viernes, 11 de diciembre de 2015

Desde hace dos mil años, de Mihail Sebastian




Permítanme que comience la reseña con una cita del libro que nos interesa:

“Desde luego, jamás dejaré de ser judío. Esta no es una función de la que uno pueda dimitir. Se es o no se es. No se trata ni de orgullo ni de vergüenza. 
Es un hecho. Si intentara olvidarlo, sería inútil. Si alguien intentara rebatírmelo, lo sería igualmente. Pero tampoco dejaré de ser nunca un hombre del Danubio. Y eso también es un hecho. Que me lo reconozcan o me lo nieguen, no cuenta. Es cosa exclusiva de quien lo haga.” (pág. 247)

El hecho de que este fragmento aparezca casi al final del libro no me parece una excusa para no emplearlo. Tiendo a creer que en él hay concentrada gran parte de la esencia de las ideas que intenta transmitir la obra y por eso lo cito. Desde hace dos mil años es una historia sobre judíos del siglo pasado a la que no estamos acostumbrada. No trata sobre el Holocausto, pues fue escrita años antes de éste, en 1934, aunque en cierto modo lo profetiza tras un análisis crítico de la sociedad rumana de los años inmediatos a la dictadura de Antonescu y la Segunda Guerra Mundial. El antisemitismo se convierte en la moda de la época de la misma forma que, por ejemplo, hace un par de años lo han sido las gafas de pasta y esto es un hecho que no parece alarmar a nadie más que a las pobres víctimas, e incluso a éstas no siempre. El protagonista de la novela de Sebastian toma como verdad la hipótesis de que la etnia judía a la que pertenece está maldita y que debe ser castigada, como siempre lo ha sido desde hace dos mil años. De esta forma confunde las palizas que le propinan en la facultad por su condición religiosa con un mero chaparrón que va y viene con la estación. Se acostumbrará a tratar con antisemitas, a trabar una clase de amistad con muchos basada en concesiones de ellos hacia éste hasta el punto en el que Dronţu o Blidaru casi olvidan esta rareza que muchos atisban como un mal. El terco Drontu, quien en otros tiempos había golpeado hasta la extenuación a cientos de judíos sólo para divertirse, se convierte en el compañero de fatigas de nuestro protagonista y no tiene reparos en hablar con nostalgia de la felicidad de su pasado ante él, que había sido el saco de boxeo donde descargar todo el estrés diario para que esa felicidad fuera posible.

La novela está escrita en forma de diario lleno de todo tipo de omisiones en el que se viaja desde el comienzo de los estudios de Derecho de nuestro protagonista hasta la construcción de su primer edificio como arquitecto justo después de la toma de poder en Alemania del partido de Hitler. La evolución del personaje, de un marcado carácter sensible y reflexivo, está llena de escepticismo. Por su vida irán desfilando diversos personajes cada uno con su ideología (autócratas, marxistas, sionistas, antisemitas, esteticistas, urbanitas liberales, buenos salvajes,…) que intentarán ganárselo como adepto, pero que lograrán todo lo contrario. Quizás del mal ideológico sólo quede contagiado levemente en comparación con todo lo despreciado. El protagonista forma su criterio propio y saca sus propias conclusiones de lo que le envuelve, la explicación de su martirio y la razón del sentimiento de añoranza de dicho martirio, de placer del martirio y de la oposición a escapar al mismo. Él es judío, no extranjero. No sabe hebreo ni yidis. Ha nacido en el seno del Danubio y es rumano y nada más. No importa lo que de él pueda decir Parlea, curioso personaje que promueve la catástrofe como único medio de salvación.

“-Oye, yo tengo sed y estoy esperando a que llegue la lluvia. Y tú estás a un lado y me dices: “la lluvia será buena y estaría bien que viniera, pero ¿y si viene con granizo?, ¿y si viene con una tormenta? ¿y si me estropea los sembrados?”. Pues bien, yo te contesto: no sé cómo será esa lluvia. Sólo quiero que venga. Eso es todo. Con granizo, con tormenta o con rayos, pero que venga. Que haga estragos, que ahogue, que arrase, pero que venga. Del diluvio a lo mejor se escapan uno o dos. De la sequía no se escapa nadie. Si la revolución exige un pogromo. No se trata ni de mí ni de ti ni de él. Se trata de todos.” (pág. 243)

Es este tipo de discurso lo que más inquieta al narrador, más que las acciones físicas: las palizas de su juventud que ve como meras chiquilladas. Sin embargo, aún y con todo, no abraza como su amigo Winkler el sionismo o como su otro compañero S.T.H. el  marxismo, con un discurso mucho más humanitario y acogedor para él que el que tiende a defender Parlea a lo largo de la novela. Es el dogmatismo lo que no le convence, lo que le impide entrar en un grupo que pueda proporcionarle cierta protección. Es consciente de su visión judía del mundo, pero también es un defensor a ultranza de lo individual, de lo personal y lo íntimo, hasta el punto de que crece en él esta extraña, aunque preciosa idea:

“Yo no soy creyente, desde luego, y este problema me es ajeno, y no me crea dificultades serias. 
No aspiro a ponerme de acuerdo conmigo mismo a este respecto y acepto, sin rubor, todas mis inconsecuencias. Sé, lo digo, que Dios no existe y recuerdo con placer el manual de física y química de bachillerato, el cual no le hacía a Dios ningún sitio en el universo. Esto no me impide rezar. Cuando recibo una mala noticia o cuando quiero prevenir alguna. Hay un Dios familiar al que le ofrezco, de vez en cuando, sacrificios, según un culto con reglas establecidas por mí y creo que confirmadas por él. Le propongo fiebre tifoidea para mí a cambio de una gripe que tuviera él pensado darle a alguien a quien yo quiero. Le indico dónde preferiría que me golpease y dónde que me dispensase. Además, lo que le doy es mucho más de lo que conservo ya que lo que le doy es mío y lo que conservo es de otros, los pocos otros a los que yo quiero.” (pág. 62)

Estoy citando mucho para lo que viene siendo habitual en mí, pero tras casi una semana después de terminar el libro y con muchísimas notas tomadas siento que casi lo mejor en este caso es dejarle hablar al propio autor. Cualquier halago maravilloso sobre la prosa de Mihail Sebastian que yo hiciese ahora mismo sería por completo insuficiente para dar una idea, aunque fuera remota, de lo que este texto puede llegar a dar de sí. No conocía al autor y me alegro enormemente de haber dado con él. Hay escritores en este mundo realmente magníficos que amamos como lectores y muchos de ellos lo han tenido en cierto sentido fácil para llegar a dónde han sido encumbrados, a dónde nosotros lo hemos encumbrado, pero hay otros que no, otros que han sufrido una desgracia tras otra, como si hubieran sido, en efecto, maldecidos. No me refiero a los escritores de las drogas, de la borrachería y demás. Esos nunca me han dado ninguna pena porque son ellos los que se destrozan a sí mismos a pesar de las mil advertencias que se les dan. Me refiero, por el contrario, a otros como César Vallejo, uno de los poetas del dolor por antonomasia, que no era judío, pero que se sentía completamente desgraciado por la deidad:

Yo nací un díaque Dios estuvo enfermo.” (Espergesia, Los heraldos negros)

La humanidad, el vacío, el destrozo y el dolor se respira en ambos autores. ¿Serían grandes autores si la vida no los hubiera molido a palos? Qué sé yo. La vida muele a palos a mucha gente y no todo el mundo es capaz de transmitir ese sentimiento. Hay que tener una sensibilidad increíble y una precisión milimétrica. Ambos la tienen y eso mérito más que suficiente para aplaudirles.







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