domingo, 29 de marzo de 2015

Minireseña de Las Escalas melografiadas por César Vallejo

La fantasía de la muerte en una melodía prosaica...


Melografiadas”, del vallejiano “melografiar”, que procede a su vez del castellano “melodía” y “grafía”, traducible a nuestra lengua por algo como escribir tal como si de una melodía el texto se tratase. ¡La música a la poesía lo que la poesía a la música! Un concepto puramente modernista que Vallejo toma para componer estas pequeñas escenas de gran calidad y que a su vez adelantan elementos que se pondrán en boga en las décadas siguientes en Latinoamérica, especialmente en lo que una parte de la crítica ha llamado el Realismo Mágico (un término de solidez muy cuestionable). La obra en sí, ligerita y apañada, cultiva una especie de género fronterizo que viaja desde la autobiografía al relato fantástico, unas veces terrorífico, otras más próximo a autores expresionistas e incluso surrealistas, manteniendo siempre el lugar desde donde se escribe la obra: la penitenciaría de Lima. Dividida en dos partes: la primera está más cerca de lo autobiográfico y tiene como principal lugar de acción dicha prisión, mientras que la segunda se centra en las historias que les refieren, o que Vallejo inventa, sus numerosos compañeros del presidio. El carácter cada vez más fantástico de las escalas nos lleva a un progresivo abandono del escenario de la prisión. En los últimos tres cuentos no aparece ni como escenario de marco siquiera, ni alusiones remotísimas siquiera. La última historia nada tiene que ver ya con las anteriores, salvo en su temática, y el escritor nos deja con la duda de si el narrador es otro personaje del cual escucha la historia, como en las anteriores, o de si es él mismo.

El tema más común en la obra, no obstante, es la muerte y las distintas formas de las que dispone el individuo para relacionarse con ésta. La muerte se ve como la causa de un dolor no buscado e inexorable, injusto desde el punto de vista humano, indiferente a los ojos de Dios, en Muro Noroeste, donde la muerte/asesinato de una diminuta araña le lleva a Vallejo a sostener un breve monólogo filosófico consigo mismo sobre estos temas. A pesar de que le increpa a su compañero de celda el acto, para él vil, que acaba de cometer, éste se desentiende indiferente y con sorna, como si la vida de aquel ser más débil no valiera nada. No es la primera vez que Vallejo recurre a la figura de la araña que muere, ya lo hace  en el poema Araña de Los heraldos negros. Ver al débil sufrir y, finalmente, morir despierta el propio dolor del poeta, lo lleva a culparse. Sin embargo, la muerte puede verse también como una salvación, como un medio para escapar de una vida de sufrimiento. Así nos lo hace ver Vallejo en su escala Liberación. También se cuestiona el peruano una y otra vez si vive realmente, pues son numerosos los fantasmas que aparecen en la obra. Lo que no puede estar pero se aparece es una constante en las escalas, donde destaca el capítulo que el poeta dedica a la muerte de su madre, otro de los hechos de su dura vida que lo apenó enormemente. Quedando siempre lugar para otros temas (como el amor, la familia, la avaricia, la locura-cordura, la poesía, etc.) Escalas melografiadas por César Vallejo se enmarca como una lectura interesante que nos ayuda a entender mejor la figura del hoy prestigioso poeta, así como nos ofrecen un delicioso compendio de historias escritas, o melografiadas si se prefiere, con un lirismo delicioso incapaz de dejarnos en la mera indiferencia.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Fragmento de "El hospital de la transfiguración", de Stanisław Lem



Como anticipación a una reseña que debería estar al caer, les dejo uno de los fragmentos que más me ha hecho reflexionar de la primera novela del genial Stanisław Lem. De acuerdo o no con las ideas del poeta ficticio Sekułowski, tendremos que coincidir que este fragmento goza de extraordinaria calidad. El Lem médico dialoga con el Lem escritor, que mantiene luchas internas sobre qué debe y cómo debe escribir. El arte por el arte versus el arte comprometido socialmente, y la solución de Lem: la plasmación de ambos en una misma obra. Excelente.

“Stefan intentó elogiarlo, pero recibió una réplica severa:
-¡Absurdo!
[-Replicó Sekułowski-] Usted no tiene ni idea de qué está hablando. ¿Qué sabrá usted de poesías? La escritura es una maldita obligación. Aquel que asiste a la agonía de la persona más querida y, sin querer, intenta atrapar hasta el último detalle de su convulsión es un verdadero escritor. El filisteo grita: “¡Ruin!” No es ninguna vileza, señor mío, sino un auténtico suplicio. No es una profesión: uno no elige ser poeta como quien elige ser oficinista. Tan solo aquellos escritores que no escriben nada pueden vivir tranquilos. Y desde luego que los hay. Nadan en un océano de posibilidades, ¿me comprende? Para expresar una idea, primero hay que limitarla, es decir, matarla. Cada palabra que escojo me prohíbe el paso a otras distintas, cada estrofa levanta una montaña de renuncias. Y siento la necesidad de construirme un mundo seguro, artificioso sin duda. Al ver caer trozos de estuco, siento que detrás de esos fragmentos dorados se abre un abismo inefable: sin duda alguna, ahí está, pero todos los intentos por alcanzarlo cavando terminan en fracaso. Y mi miedo…
Calló y suspiró con alivio.
-Siempre tengo la sensación de que cada palabra que escriba será la última palabra. Que no podré más… Usted, por supuesto, no me entiende. No puede entenderlo. No sé cómo explicarle ese miedo. Siento que sale de mí precipitadamente como el agua por debajo de la puerta durante una inundación. No sé qué hay al otro lado de la puerta. No sé si será la última ola. No domino la potencia de las fuentes. Están tan arraigadas dentro de mí. Y usted pretende que “tome una actitud”. Estoy atado por mí mismo. Tan solo puedo ser libre viviendo en las personas sobre las que escribo, aunque tampoco sea más que una ilusión.
>>¿Para quién debo escribir? El troglodita devorador de los sesos humeantes de sus prójimos, que pintaba esas insuperables obras maestras en las cavernas utilizando su propia sangre, ya es pasado. Los geniales universalistas y los herejes chisporroteando en las hogueras de la época renacentista ya son pasado. Las hordas que intentaron domar los océanos y el viento también son pasado. Se acerca la época de los enanos acuartelados, de la música en lata, de los cascos que no dejan ver las estrellas. Y dicen que después vendrá la igualdad y la hermandad, pero ¿por qué la igualdad?, ¿por qué la libertad? ¡Si precisamente de la desigualdad surgen escenas visionarias y de la desesperación el fuego creador! ¡Si precisamente el terror puede sacar del hombre algo que valga más que el hartazgo de lo bien visto! Me niego a renunciar a esas abismales diferencias, me niego a renunciar a esas tensiones. Si de mí dependiera, dejaría los palacios, las chabolas ¡y las fortalezas!
-Me contaron –terció Stefan- que hubo un príncipe ruso dotado de una gran sensibilidad. Desde las ventanas de su palacio, situado en lo alto de un monte que dominaba el pueblo, se divisaba una vista preciosa, pero unas cuantas chozas cercanas estropeaban aquel pintoresco paisaje. Así que el príncipe ordenó quemarlas: las manchas de los machos cabríos carbonizados dieron el último toque exacto. Y por fin, consiguió el cuadro que estaba buscando.
-Con que esas tenemos… -dijo Sekułowski-. ¿Trabajamos para las masas, eh? Yo no soy ningún Mefistófeles, doctor, pero me gusta meditar las cosas. […]”

viernes, 20 de marzo de 2015

Breve resumen de todas las lecturas de invierno (del 22 de diciembre al 20 de marzo)



El invierno llega a su fin y en La Esquina de ese Círculo hacemos nuestro ya habitual recuento de lecturas cuatrimestral. Siguiendo con obras que orbitaban sobre el tema de la venganza (Las amistades peligrosas, Hamlet, Otelo, Medea, etc.) hemos ido abriendo un poco más el punta de mira, leyendo la obra de Miguel García que nos habíamos prometido leer antes del comienzo de la estación, así como algo de literatura hispanoamericana y rusa, aunque no demasiado. ¡También hemos disfrutado como unos enanos con La espada de los cincuenta años! Hemos concluido con los clásicos grecolatinos, aunque sólo momentáneamente, para centrarnos en obras más próximas en el tiempo. Ha habido varias relecturas de masterpieces. No ha caído Blandiana, pero ya caerá. Y, bueno, no quisiera extenderme mucho más, que aún tengo que ordenar todos los comentarios que he ido elaborando, con sus enlaces a reseñas, fragmentos y demás...


La venganza de Alcmeón. Un mito olvidado, de Carlos García Gual (4/5)

Con un ensayo, o más bien ensayito, del conocido helenista Carlos García Gual arrancábamos las lecturas de invierno. Como no hice reseña en su día, daré ahora los puntos claves de la obra para el que pueda interesarle. La historia de Alcmeón queda reconstruida por García Gual a partir de fragmentos conservados de tragedias perdidas de Sófocles y Eurípides, principalmente, de alusiones en otras obras de carácter épico, como en las Metamorfosis de Ovidio, y en alguno que otro poema lírico de Píndaro and company. La verdad es que esta reconstrucción tiene mucho mérito, así como también es de agradecer la buena expresión de García Gual y la ordenación de su ensayo, que permiten comprender mejor el mito. La historia de Alcmeón comienza con los hechos narrados en Los siete contra Tebas del señor Esquilo: Anfiarao, padre de Alcmeón y reconocido adivino, es inducido a combatir para liberar Tebas y devolverla a Polinices por su mujer Erifila, quien acepta de su hermano para ello un precioso collar que había pertenecido a la diosa Harmonía. Anfiarao, sabiendo que va a morir y atreviéndose a tomar venganza por sí mismo por temor, quizás, a un castigo divino, lega esta responsabilidad en su hijo Alcmeón, quien, cuando crece, acabará matando a su madre, la cual, por avaricia, vuelve a aceptar un nuevo regalo de su hermano para engañar a otro miembro de su familia, en este caso resulta ser el mismo Alcmeón. La historia de Alcmeón prosigue con su exilio, su tormento, la historia con sus dos esposas y su asesinato, consistente también en una venganza. Y aquí paro ya de hablar y paso al siguiente libro, que si no el resumen va a ser de todo menos breve.

Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos (5/5)

¡Gran elección para acabar el año 2014! Quizás sea de lo mejor que haya leído el año pasado, con su maravilloso perspectivismo, su lenguaje lleno de recursos, recargado y difícil, sin dejar de resultar bello, su historia con una complejidad considerable y sus interesantes mensajes morales. En su tiempo destaque dos cartas de las ciento setenta y algo de las que está compuesta la obra y que elegí casi al azar. También hice inmediatamente una reseña, pues me parecía que la novela "encubierta" en forma de cartas lo merecía, que pueden leer aquí.







La Orestíada, de Esquilo (3/5)

Leída el primer día del año tras un atracón de seis horas. Es la única de las trilogías clásicas trágicas que se ha conservado al completo. Muy vinculada al mito de Alcmeón y al de Edipo. Cuenta la historia de la venganza de Orestes, quien asesinó a su madre Clitemnestra, que a su vez dio muerte a su esposo y padre del héroe, Agamenón, que a su vez mató a Ifigenia, hija de ambos, en ofrenda a los dioses continuando la serie de matanzas comenzadas por Atreo, el padre de Agamenón. X mata a Z y para arreglarlo Y mata X, por lo que W se venga de Y, matándole también. En su día hice una reseña, poniendo en relación los mitos mencionados y que dejo aquí.






Medea, de Séneca (3/5)

Lo cierto es que no me ha producido el impacto que me esperaba y quizás sea culpa mía por acudir a la obra con ciertas expectativas. No obstante, ésta no es en absoluto mala, pero intenta ganar un dramatismo poco a poco que se pierde en largas intervenciones/digresiones que realiza el coro. Tiene momentos de grandísima calidad en algunos de sus monólogos, que priman frente a los diálogos, y, sobre todo, en estos mismos diálogos. La obra narra la venganza de Medea en Corinto, que se cobra la vida de Creusa, prometida de su esposo Jasón, Creonte, el padre de ésta y rey de la ciudad, y dos pequeños mozuelos, hijos tanto de Jasón como suyos. El final es especialmente potente y sólo por eso merece la pena echarle un ojo a la tragedia.



Hamlet, de William Shakespeare (5/5) (RELECTURA)

Ponerle una nota inferior sería para darme con un canto en los dientes. Gran relectura con la que vuelvo a Shakespeare por primera vez este año sin alejarme del vengativo tema central de las obras anteriores. No resumo la historia que ya todos saben, o deberían saber.











Otelo, el moro de Venecia, de William Shakespeare (5/5)

No repetiré lo mismo que en la anterior. Shakespeare es Shakespeare, pero lo es por obras como ésta y no por su nombre. En su día saqué una minireseña, disponible aquí.














La espada de los cincuenta años, de Mark Z. Danielewski (5/5)

Continuábamos enero pasando auténtico terror con la famosa obra de Danielewski: La espada de los cincuenta años. Una maravillosa obra, llena de calidad, frescura e innovación. Perfecta para que NO duermas en noches frías y solitarias. En su día hubo una reseña, creo recordar.











Y pasando ya a febrero...

Martín Zarza, de Miguel García (4/5)


Como un borracho al volante diría Ben Myers. Te hace reír y te hace llorar, reflejando el entramado humano del mundo con asombrosa perfección. Pero, todo hay que decirlo, le cuesta arrancar y eso hay que reflejarlo en la nota. Espero con ansias el segundo tomo. Reseña.










Moby Dick, de Herman Melville (5/5) (RELECTURA)

Una novela devastadora en la que la historia de una venganza da lugar a un descenso del hombre (y con él, del lector) a los infiernos, a la brutalización de la vida, la animalización del ser humano... Novela con mayúsculas y relectura más que necesaria. Por aquí les dejo la reseña que le dediqué en su día.











Cuentos de Galitzia, de Andrzej Stasiuk (4/5)

Densa obra narrativa de escasa extensión, donde se crea el microcosmos de un perdido pueblo de la profunda región fronteriza de Galitzia, donde el tiempo parece haberse detenido hace muchos años. Stasiuk mezcla elementos propios del realismo mágico con un estilo impresionista y recurre a temas llenos de espiritualidad. Reseña.








Memorias del subsuelo, de Fiodor Dostoievski (5/5)

Novela breve del maestro ruso donde desarrolla la técnica de lo que luego Bajtín llamó el "dialogismo interno". Dividida en dos partes y protagonizada por un personaje capaz de inspirarle al lector lástima y repulsión al mismo tiempo es una de las primeras obras de madurez de Dostoievski. Llena del escepticismo que nos transmiten las ideas insertas en el monumental monólogo interno del personaje, monólogo que abrirá paso a la acción con la que Dostoievski parodia al héroe romántico. Destacable es el diálogo entre el hombre del subsuelo y la prostituta Lisa en el burdel. Una de las escenas más potentes que habré leído en mi vida.

No hubo reseña en su momento y no sé si la habrá finalmente. Intentaré que sí la haya porque la obra lo merece.


Y en marzo...

Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos (4/5)

Novela en la que lo bárbaro, lo animal, lucha contra lo civilizado, lo humano, tanto a nivel social, colectivo, como moral, personal, con el escenario de fondo de las grandes llanuras venezolanas a las cuales viajó el autor, el conocidísimo y reconocidísimo Rómulo Gallegos para recoger información con la que luego pudiera escribir esta que fue su obra más famosa, una compleja novela en la que la tensión entre el amor y el odio, lo correctamente legal y lo violentamente ilegal, las pasiones y la frialdad, estructura un todo en su conjunto, de extraordinaria calidad. Adictiva como ninguna. No se gana la máxima nota por la ingenuidad que muestran alguna de las resoluciones de los personajes, que pasan, muchas veces, de un estado anímico a otro en un suspiro. Apareció una reseña a comienzos de semana que les dejo aquí.


El curioso caso de Benjamin Button, de Francis Scott Fitzgerald (4/5)

Una carcajada de Fitzgerald es lo que tenemos aquí. Un breve y divertido relato que se lee en un par de horas a lo sumo. Ingenioso e irónico, fantástico y encantador. Una pequeña joyita.
Muy recomendable.











El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald (5/5) (RELECTURA)

El cuerpo pide más Fitzgerald. En este caso una relectura. Ya hubo reseña en julio, si bien es verdad que ahora podría añadir muchas más cosas. Lástima que vaya con el tiempo tan apurado. Lo que si que dejé por aquí, hace no mucho, fueron  un par de fragmentos, que me parecieron bastante destacables.











El crimen de lord Arthur Savile, de Oscar Wilde (3/5)

Interesante relato sobre la sugestión mental y la creencia ciega en la superstición con el sarcástico tinte que Wilde le sabe dar a sus obras. Lord Arthur es un joven que va a casarse en un par de días cuando decide que es conveniente que un quiromante de gran prestigio, el señor Podgers, le lea la mano para averiguar su futuro. Cuando el especialista vislumbra la presencia de un asesinato en la vida de Lord Arthur que él mismo cometerá, éste ya no parará hasta deshacerse de la persona conocida que menos le importe emocionalmente con el fin de quitarse esa carga de encima.





Los cuentos de Canterbury, de Chaucer (3,5/5) (CASI TERMINADA)

Cuando escribo esto me quedan apenas un par de cuentos para terminar, por lo que sólo puedo hacer una valoración de lo que he leído. Como toda antología tiene cuentos mejores y peores, buenos y no tan buenos. Su importancia histórica no deberían suponer un problema para su valoración crítica. Es un buen libro, a pesar de resultar plano en muchas ocasiones. Uno siente en él la herencia del mundo medieval y el rescate del mundo antiguo. Cómo ambos se mezclan, de forma que podamos imaginar a Teseo vestido como un cruzado y organizando torneos de caballería. Luego queda el lado picante de sus otros muchos cuentos, como los del molinero, el carpintero o la comadre de Barth. También hay cuentos con cierta espiritualidad religiosa. Los cuentos de Canterbury se estructuran como un conjunto de voces que hablan cada una una lengua distinta, que, sin embargo, todos entendemos, porque en la vida el conjunto de emociones y facetas de las personas es un enorme abanico desplegado, podría decirse que inabarcable en su totalidad. 

No hay reseña y, como  no creo que la haga, por eso me explayo un pelín más.



Dicho esto, los PROPÓSITOS PARA PRIMAVERA son:

*Leer más literatura polaca: Acabo de descubrir un universo literario que se me escapaba hasta ahora y que puede resultar muy interesante. Krasinski, Bruno Schulz y Stanislaw Lem pueden ser autores interesantes para empezar.
*Continuar leyendo narrativa hispanoamericana (y lírica): ¡Sí, lírica! No me he vuelto loco, señores prosistas. O eso creo. El caso es que he pillado una antología de poesía hispanoamericana de mediados de s. XX y le he pillado el gustillo a eso de leer un poema sí y luego otro entre que se cuece el arroz o se me fríen las patatas. Uno también puede entrar en una esfera de misticismo en los momentos más cotidianos de su vida. No siendo muy negativos, al menos Trilce de César Vallejo debería caer. No prometo si haré reseña o no. Mis conocimientos sobre poesía no me dan para tanto. 
Sobre la prosa, decir que se pretenderá leer Ficciones de Borges (además, dentro de poco), Todos los fuegos el fuego, del señor Cortázar, Pedro Páramo, de Juan Rulfo, Crónica de una muerte anunciada, que vendría a ser como una relectura de Márquez, Boquitas pintadas de Manuel Puig y, si me da tiempo, leer alguna novela del indigenismo de Ciro Alegría o Manuel Scorza, ambos escritores peruanos.
*Alguna epopeya medieval: Sería una especie de intento de compensar mi falta de conocimientos acerca de esta época literaria. Ya estamos terminando con Los cuentos de Canterbury, pero eso entra ya en el Renacimiento más bien. Había pensado  en El cantar de Roldán, por ser universalmente conocido. También me servirá para entender qué se parodia en el Quijote, cuando este verano decida meterle caña a Cervantes.
*Todo va bien, de Sócrates Adams: Algo muy gordo tiene que pasar esta primavera para no lea y reseñe este libro.
*Viajar al fin de la noche con Céline: Una recomendación/invitación que no puedo declinar. Uno, porque estaría feo. Dos, porque verdaderamente siento curiosidad. No sé nada de la obra y casi que prefiero afrontarla de esa forma, en un conflicto directo. A la espera de una sorpresa. De una sorpresa agradable.

Y bueno, creo que eso son todos mis propósitos. Creo que he invertido mucho tiempo escribiendo esto. ¡Sean felices! ¡Lean mucho! ¡Y salgan! ¡Disfruten del buen tiempo (cuando empiece a hacerlo)! ¡Es primavera, leñe!


jueves, 19 de marzo de 2015

Fragmento de "El Rodaballo" de Günter Grass a propósito del Día del Padre




Hace tiempo ya que leí la gran obra de Günter Grass que es El Rodaballo, novela extensa y controvertida que creo que nunca dejaré de recomendar. En dicha novela hay un capítulo bastante amplio que tiene por título El Día del Padre. Puede que quizás tenga poco que ver con la concepción paterna que yo o que tú, lector, puedas, podamos, tener y quizás el tema de la paternidad sea en dicho capítulo lo menos importante. No volveré a resumir la novela, ya hablé de ella aquí, y escribí una reseña aquí. También hay otro fragmento por aquí. El caso es que El Día del Padre en concreto es quizás el mejor capítulo de la obra por su dramatismo, dureza, desarrollo asombroso de la psique de los personajes, brillantez del lenguaje empleado, etc. Y lo más interesante es que es el que menos tiene que ver (o al menos, el que parece tener menor relación) con el eje argumental central de la novela. Es por eso, que se puede leer perfectamente sin necesidad de tragarte las 470  páginas previas. Eso sí, si no lees esas 470 páginas, quizás no te cause el mismo impacto. O quizás sí. Eso es algo que ya no puedo comprobar. En esas 470 geniales páginas (¡paginazas!) se establece la dicotomía histórica entre hombres y mujeres, donde los varones salimos ganando sólo si los varemos son la crueldad, la ineptitud, la avaricia y qué sé yo que más, pero nada bueno, en principio. Las mujeres se van enmarcando como heroínas históricas, necesarias. En este capítulo de El Día del Padre también tenemos a una heroína, Sibylle, que asume el rol de víctima social anónima de una sociedad llena de incongruencias que lleva a una violencia no controlada. El Día del Padre se concibe como un desmontaje de las tesis dibujadas por Grass en las 470 páginas anteriores, donde la salvación no quedará ni en el hombre, ni en la mujer, ni en uno mismo. Es la pérdida de la fe en los valores humanos de la forma más nihilista que jamás haya podido concebirse. Brutal.

Para no dejar este apunte cojo, dejo abajo el inicio del capítulo según la traducción de Miguel Sáenz de 1982 con la esperanza de despertar en el que lo lea, si lo lee alguien, el deseo de echarle un ojo tarde o temprano.

“El Día de la Ascensión, que es fiesta, celebramos el Día del Padre. Muchos hombres, enjutos (sostenidos sólo por tendones) y gordos (acolchados ya contra todo), hombres con arrugas de tanto reírse, con cicatrices, apergaminados, cuadrados, cargados con el peso de lo que les cuelga, todo un pueblo de hombres, sólo de hombres, se marcha al campo: en carricoches engalanados con guirnaldas, en bicicletas con banderolas, encuadrados en las filas de sus clubs, subidos en coches tirados por caballos o en automóviles de modelos viejos y nuevos.
Ya de mañana se ponen en movimiento las hordas acervezadas, apretujándose en los vagones del metro y del tren. Los autobuses de dos pisos llevan cargamentos de hombres que cantan. Adolescentes que se desplazan en moto en manadas: encuerados de negro y envueltos en su propio ruido. También hay solitarios decididos que van a pie. Veteranos de las últimas guerras, equipos desencadenados de las fábricas Borsig y Siemens, los señores del servicio municipal de aguas, basureros, conductores de camión, funcionarios de ventanilla, la directiva de la casa Schering, comités de empresa en pleno, los socios de “Hertha” o del “Tasmania”, clubs de bolos y cajas de ahorros, jugadores de skat y coleccionistas de sellos, jubilados amargados, padres de familia exhaustos, horteras y aprendices llenos de granos, hombres, sólo hombres que quieren estar solos, sin Illsebills [nombre de la mujer del narrador y co-protagonista de la novela], libres de faldas y de rulos, dejar el pecho, salir del coño, librarse de los calcetines de punto, del lavado de platos, del pelo en la sopa, estar a sus anchas en el campo, ir a Tegel y al Wannsee, a Teufelsberg y a Krumme Lanke, a Britz y a Lübars; quieren instalarse a orillas de los lagos de Grunewald, con botellas y bocadillos, cencerros y trompetas, a cuadros y a rayas, al aire libre y en el campo; quieren sobre alfombras de musgo, entre árboles y sobre agujas de pino o, con traseros fondones por la cerveza, sentarse en sillas de jardín plegables, correrse la gran juerga, ser señores, grandes señores y librarse del cordón umbilical materno.

Y el Día del Padre, que cae en el día de la Ascensión, también Sibylle Miehlau quiso celebrar el Día del Padre: ¡sin falta! Sus amigas, que se llamaban Fränki, Siggi y Maxi, la llamaban Billy o Bill. Las cuatro se creían diferentes y lo eran, aunque las cuatro podían ser también diferentes de diferentes, como sé yo muy bien; porque a principios de los años cincuenta, Sibylle y yo pensamos en casarnos: grandes planes, estábamos prometidos. Hay fotos: los dos en la plaza de San Marcos y bajo la torre Eiffel. Sobre los blancos acantilados de la isla de Rügen. Mejilla contra mejilla. De la mano. Hacíamos una buena pareja. En todas las posiciones. Y nuestro hijo…
Billy –lo afirmo todavía hoy- era una mujer con clase. Había terminado sus estudios de Derecho. Todos los hombres estaban locos por ella. Pasaba por vampiresa y llevaba tacones de aguja. Ligaba y era ligada. Por eso no cuajó nuestro matrimonio, lo que los dos lamentamos; porque Sibylle tenía una veta de ama de casa que, incluso luego, cuando se había decidido ya a ser distinta, se manifestó activamente: se llevó al Maxi (con su saco de marinero lleno de zarrias) a su casa, que en realidad había sido ya nuestra casa: con cuarto de niños y cama de matrimonio. 
El Maxi, lisa y frágil, tenía el aspecto de un chico con el mes, mientras que Sibylle tenía las proporciones de una pin-up: tipo de barras y estrellas. También Siggi y Fränki vivían juntas, pero en una relación más libre, siempre a la caza e inquietas como sementales de tres años. Eran, a pesar de todos sus aires masculinos –siempre con pantalones, voces que salían del sótano- cuatro chicas listas y normalmente exaltadas que, por ahber tropezado con demasiada frecuencia con jovenzuelos estúpidos o con pelmazos (como yo), se habían refugiado en su propio sexo. Ahora querían ser diferentes, diferentes como fuera. Sin embargo, hubiera podido tirarme a cualquiera de ellas. Y con Sibylle, en líneas generales, lo había pasado muy bien en la cama. Y a la fría Siggi me la había trajinado de una forma totalmente normal, sin que se quejara luego. Y también al Maxi, cuando empezó con Billy sus relamidas relaciones, me la cepillé como de pasada. Sólo Fränki, son su temperamento de carretero, no me llamó nunca la atención.
En cualquier caso, las cuatro empezaron un día a decir chorradas: “Ya está bien. Qué asco. Esos modales no nos convencen. Nosotras estamos acostumbradas a otra cosa. Sólo queréis meterla, sacarla y ya está. Búscate otra. Lo sentimos. Somos diferentes. Está bien: nos hemos vuelto diferentes. Lo de antes no cuenta. Había que superarlo, y de forma consecuente. Sin embargo, podemos seguir siendo amigos. Déjate caer por aquí alguna vez, para tomar una copa o lo que sea.””

Y aquí paro. Primero para que no me tachéis de misógino o machista por subir esto, pues es ficción y parte de una obra que contiende muchos momentos en los que se defiende justo lo contrario. De hecho, el contraste que se genera entre estas páginas y las anteriores es asombroso. No quiero contar más. Podría debatirse mil cosas sobre este fragmento, diez mil sobre el capítulo, cuyo tema central ni se asoma en este primer par de páginas. No hay esperanza de salvación para Grass: ni en la integridad, ni en la diferencia, ni en ser hombre o mujer, ni en uno mismo siquiera. El discurso nihilista más absoluto. El término “fe” queda extinguido de su diccionario. ¿Quizás también del de gran parte de los seres humanos que constituyen las sociedades contemporáneas? O quizás el escéptico soy sólo yo. ¡Qué más da!

lunes, 16 de marzo de 2015

Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos

Un constructo derivado de la tensión entre el amor y el odio, el hombre y la bestia…




Hace ya varios días que terminé Doña Bárbara, una de las obras más representativas del continente americano de la primera mitad del siglo XX y que fue escrita por un intelectual que, además de contribuir a la conciencia ciudadana con su obra, se implicó socialmente con la situación de Venezuela, su país natal, su tierra, de manera personal como activista primero, crítico con el régimen dictatorial y militar de Juan Vicente Gómez, y como político después, llegando a ser el primer presidente de la república venezolana elegido de manera democrática por el pueblo en unas elecciones, a pesar de no durar mucho en el gobierno debido a un nuevo golpe de Estado. De hecho, se le tiene especial aprecio en su país y su figura se dibuja como una leyenda.

Doña Bárbara no está exenta de las ideas que le preocuparon durante toda la vida, aquellas que quería realizar en su país. Es al mismo tiempo un canto a la nación, una especie de epopeya del llanero venezolano y un manifiesto político encubierto. Todo, sin abandonar un ápice el ámbito de lo más estrictamente literario, sin moverse de las características claves de una novela típicamente regionalista, muy en boga en la época en el conjunto de literaturas hispanoamericanas de la época. La novela es costumbrista en su tratamiento de los temas, la elección del escenario, su construcción de los personajes y su estructura, que sigue el clásico esquema aristotélico de un planteamiento seguido de un nudo y rematado con un desenlace. Hay una historia central, pero Gallegos no escatimará en dedicar varios capítulos a exponer a los lectores, presupuestalmente ajenos a ese mundo y normalmente europeo, las costumbres de los vaqueros de los llanos con interés particular y sumo detalle. El llanero queda retratado como un ser que cabalga sin ley por un mar donde todo vale. Las pasiones están fuertemente presentes en él. Puede ser fiel o traidor, pero será siempre el más fiel o el más traidor. No hay puntos medios en él. No le importa ser un asesino cuando cree que matar equivale a ejecutar justicia o a obtener un beneficio que bien puede ser una tierra que reclama para sí, el amor de una mujer o un potro perdido dudosamente marcado. Su simpleza lo lleva al extremo y a la vida precaria, cercada de peligros, donde cualquier comentario desafortunado, cualquier despiste o cualquier tropiezo pueden llevarle a su fin más inmediato. En esta atmósfera de bestialidad, invernadero de caciquismos, que Gallegos dice, sutilmente, aunque lo dice, es fomentada por un presidente de la república bastante sinvergüenza que piensa sólo en el mantenimiento de su trono a través del apoyo de poderosas amistades, se desarrolla la trama. 

La introducción de Santos Luzardo, auténtico protagonista de la obra, en este mundo de violencia llevará a una primera tensión. Pues Luzardo se sentirá como un cuerdo rodeado de locos. Su educación en la ciudad de Caracas, en la prestigiosa facultad de Derecho, le ha llenado la cabeza de ideas sobre la bondad de la civilización, la necesidad de las leyes y del progreso social y cultural para mejorar verdaderamente a las personas a nivel individual y a la nación a nivel colectivo, y quizás también, por qué no, al resto de Latinoamérica, sumida, por lo general, en aquellos tiempos, en situaciones similares. Santos Luzardo regresa a la finca en la que nació, a Altamira, en el cajón del Arauca, en el Llano, para despedir a su mayordomo Balbino Paiba, que había estado malvendiendo sin su  consentimiento los terrenos familiares a su vecina, la temible cacica Doña Bárbara, contra la cual planea también tomar medidas legales para impedir que se repita lo sucedido con posterioridad. No obstante, pronto descubrirá que su deber es quedarse; algo místico, podemos decir, le empuja a ello. Siente que no puede vender la tierra, siente que debe llevar la justicia al llano y hacer que la civilización se imponga sobre la barbarie, que la humanidad domeñe a lo animal del hombre de campo. Esta lucha, entre Luzardo, sus fieles peones de Altamira, que, al principio dudarán de él y luego no podrán no dar sus vidas por él cuando la ocasión se preste, contra el malévolo círculo de Doña Bárbara y sus amistades, la mayoría, peones suyos de la finca de El Miedo, constituirá el eje central de la obra.

Bajo este eje central Gallegos desarrollará la historia de un curioso triángulo amoroso entre Santos Luzardo, Doña Bárbara y Marisela, la hija repudiada de la cacica con Lorenzo Barquero, un hombre acabado que vaga en la inconsciencia del alcoholismo desde hace días, esperando su pronta muerte. Si bien Marisela vive en un estado de barbarie, no tarda en cambiar de acera, en el sentido de que se desliza de ésta a lo civilizatorio, a lo luminoso y edificante. La transformación se produce en un momento específico, cuando Santos Luzardo le lava la cara. Es una escena muy parecida al bautismo cristiano. Marisela halla la salvación en ese hombre de ciudad que es su primo, que la rescata de la miseria y del que no tarda casi nada en enamorarse. Santos Luzardo también muestra especial interés en ella: la viste galantemente, le enseña a leer, la educa como a las damas de ciudad, con elegancia, le dice cómo debe hablar, cómo expresarse, qué palabras evitar, etc. Quizás sí que hay en él un desarrollo de ese amor que puede apreciarse de forma más palpable. Marisela es el ejemplo individual de cómo una persona puede dejar su pasado inculto y educarse conforme a las ideas de Luzardo, quizás también las de Gallegos. Con respecto a Doña Bárbara, el amor nace en un intento propio de expurgar los pecados de un alma, en un deseo íntimo de comenzar una nueva vida. Su idea de amor deriva del respeto que le inspira la figura de Luzardo, quien, a través de la misma ley propugnada por Doña Bárbara con la cual le ha arrebatado vilmente reses y tierras, ha sabido darle la vuelta a la tortilla a la situación y poner en su sitio a la cacica. Halla, pues, en su vecino una inteligencia y una nobleza que despiertan su admiración, una admiración que desemboca en el deseo y en los celos contra su propia hija. No obstante, se planteará a sí misma la posibilidad de ser mejor persona, de entregar sus obras y conseguir así que Luzardo la valore positivamente. El odio y el amor para con Santos Luzardo se mezcla de manera asombrosa en el personaje de Doña Bárbara, siendo la construcción del mismo personaje ya algo digno de alabanza en el escritor, debido a la enorme dificultad que eso conlleva. 

Otro detalle que no he mencionado a tener mucho en cuenta es el léxico empleado, la manera de hablar de los personajes y los controvertidos vocabularios típicos de la época y del género. Gallegos emplea un español para el narrador que difiere considerablemente del que emplean sus personajes de la obra. Mientras que el narrador usa un lenguaje neutro, los personajes son retratados de forma realista y su forma de hablar no es maquillada. Se aprecian las riquezas de las hablas populares y los dialectismos y regionalismos. Cada término que Gallegos considera que puede resultar difícil para un lector de español exterior al Llano, y sobretodo exterior a Venezuela, es definido por él mismo a pie de página para facilitar la tarea de la lectura. Es una visión paternalista que se proyecta sobre el lector, que debe de ser ayudado para comprender la integridad de la obra. La edición de Austral que me he leído continúa la tradición de los vocabularios de Gallegos añadiendo casi doscientas definiciones más. Cosas como éstas te hacen replantearte la riqueza de nuestra lengua y el desconocimiento que tenemos en muchos aspectos de la misma, tema en el que no entraré, pero que daría para un curioso debate.

Creo que ya he dicho todo lo que quería decir, quizás no es necesario que me detenga más en esta reseña. En conclusión diré que me ha gustado mucho por todo lo expuesto, a pesar de la ingenuidad y la poca verosímil transición de un estado a otro que se perpetra en algunos de los personajes, así como el hecho relativo de que muchos resulten planos. No obstante, repito, es muy buena novela, adictiva como pocas, y merece ser leída, como casi toda las que se reseñan por aquí.