antes de la llegada de Freud ya se había hablado del ser humano como ese animal que lucha consigo mismo por ocultar/reprimir una serie de impulsos que considera grotescos y que no encuentran cabida en la sociedad moderna. No hablo ya de la máscara de lo políticamente correcto, que en su superficie intenta liberarnos de nuestros prejuicios con un lenguaje y una forma de actuar que en muchos casos se torna artificiosa y que suele secundarse en pos sólo de agradar a quién tenemos enfrente. Pilar Pedraza en esta breve, pero sólida, novela va mucho más allá de todo esto y nos plantea un problema que se vincula directamente con los conceptos nietzscheanos de eros y thanatos, el sexo y la muerte, que nos conducen a una determinada conducta instintiva a través de la cual aparecerían todo un conjunto de sensaciones y sentimientos que transitan desde el amor al miedo, pasando por el asco o la tristeza. La protagonista de La pequeña pasión lucha para no sucumbir a estos instintos, pero no niega la tremenda atracción que le provocan ideas tan mórbidas como su propio deseo de sufrir o de morir y esto le crea un complicadísimo dilema porque al mismo tiempo no desea aquello que le atrae o no quiere desearlo por no considerarlo correcto. Con ella vendrá una culpa autoimpuesta que habrá de fustigar -y deleitar (o elevar)- su alma a lo largo de las ciento y pico páginas que tiene esta edición de Tusquets. Hay aquí, al igual que en Paisaje con reptiles, una retórica sadomasoquista construída en base a símbolos muy claros y desvinculados de lo estrictamente sexual que le aporta un tono trascendental, aunque bien llevado, a una narración que roza lo deprimente por su lenguaje sin tapujos que saca toda la cloaca interior del ser humano.

Nuestra protagonista es una historiadora que pasa por un momento crucial en su vida, en el que sólo puede dejarse llevar y experimentar las sensaciones del futuro reciente y truculento que le tocará vivir. Su situación durante toda la novela dependerá en buena medida de tres hombres muy distintos y con los cuales guarda relaciones en las cuales el amor se ve expresado de maneras muy dispares. Por un lado está su marido (Gabriel), médico aficionado a las motos que la engaña con una tal Marina. La historiadora no parece tener nada en común con él en este momento vital, pero la llama de la pasión de hace años (¿o será la simple costumbre?) sigue latente en ella. Se trata de una relación posesiva en la que ella lo quiere para sí al completo, él cree que puede hacer lo que le dé la real gana y ninguno de los dos tiene pinta de querer dar su brazo a torcer. Gabriel sabe que hay algo mal con su mujer y se siente atraído y repelido por el abismo que encuentra en ella.

El segundo hombre es un escultor amigo de la historiadora que muestra mayores impulsos hacia la muerte que el resto de los personajes. Tras presionarse durante años para convertirse en un gran maestro de su arte, su fracaso como escultor sin reconocimiento alguno y su soledad lo han llevado a desarrollar una serie de conductas suicidas. En otras palabras, ha superado los mismos miedos que tanto atraen a la historiadora y se ha cortado las venas para luego volver a la vida -bebiendo su propia sangre- cansado de la autoexigencia del mundo actual. Es por esto admirado por ella, quién busca un nuevo mentor en el camino ante la inevitable muerte de Partenio.

Partenio es, pues, nuestro tercer hombre. Maestro de la infancia de la historiadora, le enseñó la fugacidad de la vital y la brutalidad de la misma, le desprendió de toda aprensión a la muerte y a lo depravado y la acercó a un mundo mucho más abierto, pero también por lo mismo mucho menos ingenuo. Partenio había elegido rodearse de la fealdad y lo incomprendido para desarrollar su propia visión de la estética del cosmos y eso le habría llevado a convertirse en una especie de profeta en estos temas para la joven historiadora. 

La pasión de ella hacia los tres, tan distintos y con dilemas tan cercanos al mismo tiempo, estructura esta novela de Pedraza, constituyéndola toda una delicia, donde queda reflejada esa búsqueda y a la vez huida del abismo que somos nosotros mismos y que se encuentra proyectado en los demás de unas formas u otras. El estilo lírico cargado de metáforas y símbolos no hace sino mejorar un texto que podría haber caído en el cliché, pero que ha sabido sobreponerse y que, sin duda, ofrecerá una experiencia muy placentera a un tipo de lector muy concreto, al que le guste reflexionar estos temas que no destacan precisamente por ser muy alegres. Tenéis otra reseña en Letras en tinta, donde se centran en más aspectos de la novela que yo no he tratado aquí.

Más reseñas de obras de Pilar Pedraza en esta esquina: Paisaje con reptiles


lunes, 19 de marzo de 2018

El Desayuno de los Campeones, de Kurt Vonnegut



Con El desayuno de los Campeones Kurt Vonnegut quiere ponernos sobre aviso ante la inmensa cantidad de porquería que el mundo en el que vivimos nos ha plantado en la puerta de nuestra casa, a petición nuestra para mayor escándalo, en un intento de que abramos nuestros miopes ojos bañados de legañas. En esta extrañísima historia cargada de un humor satírico, lleno de la acidez propia del estadounidense, un tal Philboyd Studge, escritor que pronto va a cumplir la cincuentena y que aún no ha superado el suicidio de su madre a base de la ingesta de narcóticos (como la del propio Vonnegut) hace un recuento semilustrado en una especie de novela en la que se dispone a denunciar todo lo que no le gusta. A través de la pluma de Studge, Vonnegut critica al patriotismo norteamericano:
"Había miles de millones de naciones en el universo, pero aquella a la que pertenecían Dwayne Hoover y Kilgore Trout era la única con un himno nacional que era una sandez salpicada de signos de interrogación."
O:
"En realiad, en ese continente, en el año 1492 ya había millones de seres humanos que llevaban una vida plena e inteligente. Este fue, simplemente, el año en el que los piratas que llegaron por mar empezaron a engañarles, a robarles y a matarles."
Al uso distribuido y sin control de armamento:
"Las sustancias químicas nocivas le hivieron coger un revólver cargado, de calibre treinta y ocho, de debajo de la almohada y metérselo en la boca. Un revólver era un aparato cuyo único propósito consistía en hacer agujeros en los seres humanos. En la parte en la que vivía Dwayne cualquiera que quisiera tener uno podía conseguirlo en la ferretería de su barrio."
 Al consumismo sin reparos que nos convierte en esclavos del libremercado:
"Casi todos los mensajes que se enviaban o recibían en su país, incluso los telepáticos, tenían algo que ver con la compra o la venta de algún maldito chisme."
Al militarismo y al ejército:
"A  Bunny le habían enviado con sólo diez años de edad a una escuela militar: una institución dedicada al homicidio y a la obediencia totalmente desprovista de humor."
Y así un larguísimo etcétera que se enfoca desde una perspectiva feminista, pacifista, antiracial, antifascista, humanista y ecológica. Todas estas ideas son desglosadas a lo largo de la novela que está escribiendo Studge sobre el encuentro del escritor de ciencia ficción Kilgore Trout con el megaempresario vendedor de Pontiacs Dwayne Hoover con una claridad y una robustez que a veces se expresa con un lenguaje directo, incluso soez en ciertos momentos, y otras veces en clave del humor más disparatado al que ya nos tiene acostumbrados Vonnegut.

Junto a Studge, Kilgore Trout y Dwayne Hoover son los principales personajes de la novela. Trout es un escritor de ciencia ficción que no sólo está en el ocaso de su triste carrera, sino también en el que parece ser el de su vida, aunque una serie de acontecimientos le llevarán no sólo a volverse famoso, sino que, además, conseguirá en algún momento alzarse con el Premio Nobel de Medicina. Hasta el día en el que le llega la carta de un tal Eliot Rosewater (protagonista de otra novela de Vonnegut), admirador suyo multimillonario, que lo invita a unas jornadas artísticas en el Centro para las Artes Mildred Barry, sus más de cuarenta novelas sobre planetas imaginarios -e increíblemente parecidos a ese tan absurdo en el que vivía- sólo habían aparecido en revistas pornográficas de bajo coste, junto a las fotografías de flamantes "castores bien abiertos". El capricho de Studge hará que Dwayne Hoover, el vendedor de Pontiacs, comience a enloquecer poco a poco y logre tener acceso a una de las novelas de Trout, que le arrebatará al mismo escritor de las manos. La ingesta de tal historia en conjunto con el estado mental del perturbado Dwayne conseguirán que este se vuelva un criminal en potencia que pensará que es el único hombre sobre la Tierra con libre albedrío, mientras que el resto de sus congéneres, incluída su mujer muerta y su hijo homosexual no son sino meros robots programados exactamente para hacer lo que tienen que hacer y no otra cosa. La lucha de Dwayne contra su creador le lleva a seguir exactamente los mismos pasos que este último habría planificado para él en una paradoja perfecta, cargada de filosofía y profundamente entretenida. 

El Desayuno de los Campeones viene acompañado de ilustraciones del propio Vonnegut, que no se corta ni un pelo en dibujar lo que toque siempre que eso mejore la asimilación de los contenidos por parte del lector. Los dibujos también aportan un matiz cómico y suelen aparecer en base a digresiones que hace Studge de la historia de los personajes. En general se trabaja en ellos la atmósfera que rodea a los mismos. Una atmósfera, como avisa el propio Studge, que está sobrecargada de culos, mierda y banderas. Y una delicia de personajes secundarios.

Toda una gamberrada del mejor Vonnegut. Sin duda, lo más complejo que he podido leer de él hasta ahora, no sólo por el amplio abanico de temas que trata -que parece no acabar nunca-, sino también por el carácter metaficcional del texto con numerosos giros que romperán los esquemas de más de un lector como, confieso, han roto los míos. ¡Una auténtica maravilla! Este año habrá que leer más Vonnegut sí o también. Tenéis otra reseña más en Das Bücherregal, escrita por todo un experto en el autor, así que no tengáis reparo en pasaros. Nuestras ediciones son distintas, aunque suspongo que no habrá una gran diferencia en lo que a las traducciones respecta. 

Más reseñas de obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Cuna de gato, Las sirenas de Titán


jueves, 8 de marzo de 2018

Las memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra



Tras la muerte de Mamá Blanca, hija de un patrón de la caña de azúcar en la Venezuela de mediados del siglo XIX, su nieta encuentra un alijo de papeles en los que la anciana habría escrito algunos de los capítulos más importante de su infancia en la hacienda de Piedra Azul, en la que había vivido con sus padres, sus cinco hermanas y un ejército de criadas y campesinos a sus pies. A pesar de la orden expresa de la anciana de no publicar estos escritos, su nieta se deja llevar por la moda de su época que inclinaba a los lectores al amplio mundo de las autobiografías y deja una primera selección de estos papeles a una editorial que los maqueta, y sin corregirlos los pone a la venta del gran público nacional. El resultado es un primer (y desgraciadamente último tomo ante la negativa de la escritora de continuar lo que podría haber sido una espléndida saga) de las memorias de Mamá Blanca, cuyo nombre real (Blanca Nieves) nos transmite toda la inocencia y la bondad que se desprende del personaje popular.

Las memorias en cuestión habrían sido escritas ya en la vejez de Blanca Nieves, en sus horas postreras, como un intento de asir en su mente los buenos y los malos momentos vividos con personas que la marcaron de una forma u otra y que murieron sin remedio ante el inexorable huracán de acontecimientos que supuso una época turbulenta en la historia de su país. En la novela se defiende la idea de la dualidad platónico-cristiana del alma/cuerpo, a partir de la cual Blanca Nieves pretende interiorizar las almas de sus muertos en la suya una vez más antes de despedirse del mundo para siempre. De esta forma cada recuerdo descrito se deleita en nuestra boca como un homenaje cargado de solemnidad, de respeto y de amor, pero también salpicado de momentos cómicos, llenos de vida, y sobre todo muy líricos. Estos breves homenajes que Mamá Blanca va rindiendo a sus seres queridos gozan de una majestuosidad y una deferencia admirables -¡Ya quisiera yo que alguien se acordara de mí como lo hace la protagonista de su Vicente Cochocho o de su primo Juancho!-. Para ello se sirve de un abanico bastante rico de figuras literarias. El cariño del recuerdo se deja ver a través de hipérboles, metáforas, comparaciones bellísimas y símbolos en los que rinde culto tanto a los personajes como a sus ideas, sus expresiones, sus gestos más insignificantes y, en definitva, a todo lo vinculable con lo que podríamos llamar sus "esencias", sus formas de materializarse en el mundo y de construir todos ellos un archipiélago de felicidad idílica como habría sido el de Piedra Azul para la diminuta Blanca Nieves.

"Mientras el regazo de Mamá se iba llenando de papilotes mustios, mi cabeza florecía en crespitos y mi corazón generoso deseaba alojar en mí, no una sola alma, sino diez o doce para llevarlas todas juntas a tan deliciosos parajes."

En la novela Teresa de la Parra introduce también muchos conceptos vinculados con la narrativa romántica como la idea de disfrutar de la belleza, el Carpe Diem o la búsqueda de la identidad de un pueblo. También están muy presentes en estos homenajes el dolor de la pérdida más grande que es la muerte y como ésta mancha lo que podrían ser bellos recuerdos. Este tópico es recurrente en toda la novela y se concluye de una forma muy especial que indica el cambio en las vidas de los que aún continúan en este mundo. Aunque por lo general aquí esta atmósfera se muestre bastante bucolizada la mayor parte del relato, el ambiente del llano venezolano con su inmensidad se vuelve crudo y desolador si uno no tiene con quién compartirlo y la naturaleza se convierte en una espada de doble filo. El llano tiende a valorarse en Las memorias de Mamá Blanca como un espacio libre e inasible, donde, en constraste, hay constuidas unas estrictas normas que ni las niñitas, ni las criadas, ni los obreros y ni siquiera el patrón pueden quebrantar. 

Tengo que decir que he disfrutado muchísimo con la prosa de esta escritora, tan medida y sin tapujos, que construye hermosísimos instantes cargados de humanidad y cuyo tono trascendental en muchos momentos no desentona en absoluto con las pequeñas y livianas historias que nos va narrando. A todo esto se suma una reivindicación política de la autora que critica duramente las ideas tanto conservadoras como liberales para decantarse por una tercera vía más ecológica, natural y libre hacia la que uno no podrá pasar de largo sin sentir, al menos, curiosidad. En definitva,  una maravilla más que recomendable con la que deleitarse leyendo cada frase en voz alta ha constituido una experiencia nutrida de profunda emoción.




domingo, 4 de marzo de 2018

La celda de cristal, de Patricia Highsmith



Phillip Carter es acusado de un crimen que no ha cometido y enviado a la penitenciaría. Allí espera pacientemente la ayuda de su amigo abogado (David Sullivan), mientras fantasea con el día en el que salga y vuelva a abrazar a su mujer (Hazel) y a su hijo (Timmie). Lo que sería una mala experiencia de unos pocos meses se convierte en una pesadilla de seis tediosos años en los que Carter es torturado, vejado y abandonado por sus seres queridos. Su hijo sufre el acoso en el colegio por tener a su padre metido en el trullo y su mujer, sola y desquiciada por las continuas desiluciones del sistema jurídico, comienza una aventura con David en Nueva York, a kilómetros de la celda que comparte Carter con dos narcotraficantes. El asesinato del único amigo que tuvo alguna vez Carter en prisión y su nueva adicción a la morfina, así como el ambiente criminal y abusivo de la cárcel, que no tiene piedad con nadie, moldean en él una nueva personalidad que le lleva a chocar con el mundo que dejó atrás una vez abandona su confinamiento. La idea de las infidelidades de su mujer y su amigo serán aceptadas con mucho rencor y odio por un Carter que será impulsado por el mismo individuo que lo metió en chirona (Gawill) y que es el enemigo acérrimo del abogado. De esta forma, comienza a crecer en Phillip la posibilidad de mandar al otro barrio a David como un acto de venganza más que lícito. 

En La celda de cristal asistimos a la transformación de un hombre honrado en un criminal de la peor calaña. Esto es posible gracias a la fragilidad de un sistema penal estadounidense como el que se describe en la novela, desde el cual se fomenta el odio y la violencia como medios para sobrevivir con dignidad hasta el día de mañana. Carter pasa de ser un hombre inocente de todo cargo e injustamente condenado a convertirse en todo un delincuente por ajustarse al papel que parece que le han destinado unos terceros. Se desprende de toda una capa de sentimentalidad y endurece su carácter para reclamar lo que piensa que le pertenece por derecho (su mujer Hazel) y al final de la novela poco queda de ese ingeniero que en las primeras páginas disfrutaba estudiando francés.  Carter descubre que la mentira es poderosa si sabe usarla y que decir la verdad no tiene por qué venir acompañada de sucesos agradables en un mundo en el que sólo lo que parece cierto importa. El título alude a este aislamiento del mundo que padece su protagonista, que puede ver a su alrededor todo lo que acontece con su familia y con su caso, pero poco puede hacer si no rompe el cristal que lo separa de sus problemas. La ruptura del cristal lo lleva a desembocar con toda la violencia de la que es capaz en un ambiente anteriormente idílico, que se ve enrarecido precisamente por eso, y que le lleva a Carter a sufrir el rechazo de todos los que están a su alrededor, salvo Gawill. El criminal es la única persona que parece entender a Carter, aunque, como salta a la vista de lejos, su auténtico propósito es moverlo al asesinato de su enemigo. La extraña relación con Gawill le lleva a Carter a replantearse su pertenencia a este mundo fuera de la celda de cristal, donde cuenta con libres movimientos, pero carece de tiempo para meditar las acciones y para sufrir en silencio. La salida de la celda implica también una sensación de pérdida de control de Carter para con su propia vida, pues durante seis años no había tenido que preocuparse de gran cosa y ahora se siente como una rana fuera de su charca. La suma de todo hace detonar una bomba cuya mecha había estado consumiéndose silenciosamente con el transcurso de las horas en prisión.

Highsmith crea una novela de intriga apabullante que, si bien no sigue un argumento que destaque por su originalidad y que le lleva resultar bastante predecible, está dotada de ciertos puntos de ingenio y de una prosa deliciosa. El ritmo es fundamental aquí como mecanismo de progresión de los diferentes personajes y especialmente de Carter y está ajustado con una precisión milimétrica, lo que le da a La celda de cristal una atmósfera mucho más verosímil que otra de las novelas de la autora con un protagonista muy similar como puede ser El talento de Míster Ripley. Highsmith tiene un detalle que me ha entusiasmado y es que las reminiscencias o pistas que va dejando del destino final de Carter y de los otros personajes a través de imágenes o símbolos anuncian o insinúan de una forma muy sutil lo que está ocurriendo ante la ceguera del protagonista y nos pone a los lectores sobre aviso de sus intenciones. Highsmith emplea aquí la repetición distorsionada de imágenes para señalarnos las similitudes entre los actos desde el punto de vista de Carter con el que se nos obliga a empatizar a través de un narrador focalizado muy similar al que se empleaba en El talento de Míster Ripley. La narración está determinada por un gran dominio del estilo indirecto libre, que es, a mi juicio, una de las técnicas de escritura más difíciles de lograr y que sirven para diferenciar a los grandes de los pequeños en el cosmos de la literatura. Como os digo, una maravilla de novela de una autora de la que tenía muchas ganas de volver a leer algo. 

Más reseñas de obras de Patricia Highsmith en esta esquina: La máscara de Ripley


PD.: Siento haber tardado tanto en subir esta reseña. Ando algo sobrecargado de trabajo últimamente y a duras penas me queda algo de tiempo para leer. Os ruego que me disculpéis. Un abrazo desde esta esquina.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Boy, Snow, Bird, de Helen Oyeyemi



Boy Novak es una chica pobre de Nueva York que vive con un padre maltratador que se dedica a la desagradable tarea de criar enfermizas ratas para exterminar a las de los demás en una especie de grotesca orgía caníbal entre roedores. Harta del deprimido ambiente que la rodea y que le impide una vida digna, se escapa de casa y coge un autobús que la llevará a Flax Hill, donde encontrará un clima aparentemente más sano, pero en el que no terminará muy bien de encajar. Aunque la historia se centra principalmente en ella, seguiremos también de cerca a un conjunto de personajes, vinculados principalmente con la familia Whitman, que, con ciertas reticencias, terminarán por acogerla como una más. A los problemas de Boy se sumarán los conflictos familiares internos de los Whitman, con sus redencillas y una historia de amor triple donde la comodidad y la razón harán frente a sentimientos pasados. 

Boy, Snow, Bird es una novela turbulenta, protagoniza por tres mujeres y que posee una estructura a medio camino entre la Bildungsroman y la saga familiar, con importantes tintes de novela social, principalmente cargados de ironía, y alguna que otra escena que roza de pleno la cursilería, pero que, por lo general, no tiene la mayor importancia, por lo que no le resta calidad al contenido. Boy crece como mujer en el poblado de Flax Hill; allí llega en los 1950s y lucha por sobrevivir, por tener qué comer, por encontrar un empleo digno en un mundo que no tiene en cuenta la voz de las mujeres, sólo su cuerpo. Sin embargo, Boy es inteligente, ha sufrido y sabe moverse. Pronto conocerá a Mia Cabrini y a Arturo Whitman, uno de sus remotos amantes. Arturo tiene una hija pequeña llamada Snow, que destaca por su extraña belleza albina y por su inocente corazón. Snow, que perdió a su madre en el parto, busca en Boy una nueva, pero la forastera, que se siente sumamente incómoda, e incapaz de reaccionar de otra forma la tratará con la frialdad y la crueldad con la que le ha cincelado el carácter su padre. 

La tercera protagonista es Bird y su incursión en la novela como narradora de la segunda parte se me antoja algo inconsistente, sobre todo porque tras más de ciento cincuenta páginas pasamos de una narradora adulta como puede ser Boy con la que ya empatizábamos plenamente a escuchar la venturas y desventuras de una niña que parece que sólo nos puede interesar por ser la hija negra de la anterior. Al igual que Boy es una chica a la que se le ha obligado a ser dura como el estereotipo del "macho", Bird destaca por su imaginación, que parece que se la va a llevar volando en cualquier momento. En su parte, un tema que había sido desarrollado tangencialmente como el de "ser negra en los Estados Unidos de su momento (totalmente extrapolable a los de ahora y los de fuera de las fronteras norteamericanas)" cobra un interés mucho mayor porque Oyeyemi nos obliga a ver ese mundo negro con los ojos de alguien que está dentro. No nos engañemos, en nuestro sistema social funcionan unas jerarquías mentales que divide el mundo en géneros binarios que funciona por mera sencillez y comodidad. ¿Es el hombre lo contrario de la mujer? ¿Lo blanco lo contrario de lo negro? Desgraciadamente, la apreciación de otras posibilidades (ya sean estas intermedias o no) continúa siendo un imposible para muchas personas. Oyeyemi juega a deconstruir estos valores a lo largo de su novela y sorprende al lector, porque,  a diferencia de los otros personajes, las protagonistas de Boy, Snow, Bird carecen de muchos prejuicios y eso permite que descubrimientos de lo que para cualquier otra persona sería circunstancial y necesario a ojos vista se demoré muchísimo. Y esto puede molestar a quienes leemos por dos motivos: 1) porque puede parecernos inverosímil y sacado de chistera que obviedades que incumben a las formas de existir de los personajes aparezcan cuando ya nos habíamos creado una sólida visión de ellos, y 2) porque tras los desvelamientos uno se siente tan cargado de prejuicios y tan miserable que si se lo piensa dos veces lo mismo hasta le duele. Oyeyemi consigue darnos una lección importantísima en este libro y que va más allá de las pequeñas fábulas que incorpora, que, por otra parte, no tienen demasiada trascendencia: nos recuerda que por mucho que conozcamos (o creamos conocer) a alguien, nunca tendremos ni tenemos por qué tener todas sus claves, por lo que hay que evitar caer en juicios precipitados. El universo es más relativo de lo que aparenta ser.

He de decir que el texto me ha entusiasmado y que creo que esconde una profundidad mucho mayor que la que puede desprenderse de su superficie. Como ya he dicho antes, si bien no creo que la cursilería de algunos episodios reduzca la calidad intrínseca de Boy, Snow, Bird he de advertir de ella a aquellos que quieran emprender su lectura, porque lo que para mí puede ser una molestia menor para otros puede resultar un error garrafal de la autora que haga de la novela un plato intragable. Os recuerdo que esta es siempre mi visión y que no tiene nadie por qué coincidir con ella. Si queréis escuchar otras os recomiendo las de Orlandiana (cuya reseña, mucho más sopesada  y mejor redactada que esta, me descubrió la novela maravillosa de una maravillosa autora) y Un libro al día (donde parecen muy molestos porque la estructura de la fábula no se aplica en la rigidez en la que creen que debería, lo que, como os digo, para mí es lo de menos).



sábado, 10 de febrero de 2018

Llenos de vida, de John Fante



John Fante es un reconocido novelista y guionista que a comienzos de los 1950s ha conseguido la suficiente solventura económica como para comprarse un chalet cercano a los estudios de Hollywood y poder permitirse tener a su primer hijo con su mujer Joyce. La narración comienza a los pocos meses de embarazo de esta y nos muestra a un John ligeramente esperanzado frente a los caprichos y a la inestabilidad emocional de una esposa que lo detesta y lo ama según le da. John intenta engañarla con otra, pero se siente incapaz. Es un hombre cobarde, cargado de inseguridades, y así le tratan sus familiares más allegados. Cuando el reluciente suelo de la cocina se venga abajo por un ataque descontrolado de termitas, su mujer se negará a pagar a un albañil para que lo arregle, por lo que John se verá obligado a acudir a su padre, Nick Fante, un campesino prejuicioso y dictatorial que le martirizaba cuando era pequeño, pero que teniendo experiencia en el sector y no cobrando un duro es la mejor baza para que el importe invertido en la casa no haya sido en balde.

Fante construye una novela de autoficción con importantes chispas de inteligencia y un humor variopinto cuyos diálogos no son quizás los mejores de la historia de la literatura, pero que guarda un mensaje enternecedor que cala hondo en el lector y que le lleva a pasar momentos bastante agradables. Toda la novela gira en torno a la cobardía de Fante, que no quiere ser padre ni hombre ni adulto y que no le queda más remedio que afrontar una realidad ineludible. John se nos muestra como un auténtico "calzonazos", sin criterio ni voz ni voto, que sólo quiere esconderse para llorar y que se muestra incapaz para comprender el complejo mecanismo que le rodea. Su mujer, ante la alarma del parto, vagabundea de un clavo ideológico a otro para salvarse, ya que sabe que la mano que le tiende su marido, por muy buen intencionada que esté, es provisional y agarrarse a ella podría traerle más problemas que beneficios a largo plazo. Por otro lado, el papá Fante representa para John la personificación de sus miedos más profundos: la tiranía del padre que gobierna sobre sus hijos y controla todo lo que tienen que hacer. John teme convertirse en su padre con el bebé que está en camino. A esta peculiar familia habría que sumarle la madre de Fante, una mujer que depende emocionalmente y en grado máximo del sino de sus hijos y que cada vez que ve a alguno finge que se desploma en el piso, y el catequista de Joyce, que se comporta como el clásico "cura metomentodo" que se cree con el derecho divino de juzgar a quien le venga en gana.

La historia que se nos narra es, como se podrá entender, desenfadada y entretenida. El texto es ágil y asequible y recuerda en su estilo remotamente a algunas novelas del Paul Auster de Brooklyn Follies. Lo cierto es que me lo he pasado muy bien leyéndola y eso se lo agradezco a Cities (Das Bücherregal), que me la recomendó a finales del pasado año. Tenéis más reseñas de Llenos de vida en Cuchitril Literario y Un libro al día



miércoles, 7 de febrero de 2018

La verdadera vida de Sebastian Knight, de Vladimir Nabokov




La verdadera vida de Sebastian Knight fué una de las primeras novelas que Nabokov escribió en lengua inglesa, cuando aún se encontraba en el continente europeo. No suelo fijarme mucho en la vida de los autores por eso que en el New Criticism se llamó la falacia biografista y con la cual suelo coincidir en la mayoría de casos. No obstante, es innegable el tremendo parecido que existe entre la personalidad del propio Nabokov y del protagonista aparente de esta "novela". Sebastian Knight es, como el Nabokov de esta época, un escritor que busca la pureza de los detalles en una lengua que no es la suya, rusificando el inglés en un extrañamiento frío y preciosista. Marcha a estudiar a Inglaterra poco después de la muerte de su padre y descubre que lo único que se le da bien en la vida es escribir y que para todo lo demás puede ser el hombre más torpe y despistado del planeta. Knight vive en su mundo de palabras y matices y construye un universo propio a lo largo de cinco libros, cuyas historias irán apareciendo en el libro sustancialmente, sintiéndose todas ellas viejos proyectos de novelas cuya construcción el propio Nabokov habría descartado.

La etiquetación de este libro es complicada, pues si bien no parece una "novela" del todo, contiene elementos propios de la misma, con personajes marcadamente literarios, situaciones cómicas, dramáticas y poéticas y una gestión de la intriga increíblemente bien elaborada. Digo que no es una novela del todo porque a lo largo del texto se van introduciendo numerosos elementos monográficos, apreciaciones y fragmentos de las novelas que Sebastian habría escrito. El narrador no es él, ni una figura omnisciente, sino un tal V. (¿Vladimir?) su hermanastro, que tras la muerte del escritor ruso (nacionalizado inglés) y la edición de un libro lleno de infamias y calumnias sobre Sebastian convierte en su deber publicar una biografía fiel y sincera que dote a la figura de su hermano del prestigio que sabe que merece. Es así como nuestra visión de Knight se torna muy parcial y llena de toda clase de filtros. V. habla con la desdichada prometida del autor, que decidió abandonar por otra; habla con amigos pintores y poetas que conocieron de cerca el corazón oscuro de su medio hermano, con viejos amigos de la universidad que recuerdan lo mal que jugaba al tenis y emprende una búsqueda cargada de magia por toda Europa tras los pasos de la amante -la "femme fatale"- que habría llevado la vida de Sebastian a la más absoluta ruina económica y al pleno desarrollo de su creatividad literaria. Por todo esto cuesta asimilar esta novela como una más, pues en ella conviven plenamente la narración de viajes con el comentario literario y con el género de una biografía, que aunque trate a un personaje de ficción, se siente muy real por todo el amalgama de sentimientos que expresa V. hacia su hermano y que oscilan desde la envidia hasta la admiración. V. desprecia y ama al mismo tiempo a Sebastian; Nabokov lo convierte en un personaje que parece sacado de una novela de Dostoievski, con un discurso que trata de disimularse y que resulta incapaz. ¿V. escribe este libro por Sebastian? ¿Quiere honrar su memoria? ¿O quiere, por lo contrario, desprenderse del duro peso que conlleva ser el hermano menor de un hombre como Sebastian Knight? ¿De ser el hermano menor de un Nabokov? Con un apellido que no comparte pero cuya sangre está ligada a la suya y le relega al mero papel de segundón para toda la eternidad. Llega un punto en el que vemos como V. tiene que explicarse a sí mismo que tras la muerte de su hermano dede ser capaz de seguir viviendo sin ese modelo perenne que le hablaba en la distancia como si fuera un dios.

La función lúdica e irónica de Nabokov y su complejidad rusa vuelven a esta obra una historia cargada de momentos literarios especialmente bellos, que serán la delicia de los lectores más avezados y que ya conozcan al autor previamente. Cualquiera de las novelas de Sebastian podrían haber funcionado si hubieran sido editadas en este mundo nuestro y no en el suyo y por el elaborado desarrollo que realiza Nabokov podrían haber llegado a ser muy buenos libros de ficción, aunque su función profundizadora en el universo de La verdadera vida de Sebastian Knight ya es más que suficiente. Para aquellos que les guste la escritura creativa, encontrarán aquí multitud de material interesantísimo que no deberían dejar escapar. En lo que respecta a mi lectura, he de decir que me he divertido mucho y me he maravillado con cada gesto de los personajes, con cada reflexión tan sumamente humana que no puedo más que recomendarlo encarecidamente. Una maravilla poco conocida y que merece con creces la pena leer. ¡Fijáos, que hasta creo que he llorado con algunos párrafos! Tenéis otra reseña más en Lecturas en New York, que es algo modesta y se centra en otros matices que yo no he tratado en esta. He encontrado alguna otra por la red, pero era más un análisis que una reseña y desvelaba demasiada información del libro, lo que hacía que si no lo habías leído a priori te reventase la historia en la cara, así que, a pesar de la extraordinaria calidad del texto, me cuido de linkearlo aquí.

Más reseñas de obras de Vladimir Nabokov en esta esquina: La defensa

domingo, 28 de enero de 2018

Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin



Pájaros en la boca es el segundo libro de cuentos de Samanta Schweblin. En él se incorporan nuevas historias escritas expresamente para este volumen y se incluyen otras que ya habíamos podido disfrutar en El núcleo del disturbio. Como siempre, os doy la lista completa y me dedico a comentar brevemente aquellas que no había leído antes, así como a daros una idea del conjunto total y una valoración en función del particular estilo de la autora y el contenido tratado.

Las nuevas por conocer (o de los que vamos a hablar):
  • Irman
  • En la estepa
  • Pájaros en la boca
  • Perdiendo velocidad
  • Cabezas contra el asfalto
  • El cavador
  • La furia de las pestes
  • La medida de las cosas
  • Conservas
  • Mi hermano Walter
  • Papá Noel duerme en casa
  • Bajo tierra 

Las viejas conocidas (de los que ya hablamos aquí):
  • Mujeres desesperadas
  • Hacia la alegre civilización
  • Sueño de revolución (antes titulado "La pegajosa baba de un sueño de revolución")
  • Matar a un perro
  • La verdad acerca del futuro
  • La pesada valija de Benavides

De entre lo nuevo, los más destacados son En la estepa, Pájaros en la boca, Cabezas contra el asfalto, El cavador, Bajo tierra Conservas. Los otros están un poco para rellenar y oscilan entre lo decente y lo pasable, con alguno como Perdiendo velocidad, que diría que es incluso innecesario. 

En la estepa un matrimonio sale a cazar en sus ratos libres. No buscan patos o conejos, sino "eso". Funciona excelentemente como la metáfora de la búsqueda de un hijo y la desesperación de no poder tenerlo. Que nunca se explicite en el relato es un componente maravilloso, ya que le permite al lector elucubrar posibles tesoros a los que puede aspirar una joven pareja y que no tienen por qué acabar siendo un ente tan concreto. Si no es un hijo lo que buscan, entonces: ¿buscan el amor? ¿La estabilidad? ¿La felicidad? ¿Una razón para pervivir en el mundo? Uno de los más relatos que más obligan a pensar al lector..

Pájaros en la boca es la historia que le da nombre al conjunto y que, aunque a un nivel por debajo de los que ya venían de El núcleo del disturbio, funciona con solidez. Tiene un componente escalofriante, que era propio de Schweblin, pero que en este relato en concreto va a profundizarse mucho. Sara es la hija de Martín, a quien no ve desde hace meses, porque su exmujer, Silvia, se quedó con la custodia de la menor. Sara ha dejado de ingerir lo que podríamos llamar comida normal y ahora sólo se alimenta de pájaros vivos. Silvia, incapaz de dormir, después de ver la sonrisa de su hija pintada de sangre y plumas, la deja a cargo de un Martín, que lejos de escandalizarse, decide mantener el bizarro secreto de las preferencias culinarias de la pequeña, pensando con alegría que más difícil de disimular es un embarazo.

Cabezas contra el asfalto cuenta también con un escenario enrarecido y lleno de sátira. En el cuento, un artista nos habla de cómo se hizo famoso pintando rostros estampados contra la calzada. En su encierro propio de un ermitaño budista del Tíbet recibe la visita de un dentista coreano que acuerda realizarle una serie de empastes a cambio de un cuadro, de un diente gigante. Sin embargo, el pintor no entiende el matiz del contenido y dibuja la cabeza de su nuevo amigo destrozándose en el suelo. Esto dará lugar a numerosos problemas que nos permitirán reflexionar sobre la comunicación humana, los límites del arte, la multiculturalidad y el racismo por ignorancia del hombre blanco sobre otras etnias.

El cavador es un relato onírico lleno de originalidad. Un hombre alquila una casa para pasar sus vacaciones y allí se encuentra con otro que estaba cavando un pozo desde hace mucho tiempo por algún motivo que él desconoce. No sabemos qué hay en el pozo ni porqué el cavador insiste tanto en él, pero sabemos que la labor le está destinada a su persona en exclusiva y que parece una suerte de castigo. Una metáfora brillante sobre las relaciones de dominación/sumisión que rigen el sistema de clases actual, donde unos trabajan convencidos de su obligación mientras otros disfrutan y se aprovechan de sus logros.

Bajo tierra es otro cuento con tintes de la narrativa de terror. Un viajero se detiene en la carretera y escucha el relato de un viejo sobre extraños sucesos que habrían ocurrido en la región hace no demasiado tiempo. El giro final es desconcertante y, aunque hasta cierto punto sea predecible, la escena está narrada con una prosa singular, precisa y llena de simbolismo que a mí, al menos, me ha convencido.

Conservas nos habla de los peligros del Carpe Diem! y de sus límites. Es un relato a caballo entre lo neofantástico y la narración de ciencia ficción. Una mujer embarazada comienza a seguir un dudoso método llamado la "respiración consciente" que permite que el feto de su bebé se reduzca y pueda ser expulsado antes de desarrollarse por completo, pero manteniendo todas las esperanzas de vida. El objetivo: recuperar su delgada figura anterior a la concepción de la pequeña alma. Cuenta con imágenes muy poderosas que lo vuelven una historia que destaca entre las demás.

Mi hermano Walter y La medida de las cosas van un poco a la zaga de estos cinco relatos, pero no por ello dejan de ser muy recomendables. Papá Noel duerme en casa casi no parece un relato de Schweblin, sino más bien de Patricio Pron, por ese realismo sucio y exagerado que emplea, pero es igualmente descorazonador. La furia de las pestes, Irman y Perdiendo velocidad me han resultado muy flojos en comparación con los demás y no entiendo demasiado bien qué pintan aquí, es decir, no comprendo qué aportan a una antología que creo que funcionaría mucho mejor sin ellos. Lo más reprochable es que los mejores textos ya habían aparecido en un volumen anterior y que sin ellos los nuevos, salvo las excepciones que he destacado, se sienten algo -o mucho- por debajo. Aunque ya sabéis que para gustos, tenemos los colores.  En cualquier caso, es siempre un placer leer a Schweblin. Os dejo más reseñas de Pájaros en la boca en Desde la ciudad sin cines y Un libro al día

Reseñas de otras obras de Schweblin en esta esquina: El núcleo del disturbio




miércoles, 24 de enero de 2018

Conocer a una mujer, de Amos Oz



Yoel Ravid es un agente de la Mossad que tras la trágica muerte de su esposa en un "accidente" decide retirarse y mudarse con su hija, su madre y su suegra a un dúplex en Tel Aviv. Allí tendrá que buscar una nueva y más tranquila forma de ocupar su tiempo: granjeándose amistades, trabajando en el jardín, ojeando los libros de la biblioteca de su casero, viendo el telediario, etc. Aunque, sobre todo, a lo que se dedicará principalmente será a averiguar la forma de comprender a las mujeres con las que convive y ha convivido a lo largo de su vida, que siempre habían resultado para él un enigma irresoluble que el universo le colocaba delante entre misión de espionaje y misión de espionaje. ¿Ibriya, su mujer, murió por accidente, se suicidó o la mataron? ¿Es cierto que su hija Neta está enferma, o lo finje? ¿Su suegra planea un complot contra él o sólo trata de defender la memoria de su hija? ¿Su madre comienza ya a estar senil o es la más lúcida de la casa? ¿Su matrimonio está basado o no en una violación? ¿Ibriya le era infiel con su vecino? ¿Qué tipo de relación mantiene su hija menor de edad con su jefe?

Todas estas y muchas otras preguntas irán sirviendo para plantearnos la problemática situación que rodea a un Yoel que, lejos de tomar partido, pasa la mayor parte de la novela reflexionando. Es así como, a pesar de que Oz titule esta obra Conocer a una mujer, buena parte de la misma la pasaremos intentando conocer a un hombre. Yoel hace un ejercicio instropectivo que lo lleva a replantearse la utilidad de sus actos y la necesidad de su trabajo. ¿Ha sido completamente libre siempre o han jugado con él para que se convirtiera en lo que es? ¿Está marcado por el doloroso destino del judío? ¿Hasta qué punto puede vivir sin su trabajo, sin una ocupación? ¿Es ya, como afirma Ibriya, una máquina de matar sin corazón, incapaz de hacer cualquier otra cosa? El año que pasa Yoel inmediatamente después de la muerte de su mujer le sirve para ponerse a prueba y para recapacitar todas sus acciones pasadas. Toma así una responsabilidad en la muerte de Ibriya y en la supuesta enfermedad de su hija, que piensa que podría haber evitado ejerciendo otro oficio; trata de rehacer su vida con varios altibajos, donde le tentarán y se dejará tentar para equivocarse una y otra vez hasta dar con la tecla que le permita ser feliz de nuevo.

Conocer a una mujer es una novela lenta, pero tan bien construida que engancha desde la primera página a la última. Oz genera una intriga en base a una serie de imágenes y escenas que funcionan muy bien en sucesión y que se conectan a través de los recuerdos continuos de un Yoel que en pleno duelo roza más de una vez la desesperación. Las palabras llegan cargadas de tristeza y en contadas ocasiones podemos encontrar elementos más desenfados  o cómicos. Oz consigue muy bien transmitirle al lector las emociones de su protagonista, con el que, a pesar de su mutismo general, es muy fácil empatizar, lo que, por supuesto, representa todo un logro.

La novela está escrita y ambientada en Israel, pero se presiente un cierto aire internacional que me ha gustado mucho. Si bien, hay muchas referencias a las costumbres isrealíes, también hay una cierta preocupación por lo que sucede en el mundo exterior. Se habla de las lluviosas y estrechas calles del centro de Londres, pero también de las chabolas entre pagodas de los suburbios de Bangkok. Se bosquejan ciudades como Madrid o Helsinki en función de los recuerdos que despiertan en el protagonista, por lo que su visión es sesgada y onírica. 

La intriga está muy bien regulada y funciona, a pesar de que la trama avanza a un ritmo bastante lento, aunque creo que lo más importante en Conocer a una mujer son las reflexiones que plantea y la belleza de una prosa dedicada al detalle y a la abstracción. No obstante, el punto este de Yoel recordando sus aventuras con la Mossad en países voluptuosos y las reuniones que tiene con su exjefe que tratará de convencerlo, incluso mediante su hija, de que vuelva al trabajo, tienen cierto toque de novela de espías que descoloca al lector y que lo pone en guardia ante cualquier trampa que pudieran tenderle a Yoel en un momento dado. ¿Conoce verdaderamente a sus nuevos vecinos estadounidenses? ¿Por qué su agente inmobiliario quiere de repente ser tan amigo suyo? ¿Puede uno fiarse de los demás si ha sido espía y asesino a servicio del gobierno de Israel? Para Yoel la respuesta obvia es no; así que lo veremos avanzar con mucho tiento a lo largo de cada una de las nuevas y cotidianas peripecias que le suceden en su inacostumbrado retiro. 

Una novela brillante para leer con calma que consigue que siga queriendo más libros de este autor israelí. El próximo no tardará en caer. Tenéis otra excelente reseña en Devoradora de libros

Más obras de Amos Oz reseñadas en esta esquina: Una pantera en el sótano, La bicicleta de Sumji



domingo, 21 de enero de 2018

Paisaje con reptiles, de Pilar Pedraza





Alicia es una pintora aficionada que aspira a convertirse en una gran artista y que está casada con Julius, un ingeniero mucho mayor que ella. Ambos se trasladan a vivir desde España a un remotísimo y diminuto archipiélago en medio de un océano tintado de negro por el escape de una planta de extracción petrolífera. Mientras que Julius y su equipo tratan con desesperación de encontrar la intrincada forma de contener la mancha, que parece crecer más y más a pesar de sus esfuerzos, Alicia intenta no aburrirse merodeando por los turbios espacios de la isla en busca de la inspiración que le permita continuar con su obra. En uno de sus paseos, la pintora conoce a Amara, Seffira Touissant y a un grupo de niños que disfrutan sacando tortugas milenarias del mar para luego descuartizarlas y llevarse el enorme caparazón a casa como trofeo. Las tripas del reptil, marcas del sacrificio, quedan al sol de la tarde y sirven de símbolo de la crueldad y de la fuerte tendencia a la destrucción que tienen los seres humanos, así como del placer que encuentran en esta, que a diferencia de los adultos, no disimulan sentir los niños.

De hecho, una parte importante de la novela se centra en esta idea de la destrucción de los demás, la de uno mismo y el placer estético que puede hallarse en ello. Pedraza desarrolla aquí un pensamiento sadomasoquista en el sentido metafórico con el que trata de hablarnos de la bestialidad del ser humano, que con toda su civilización y todo su progreso, no deja de ser un animal salvaje que lucha por sobrevivir a través del sexo y del poder. La mancha de petróleo es una constante en toda la novela y sirve para apoyar estas ideas sobre la destrucción del hombre por el hombre y del mundo por el hombre y de la necesidad que tenemos de justificar absurdamente esa destrucción. Julius se ve comprometido por Alicia, que no quiere estar allí, e incluso enferma impotente por enfrentarse a la oscuridad de la mancha sin una convicción verdadera y sin ninguna posibilidad de victoria. Su evolución progresiva hacia la locura a lo largo de la trama está muy bien construida y lo convierte en un auténtico monstruo de novela de terror con escenas memorables y muy cinematográficas. Pedraza compone capítulos impresionantes en los que cada palabra se siente medida y se ajusta a la perfección a las sensaciones que busca transmitir.

Pero la evolución de Julius es sólo la punta del iceberg y sirve de muestra para dar un paso más allá: explicar los toscos comportamientos y la apariencia marina de los isleños, que habrían llevado toda su vida allí, bajo el influjo enloquecedor de la mancha y la mirada vidriosa de las tortugas. Al principio Alicia no encuentra demasiado extraños a los indígenas y siente por ellos más curiosidad que miedo, pero a medida que va avanzando la historia comprende que corre el riesgo de contegiarse de su animadversión, su miseria y su hambre de violencia. También hay que decir que Alicia no es una chica común, sino que se siente una estrafalaria artista que adora el sexo masoquista, cree en sirenas, adopta un mono y va a visitar a adivinos. Lo cierto, es cada nuevo descubrimiento que hacemos tanto de Alicia como de la isla y de los otros personajes consigue que la atmósfera adquiera tintes cada vez más enrarecidos. Diría que tiene hasta cierto aire weird, que no le va a convencer a todo el mundo, pero que a mí, por lo menos, me ha enamorado. Estos descubrimientos están muy bien dispuestos y controlados para generar una intriga en torno a una serie de misterios que parecen no resolverse nunca. La isla se convierte en un lugar maldito y sus aldeanos danzan sobre ella con las caras pintas de enfermedad y podredumbre. El ambiente dominado por los prejuicios y por cierta reminiscencia sobrenatural recuerda, salvando las distancias, a la Comala de Pedro Páramo. Sin duda, repetiré con la autora en el futuro. Bastante recomendable si tienes buen estómago, ya que algunas escenas pueden llegar a herir sensibilidades. Tenéis otra reseña en Un libro al día (con quienes coincido de manera general; se centran en desarrollar otros aspectos muy interesantes de la novela, por lo que os la recomiendo).

Más reseñas de obras de Pilar Pedraza en esta esquina: La pequeña pasión,


sábado, 13 de enero de 2018

Un dios salvaje, de Yasmina Reza




Quería volver a Yasmina Reza después del breve, pero satisfactorio cotacto que había tenido el mes pasado con su obra tras la lectura de En el trineo de Schopenhauer, un relato largo/novela muy corta en la que había muchos componentes del lenguaje teatral. Reza es una reconocida dramaturga y Un dios salvaje es, sin duda, su obra más laureada. En ella asistimos a una batalla campal entre dos matrimonios que tratan de resolver con civismo y sin éxito una violenta disputa que habrían tenido sus hijos un par de días atrás. 

Alain y Anette Reillé acuden a la casa de Veronique y Michel Houillé porque Ferdinand, el hijo de los primeros, le ha sacado dos dientes y medio de un palazo a Bruno, el vástago de los segundos, y va a ser denunciado si no es capaz de disculparse con el corazón en la mano. Veronique piensa que el perdón sólo se obtendrá si es lo más sincero posible, pero Alain no está dispuesto a que su hijo se humille de esa forma; para él el mundo está regido por un dios salvaje y la violencia es una forma de expresar quién es más fuerte. Alain califica la acción de su hijo como una mera chiquillada a la que no hay que darle importancia, pero Veronique es un persona que se cree comprometida con la evolución social y que piensa que en la agresión queda claro quién es la víctima y quién el verdugo. Entre medias tenemos a un condescendiente Michel que detesta la hipocresía de su esposa y que trata de agraciarse con el triste Alain al tiempo que desea partirle la cara a puñetazos y a una sufridora Anette, que está harta del dominio que tiene su marido sobre ella cuando no es capaz de preocuparse lo más mínimo por los asuntos más complicados de la familia. Alain es un empresario que ha metido la cabeza en el turbio negocio de la venta de fármacos nocivos para la salud a gran escala y que, durante toda la obra, está hablando por teléfono para dejar clara su postura de tapar todos los huecos ante las posibles amenazas de demanda por miles de damnificados. Uno de ellos la inocente madre de Michel con más de setenta años. 

Un dios salvaje es una comedia acidísima en un único acto donde se pone de relieve que, a pesar de todo el avance de la civilización, nuestro cerebro de homo sapiens sapiens se ha mantenido sin alteraciones y que los sentimientos que nos permitieron sobrevivir hace miles de años son los que en definitiva siguen funcionando, todo lo demás es hipocresía y maquillaje. Veronique es una escritora que trabaja temas relacionados con las penurias de los países africanos y que se siente mejor que nadie por denunciar la injusticia del mundo. Esta vanidad le lleva a creer que tiene razón en todo y a juzgar precipitadamente a todo aquel que le rodea, colocándolo siempre un escalón o dos por debajo de donde ella está. Esto le permite a Reza crear un personaje como Michel, un hombre sumiso y temeroso, cuya única finalidad es agradar y que se siente confuso en toda la obra por no saber a quién tiene que darle la razón. Michel adquiere también algunos valores hipócritas, pues a pleno capricho exige para Ferdinand unas disculpas sinceras a su hijo por la paliza cuando él no es capaz de dárselas a su hija por haber abandonado/asesinado al diminuto y frágil hámster de ésta. Anette, por el contrario, es una mujer sometida a una presión insoportable al sentirse culpable del desastre que la rodea, ya que Alain, que dedica toda su vida al trabajo, se desentiende de todos los asuntos que tienen que ver con su familia y sólo abre la boca para recriminarle lo mal que está llevándolo todo.

En Un dios salvaje están los miedos y la lucha por el poder que han servido para perpetuar la especie desde que ésta existe y se levantan como un muro insalvable para todos los propósitos de compromiso social y progreso que se plantean para la sociedad de hoy. Explica el fracaso de las ideas integradoras, de la equidad y del respeto en la premisa insoslayable de que la sociedad hasta el día de hoy sólo ha sabido avanzar a partir del odio y que pedir cualquier otra cosa a nuestras mentes es forzar demasiado la máquina, a veces con escusas y mentiras que no llegamos a creernos del todo. Una visión como la que Reza muestra aquí es sumamente desconcertante, cruda y desesperanzadora con una humanidad que no ha mejorado, sino sólo progresado en un camino para permitir la supervivencia de los más preparados, eliminando o dejando de lado a los más vulnerables. Se borra también toda esperanza de posible mejora y se refuerza la idea de un mundo asqueado que ha tenido que perfumarse a sí mismo para poder seguir progresando en la misma línea que ha mantenido siempre. Con momentos de tensión brutales, Un dios salvaje se convierte en un drama más que recomendable para cualquiera que busque reflexionar sobre la naturaleza humana y sus estragos. 

Más reseñas de obras de Yasmina Reza en esta esquina: En el trineo de Schopenhauer,