domingo, 19 de noviembre de 2017

El Maestro del Juicio Final, de Leo Perutz





Nos situamos en la Viena de 1909, en uno de los últimos años del decadente Imperio Austrohúngaro, que se verá hecho añicos tras la Primera Guerra Mundial. Nuestro protagonista es el barón de Yosch, un comandante de caballería del ejército imperial que tras algunas batallas en las que ha salido victorioso goza de una importante posición social en la que cimienta toda su existencia, con su red de relaciones y su estilo de vida. Disfruta acudiendo al teatro y dando conciertos en las más altas cúpulas de la sociedad vienesa, pero cuando un conocido, el actor dramático Eugen Bischoff, se suicide en extrañas circunstancias, su imagen de honorable aristócrata y ejemplo de los justos se verá en un aprieto, ya que todas las pistas parecen apuntar a él: su cercanía a la escena del suceso, su extraño comportamiento buscando desquitarse lo más pronto posible del asunto, el hecho de que la prometida de Bischoff hubiera sido su única novia muchos años atrás y de la que todavía no se habría olvidado, que Bischoff a la hora de cometer el acto hubiera disparado dos balas, pero sólo una contra sí mismo, etc. Yosch se ve en la obligación de dar su palabra de honor y de aclarar las alucinadas circunstancias que rodean al suicidio de la estrella, el cual podría estar relacionado con otros que Eugen habría estado investigando por mera curiosidad y que lo habrían llevado hasta un misterioso personaje que conoce como el Maestro del Juicio Final.

Estamos ante una novela policíaca con tintes de la narrativa gótica decimonónica y de la neofantasía propia del mejor Kafka. No me extraña lo más mínimo que esta novela hubiera entusiasmado tanto al gran Jorge Luis Borges y es que en ella podemos apreciar muchísimos detalles del estilo del argentino. De hecho, la lectura que he realizado me ha recordado con mucha fuerza a al menos tres de los cuentos más famosos de este maestro de la escritura: "Tres veces Judas", "El jardin de los senderos que se bifurcan" y, sobre todo, "El sur". Perutz ofrece una historia llena de fantasía e intriga, consigue que nos la creamos y la desmiente luego con la misma fuerza, dejándonos con más dudas que una abuela haciendo la declaración de la renta. Esa misma capacidad maestra para rizar el rizo una y otra vez, manteniendo la intriga en todo momento, me ha recordado también mucho a un clásico en esta esquina: el señor Friedrich Dürrenmatt. Y es que al igual que él, Perutz se sirve de una trama detectivesca para mostrar una cuestión que va más allá y que roza lo filosófico y lo crítico, desmenuzando la intriga poco a poco como si fueran los gajos cuasinfinitos de una naranja. La ambientación, al mismo tiempo, es también sencillamente magistral y nos recuerda a esas películas americanas de detectives en blanco y negro de los años 50. En este libro hay mucho Kafka y mucho Borges, pero también Dürrenmatt y Graham Greene se sienten presentes. Aún así y con todo, el resultado no deja de ser sorprendente y original.

Las únicas pegas que podrían achacárseles son el ritmo un poco tedioso y lento que se aprecia en los primeros capítulos y que cuesta empatizar con unos personajes que se sienten algo arcaicos y tipificados. En las primeras páginas Perutz crea una atmósfera de cotidianeidad de la alta burguesía y la aristocracia de comienzos de siglo XX en la que tendremos que esperar quizás demasiadas conversaciones de salón hasta que ocurra algo verdaderamente interesante. Si bien esto sirve para crear la fachada del protagonista y entender que para él su posición es lo más importante en su vida, en mi opinión podría quedar igual de claro con muchas menos palabras y el exceso no deja de resultar molesto. Sin embargo, cuando en el capítulo nueve se rompe con todo este mundo de forma definitiva, la novela gana con creces y no hace más que ascender, por lo que le recomiendo al lector  que tenga paciencia para poder disfrutar de esta joya a medio camino entre lo fantástico y lo policial, entre lo terrorífico y lo filosófico, entre lo costumbrista y lo universal. Tenéis más reseñas de El maestro del juicio final en Un libro al día y en Libros de Cíbola. Sospecho que las traducciones que hemos leído son diferentes, pero hemos coincidido en lo principal, así que no le daré más importancia al detalle de la que tiene. 


martes, 14 de noviembre de 2017

La bicicleta de Sumji, de Amos Oz



Sumji es un chico judío de unos once años que vive en el protectorado de Palestina meses antes de que se forme el estado de Israel. Aunque nada va demasiado bien en su mundo, cuando su tío, un estraperlista alemán, le regala una bicicleta de chica nada volverá a ser lo mismo. En una sola noche tendrá una serie de experiencias que le harán consciente de lo efímero que son los objetos materiales y la compañía de determinadas personas en el largo transcurso de la vida. La bicicleta de Sumji es un relato largo de Oz en el que trabaja desde lo que empiezo a creer que es su zona de confort: la infancia como niño judío en el protectorado británico de Palestina. Si bien Una pantera en el sótano me pareció mucho más sólida que esta Bicicleta de Sumji creo que para lo poco que pesa (casi) merece la pena, aunque si no se lee tampoco pierde uno gran cosa. Quizás no tenemos la visión adulta sobre la infancia que tanto sorprendía en Una pantera ni las cuestiones políticas y éticas gozan de esa profundidad, pero el tema es otro y la forma de narrarlo es bastante humilde, lo cual se agradece. Algo tan sencillo como la búsqueda de la estabilidad de un niño y el descubrimiento de que nada es eterno. Quizás lo que más me ha llamado la atención es la mención al sargento Dunlop y a las clases de inglés-hebreo que mantiene con el protagonista. Muy posiblemente ese diálogo habría sido el germen de Una pantera en el sótano, que Oz escribiría casi veinte años después.

Reseñas de obras de Amos Oz en esta esquina: Una pantera en el sótano,


sábado, 11 de noviembre de 2017

Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro



Cuando Keiko, una pianista japonesa afincada en Inglaterra, se suicida, su madre, Etsuko, no podrá evitar hacer repaso de sus errores, instigando en los recuerdos de su primer matrimonio en el Nagasaki postatómico de los años cincuenta y en sus primeras reflexiones sobre lo que implica la maternidad, provacadas por la extraña relación que guardaban entre sí sus vecinas, Sachiko, una burguesa caída en desgracia con la guerra y su extraña hija, Mariko. Los errores que llevaron a Keiko al suicidio pueden estar presentes en la curiosa forma de criar a los hijos que Etsuko habría adoptado de Sachiko, una madre egoísta y cruel, incapaz de hablar con su hija siendo esta aún una niña. 

Este vínculo le sirve a Ishiguro para llevarnos de viaje al Nagasaki que él vivió de niño, aquel que acababa de ser arrasado por las bombas y aceptaba a los vencedores estadounidenses como modelos de progreso. Los años 1950s es una etapa de cambios muy bruscos en un país como Japón, que sufre una fortísima occidentalización (hay quien habla de norteamericanización) dentro del modelo de vida cotidiano, como bien señalan varios escritores de la época: Tanizaki, Mishima, Kawabata, etc. Lo cierto es que el debate sigue abierto aún hoy, aunque con menos fuerza, y se hace inverosímil escribir un libro ambientado en este contexto que no subraye un problema que hasta cierto punto llevó a la división social del país entre los que querían abrirse al exterior y los que sentían sus tradiciones amenazadas. Ishiguro es un escritor inglés de ascendencia japonesa, no lo olvidemos, y en este libro al menos prima lo nipón sobre lo británico. La existencia de los personajes de Ogata-San y Shigeo Matsuda en la novela simplemente sirven de excusa para poder hablar abiertamente de esto, de como tras la guerra a muchos japoneses les cuesta demasiado no mirar con odio todo aquel pasado imbuido de gloria que les pintaron desde las escuelas. El tema de la manipulación ideológica de los jóvenes en el sistema académico estaba presente en este debate y es señalado con insistencia por Ishiguro y aunque no es un tema central de la novela, ni mucho menos, me gustaría señalarlo porque en estos días ha estado mucho en boga en la prensa de mi país.

Volviendo a la novela, hay que decir que la trama se centra en un duelo tan duro como es el de la muerte de una hija en un país extranjero, subrayando la idea de la huida del dolor constante, el conflicto irresoluble entre los seres humanos y el miedo a lo que vendrá después. Etsuko ha sido toda su vida una esposa, un ama de casa que se ha dedicado a cuidar del hogar y a criar a sus dos hijas en una sociedad donde el patriarcado y la represión hacia su género era un peso pesado. Su labor como mujer es estar callada, servir a su marido y no meterse en problemas, lo que se ve reflejado en numerosos momentos. Por ejemplo, en una de las converaciones que se transcriben de Jiro, el marido de Etsuko, y Ogata, su padre, el suegro de Etsuko se muestra manifiestamente en contra de que en una determinada casa la mujer haya votado a otro partido distinto al de su marido y justifica que él haya ejercido la violencia física hacia ella por ese gesto de opinión propia que considera un escándalo, a lo que Etsuko, criaturita ingenua y manipulable no puede evitar darle la razón. Etsuko es la narradora, pero su praxis, al igual que la de los personajes que la rodean y rodearon está llena de fallos, algunos más graves que otros, según quien los valore, y en este sentido podría ser señalada como una antihéroe en algunas ocasiones, y es que quizás uno no lo note si no agudiza mucho la vista, pero lo cierto es que Ishiguro crea, al menos aquí, personajes sorprendentemente humanos, a los que el lector no puede evitar juzgar, sintiendo un cierto grado de simpatía al mismo tiempo. Niki, por ejemplo, la menor de Etsuko, quiere hacer su vida en Londrés y podemos pensar que está en su derecho como mujer adulta, aunque peca de cierta irresponsabilidad y de una visión llena de incertidumbre en lo referente al medio y al largo plazo. Al mismo tiempo apreciamos sus ideas de la justicia y la redención, de la libertad y de la necesidad de vivir. 

Pálida luz en las colinas es también una novela con tintes muy marcados de las películas de horror asiáticas. Espeluznante es el comportamiento de la desvalida Mariko en ese mundo postatómico en reconstrucción, quien parece ser visitada de vez en cuando por una anciana que habría muerto años atrás y que quiere llevársela a su casa para "jugar". La idea de que un fantasma ronda a Mariko cuando su madre desaparece va cobrando más y más fuerza a lo largo de la novela, hasta que uno se espera una especie de encuentro entre Etsuko y el susodicho ente, pero -y esto es quizás desvelar mucho- por algún motivo este nunca se produce, e Ishiguro nos deja con un saco de espectativas rotas y de preguntas sin respuesta. Sólo podemos especular, formular hipótesis al respecto o ignorarlo, porque lo que durante más de tres cuartas partes del libro parece una cosa, luego resulta que es algo totalmente distinto a lo esperado y lo cierto es que no queda del todo mal, aunque, desgraciadamente, este no es el único punto de inconexión. Se muestra la vida de Etsuko en dos planos vitales, pero se omite concienzudamente el eslabón que los une y eso puede llegar a decepcionar mucho a algunos lectores. En algún momento la Etsuko de Nagasaki cambia de marido y se va a vivir a Inglaterra, donde tiene a su segunda hija, pero nada se aclara. Y así con una gran cantidad de tramas secundarias que no se llegan a cerrar de manera sólida.

En definitiva, Pálida luz en las colinas es una novela que puede gustar o no y que creo que depende demasiado del tipo de lector. A mí me ha gustado más de lo que me ha disgustado. El desarrollo de personajes, la atmósfera y las técnicas de la novela de terror me han convencido bastante, aunque el giro final y su brusquedad me han descolocado un poco y aún no tengo una idea clara de si goza de suficiente fuerza, aunque esté seguro de su originalidad, por lo que se lo recomiendo solo a aquellos lectores flexibles, acostumbrados a moverse en historias limítrofes. Quizás sea una novela con tantos puntos fuertes como flojos. Estoy un poco confuso.

PD: Soy consciente de que la calidad de mis reseñas se ha reducido últimamente y de que el tiempo entre ellas se está comenzando a dilatar más de lo que me gustaría. Haré lo posible por arreglarlo. Os pido paciencia. Lucas Despadas os saluda desde esta Esquina.



jueves, 2 de noviembre de 2017

El encargo, de Friedrich Dürrenmatt



El reconocido psiquiatra danés Otto Von Lambert le encarga a una periodista suiza, la F., el esclarecimiento de algunos detalles que han tenido que ver con la mediática muerte de su esposa Tina, brutalmente asesinada y abandonada a su suerte junto a las ruinas religiosas de un país árabe. No sin vacilar, la F. acepta un encargo que le llevará a los secretos más profundos del exótico país y a de ella misma, convirtiéndose la búsqueda del otro en un encuentro con uno mismo con consecuencias irreversibles. El encargo trata de sacar lo más oculto que hay en cada ser humano, entendiendo a este como un animal movido por el interés y la egolatría, cuyo corazón está lleno de fango, dolor y ansias de herir al prójimo. 

Esta novela de Dürrenmatt es bastante diferente de la mayor parte de las que he leído y se siente más madura y lúdica. Consta sólo de veinticuatro frases, que como las horas de un día, nos va hundiendo lentamente en la incertidumbre de la noche. La historia está en tercera persona -focalizando en el personaje de F.-, pero Dürrenmatt se balancea con gran soltura dentro del estilo indirecto libre, entrando y saliendo de los pensamientos de los personajes a su antojo y, sin cerrar las frases, es capaz de dar una unidad, generar intriga, conseguir que el lector se recree en los detalles y en la musicalidad de las palabras (dentro de lo cual tiene también muchísimo mérito aquí el traductor, que, sin duda, se luce como nadie), sienta preocupación por el sino de la periodista y curiosidad por los extraños comportamientos de los hombres y mujeres que desfilan por las arenas cálidas del desierto que conformarán la atmósfera principal, magistral y esencial de la novela. 

El tema central de la historia no es común en Dürrenmatt (que yo sepa sólo había esbozado al respecto algunas ideas en El valle del caos), pero está expresado con la suficiente profundidad como para que tenga muchísimo peso por sí  mismo. El suizo pasa a exponernos una visión del mundo en el cual todo se basa en la observación y en hacer de policía del vecino, pues solo si nos ven somos y en el planeta Tierra al menos, con las cámaras de fotos y los satélites localizadores, es imposible que nadie no nos vea en algún momento haciendo cualquier cosa. Esta idea de la supervigilancia está ya bastante vista (Person of Interest, El show de Truman, etc.), pero la forma en la que está planteada y la época -aún en los años ochenta- le da un toque característico. Hay, al mismo tiempo en la visión de Dürrenmatt mucha metafísica, pues un mundo en el que se permiten atrocidades como las que van  a suceder en El encargo debe de haber sido necesariamente abandonado por Dios, quien observa más allá de la observación, tanto a observadores como a observados, entreteniéndose vacuamente, pudiendo intervenir, pero al mismo tiempo negándose a ello por no perder su cómoda cualidad de observador de observadores observados. Dios, si se confirma su existencia, se convertiría en el único observador que no sería observado y cuyos actos quedarían completamente al margen de la vida en el mundo. A lo largo de la novela, F. se siente observada por hombres que a su vez se observan los unos a los otros y, desde la sombra, mascan la tensión, tejen las redes necesarias y se mueven, perfectamente conscientes de saber donde están y qué hacen para imponer su supervivencia y sacar un beneficio, en la mayoría de los casos económico. 

Como ya hemos dicho, El encargo es un viaje de autoencuentro y en ese sentido puede comprenderse la gran cantidad de referencias que utiliza para rendir homenaje a la Odisea. La F. quiere encontrar en Tina a su Penélope, una chica que en el fondo es sumamente parecida a sí misma, y se tropieza con obstáculos que parecían estar allí sólo para cruzarse con ella dado el momento. Uno de los personajes llamado Polifemo encerrará a nuestra F. en su búnker, como si este fuera la famosa cueva del cíclope antropófago. La F. es uno de los pocos personajes que carece de un nombre claro y quizás se debe a que esta supresión intente emparentarla de alguna forma con Ulises, más conocido por Nemo ("nadie") que supo esquivar los ardides de Polifemo, quien trataba de devorarlo a él y a sus camaradas. Dürrenmatt también rinde culto a  la Ilíada, al mostrarnos de una forma voraz las artes de la guerra y el monótono canto de la muerte que se siente como una sentencia de la que nadie puede escapar.  Hay que decir que este interés por la cultura griega no es nuevo en Dürrenmatt, que ya habría recurrido a ella en su novela Griego busca griega y su relato La muerte de la Pitia.

Por otro lado, hay que señalar que la novela empieza con una cita de Kierkegaard, cuya enseñanza es vital para la comprensión de la misma:

"¿Qué ocurrirá? ¿Qué traerá el futuro? No lo sé ni intuyo nada. Cuando, desde un punto fijo, una araña se precipita hacia sus consecuencias, ve siempre ante sí un vacío en el que no encuentra lugar donde apoyarse, por más que patalee. A mí me ocurre lo mismo; ante mí hay siempre un espacio vacío; lo que me impulsa hacia delante es una consecuencia detrás de mí."
En El encargo, así como en la vida cotidiana, somos presas de nuestro pasado, del cual intentamos escapar muchas veces a toda costa, y, como una araña que se desliza hacia el vacío, nos movemos hacia la incertidumbre del futuro que nadie ha visto y del cual no podemos esperarnos nada. Son nuestras inquietudes las que nos mueven del pasado al futuro, en una carrera de fondo en la que no nos podemos parar a descansar y eso lo tienen muy claro los personajes de esta novela, que corren con el alma llena de balazos y el doble miedo de la vida, el del ayer y el del mañana. Una vez más, un trabajo altamente recomendable de este gran escritor suizo.