domingo, 15 de noviembre de 2015

Las señoritas de Wilko, de Jarosław Iwaszkiewicz




Decía Heráclito de Abdera que en los mismos ríos entrábamos y no entrábamos, pues para cuando volvíamos a hacerlo ya no éramos los mismos. Esta máxima tan simple y lógica, que luego empleará también Neruda en su famoso verso “Tú, yo, los de entonces, ya no somos los mismos” de su poemario más juvenil, es entorno a la cual se estructura la obra maestra del escritor modernista polaco J. Iwaszkiewicz. Escrito sobre la misma fecha que En busca del tiempo perdido de Proust, comparte con ella gran cantidad de detalles, aunque la tesis que propone resulte radicalmente contraria y rápidamente concluyente. Frente a la enormidad de Proust (siete novelas) nos encontramos ante un relato no muy extenso del polaco, aunque bien medido y con imágenes muy bellas.

Iwaszkiewicz nos narra la historia de un exmilitar (Wiktor) que tras luchar en la Primera Guerra Mundial, sofocando la revuelta comunista en Rusia, y trabajar varios años como administrador de unas fincas en el poblado de Stokroc, decide volver al pueblo (Wilko) en el que fue tremendamente feliz en un remoto pasado (quince años), aprovechando unas vacaciones, con el fin de revivir esa felicidad que la madurez, el esfuerzo, la muerte de algún camarada y la soledad han mermado. Su juventud memorable queda vinculada con una casa en particular y las seis hermanas que viven en ella: Julcia, Jola, Kazia, Zosia, Tunia y Fela. Si bien para cuando regresa descubre que Fela lleva años muerta, su figura no nos abandonará en toda la narración. Cada una de las hermanas viene a representar un tipo de amor, cada uno idílico a su manera, que se verá resquebrajado por el contacto humano repentino que arranca Wiktor realizando dicha visita. La idealización (y esto es clave para entender la novela) no es sólo de Wiktor hacia las damas, sino también de ellas hacia Wiktor. Esta novela, pues, trata sobre la ruptura de lo ideal y la imposibilidad de recobrar lo perdido, así como sobre el cuestionamiento de si hay, a fin de cuentas, algo perdido. 

“Kazia alzó los ojos y los fijó en él atentamente. 
-Pero no te vayas a creer que a mí me gustaría volver a verte como eras entonces –le dijo con franqueza-. Sería algo horrible. Vería venirse abajo toda mi vida, que sólo Dios sabe cuánto me ha costado rehacer. No, lo único que quisiera es que tuvieses la certeza de que por lo que a mí respecta no corres ya ningún peligro, que si bien es cierto que te amé locamente hace años cuando no era más que una mocosa, ahora todo eso me parece digno de risa, y que no ha quedado ni sombra de ese sentimiento. Además, hoy ni siquiera me resulta concebible que se pueda amar tanto a una persona. Todo eso me parece un poco ridículo, pues tienes que reconocer que en todo gran amor hay siempre algo de humillación, de ridículo… 
-De humillación, tal vez –dijo con parsimonia-, pero de ridículo… 
-¿Nunca has sentido la inconveniencia, el lado ridículo de un afecto semejante? 
-No, nunca. 
-Pues entonces es que nunca has amado.”

¿Wiktor ha perdido un amor si no ha amado nunca? ¿Si no tiene claro qué es amar? ¿Si emplea el verbo indiscriminadamente para su atracción erótica por Julcia, sádica por Jola, intelectual por Kazia, mística por Fela –y luego por su casi idéntica hermana Tunia-? En Las señoritas de Wilko se crea un pasado a partir de los retazos del presente, construyéndose como un elemento plagado de subjetividad. No hay nada de objetivo en la percepción ni en los actos de las personas, de la misma forma que tampoco lo hay en las descripciones que nos hace el propio Iwaszkiewicz de los lugares y los sentimientos y pensamientos de los personajes que actúan en la obra. El final se establece como un fatum, no hay un ápice de la casa de Wilko que Wiktor pueda salvar para sí, no hay un ápice de Wiktor que para la casa de Wilko merezca ser salvado. La despedida es inevitablemente triste y molesta y una confirmación de que, a pesar de los males, debemos seguir viviendo. 

No diré que la obra formalmente sea una maravilla, pero su estructura decreciente –de encuentros entre Wiktor y cada una de nuestras señoritas- la vuelven tremendamente adictiva. Además, no es un texto especialmente largo y puede leerse en una tarde de domingo. Se puede decir que merece la pena.

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