domingo, 1 de noviembre de 2015

La investigación, de Stanisław Lem




Hace ya algunos meses leí una novela de este gran genio de la ciencia ficción, curiosamente la que menos tenía que ver con la cosmogonía que desarrolló posteriormente, encabezada por obras como Solaris o El congreso de futurología, las cuales, por desgracia y por el momento, conozco sólo a través de sus adaptaciones cinematográficas. Esa novela que degusté en su día (El hospital de la transfiguración), creo que la primera que publicó, me impresionó por varias cosas: su estructura solidísima con los puntos clave repartidos a lo largo de la obra, su final cargado de fuerza, sus diálogos inteligentísimos, su juego con los símbolos, su atmósfera de misterio (a veces, con cierto deje terrorífico) y sus mensajes filosóficos llenos de transcendencia. Y, salvo quizás el juego de símbolos, todo lo que me impresionó en su momento parece repetirse en La investigación, novela escrita por un Lem mucho más maduro, que, sin embargo, sacrifica, a mi parecer, cierto gusto por la reflexión filosófica –que podría llegar a hacerse pesada para un público algo impaciente- por un mayor dinamismo narrativo, con el que pretende potenciar la sensación de suspense, más idónea al tipo de novela que escribe ahora –de corte detectivesco-, e introducir algún que otro momento de completo pavor que despierte en el lector nocturno continuos escalofríos. 

Estamos ante una mezcla muy común en autores más contemporáneos y comerciales capitaneados por la figura de Stephen King: una novela que tiende a lo policíaco con momentos de terror y un trasfondo de Sci-fy. Los agentes del Scotland Yard de finales de los 1950s se encuentran ante un problema cuya solución más factible no quieren pronunciar y se niegan a aceptar. Una serie de cuerpos han empezado a desaparecer de ciertos cementerios y salas de autopsias de la región en condiciones atmosféricas nefastas sin que el presunto culpable haya dejado ningún tipo de huella de su paso por allí. Sea como sea, sólo sabemos que, al que parecer, esos cuerpos desaparecían de allí con sus ropas y nunca más volvían a ser encontrados. En su lugar aparecían animales domésticos que morían al poco tiempo de ser hallados y que tampoco dejaban marcas de cómo habían llegado hasta allí. El testimonio dudoso de que los cuerpos no estaban fríos cuando fueron enterrados, algún grito pesadillesco en la noche y hechos anteriores que solventan que otros tantos cuerpos de los cementerios de la zona fueron “tocados” o se movieron vienen a enturbiar este suceso en apariencia inexplicable que recaerá en las manos del teniente Gregory. A través de él, sus entrevistas con los sospechosos y sus análisis de las escenas de los “crímenes”, nos columpiaremos en una novela compuesta en su mayor parte por hipótesis posibles que no buscan ser resueltas, donde el suceso paranormal se comprende como algo tan posible como el acto de un psicópata. Con estas premisas y con la atmósfera melancólica de un Londres neblinoso, por cuyas calles lúgubres y solitarias caminaremos con gabardina y sombrero, se nos presenta una novela de un suspense máximo, donde lo importante no es la resolución de la investigación, sino, como su nombre indica, la investigación misma. Estamos acostumbrados a finales demoledores que resultan ser una elección del escritor. Aquí Lem se niega a elegir y nos deja una cámara de probabilidades no desmentidas sin que la novela, por contar con el final más abierto que habré leído jamás, pierda un ápice de su fuerza para impresionarnos, para mantenernos con los ojos como platos hasta la última sílaba de la última palabra y su posterior punto y final. 

Mientras Gregory lleva la investigación en marcha tendrá que lidiar con los hábitos nocturnos de sus caseros, los Fanshaw, que parecen sacados de American Horror Story, entre los cuales se encuentran numerosos ruidos nocturnos inexplicables al otro lado de la pared y el chirriante dolor de la silla que la enana y deforme señora Fanshaw lleva a todas partes y que suele detenerse frente a la puerta del cuarto de Gregory cuando éste se encuentra dentro. Por si fuera poco, la casa es una enorme ruina victoriana en la que el agente solo vive por su precio y por el poco tiempo que permanece en ella, a la que acude únicamente para dormir. La irracionalidad del comportamiento de sus caseros y de los elementos que intervienen en los casos de los hurtos de los cadáveres que investiga le llevará a poner en tela de juicio su fuerte pensamiento policial de que todo está vinculado con una razón lógica, tras la cual los hombres actúan. Para Gregory siempre hay un culpable, ¿pero puede resultar que esta vez no sea así? Esta novela policíaca no trata de cazar al posible culpable, sino más bien de si las personas pueden cambiar su pensamiento si algo exterior cuestiona la posibilidad de que la totalidad de éste, por basarse en una premisa que creen férreamente como cierta, no esté, por el contrario, equivocado. La lógica y la ciencia se derrumban cuando aparece aquel caso que rompe las reglas que creían generales.

Una historia muy adictiva e interesante.

Podéis encontrar más reseñas de La investigación en Das Bücherregal (con el que suelo coincidir casi siempre, no esta vez), Un libro al día (en la que escriben una reseña muy divertida, donde apenas se habla de lo concreto de la novela, sino más bien de sus ideas abstractas, y en la que sin venir a cuento aparecen unos robots) y El blog de Roberto Valencia (al que le preocupa mucho más la cuestión epistemológica).



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