martes, 17 de septiembre de 2013

Fragmento de Superviviente, de Chuck Palahniuk

Fragmento de Superviviente, de Chuck Palahniuk

  

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Esta noche las llamadas llegan como cada noche. Fuera hay luna llena. La gente está dispuesta a morir por las notas del colegio. Por las riñas familiares. Por problemas con el novio. Por lo cutre que es su trabajo. Todo mientras intento preparar un par de costillas de cordero robadas.

   La gente hace llamadas interurbanas y la operadora me pregunta si acepto una llamada a cobro revertido de no sé qué fulano.

   Esta noche ensayo una forma nueva de comer salmón en croûte, un gesto de muñeca de lo más sexy, un floreo de nada con la que la gente para la que trabajo pueda impresionar al resto de invitados en la próxima cena. Un truco de sobremesa. Viene a ser el equivalente en etiqueta a los bailes de salón. Ahora estoy perfeccionando una técnica muy vistoza para meterse las cebolletas con crema en la boca. Casi tengo dominada la técnica de rebañar toda la crema de salvia cuando de nuevo suena el teléfono.

   Llama un tío para decir que va a suspender segundo de álgebra.

   Para no perder la práctica, le digo que se suicide.

   Llama una mujer y me cuenta que sus hijos no se comportan.

   Sin que me tiemble el pulso le digo que se suicide.

   Llama un hombre para decir que su coche no arranca.

   Suicídate.

   Llama una mujer para preguntar a qué hora empieza la sesión de noche.

   Suicídate.

   Ella pregunta:

   -¿No es éste el 555 1327? ¿Es el multicine Moorehouse?

   Yo le digo: suicídate. Suicídate. Suicídate.

    Llama una chica y pregunta:

    -¿Duele mucho morirse?

   Pues sí, cariño, le digo, pero más duele seguir viviendo.

   -Era curiosidad -me dice-. La semana pasada se suicidó mi hermano.

   Ésta tiene que ser Fertility Hollis. Le pregunto qué edad tenía su hermano.

   -Veinticuatro -me dice, sin llorar ni nada. Ni siquiera suena muy triste.

   Su voz me hace pensar en su respiración me hace pensar en sus pechos.

   Epístola I a los Corintios, capítulo sexto, versículo dieciocho:

   "Huid de la fornicación..., el que fornica peca contra su propio cuerpo."

   En esta voz mía, nueva, más profunda, le pregunto cómo se siente.

   -Pues en lo que a oportunidad se refiere -dice-, no llego a decidirme. El semestre de primavera se acaba, y mi trabajo me da cien patadas. Se me acaba el contrato del apartamento. La ITV del coche expira la semana que viene. Si lo hago alguna vez, éste no sería mal momento para suicidarse.

   Hay muchos motivos para vivir, le digo, y ruego por que no me pida una lista. Le pregunto si no hay nadie que comparta su dolor por lo de su hermano. ¿Algún antiguo amigo de su hermano que le ayude a serenarse ante esta tragedia?

   -Pues no.

   Le pregunto si  no hay nadie que vaya a la tumba de su hermano.

   -No.

   Le pregunto si de verdad nadie. ¿Nadie le lleva flores a su tumba? ¿Ni un solo amigo?

   -No.

   Desde luego, causé sensación.

   -No -dice-. Espera. Sí que había un tío raro.

   Genial. Ahora soy raro.

   Le pregunto qué quiere decir con lo de raro.

   -¿Recuerdas a la gente de aquella secta que se suicidaron todos? -me dice-.Fue hace siete u ocho años. Toda la gente de la ciudad que fundaron se reunió en la iglesia y bebió veneno, y el FBI se los encontró muertos en el suelo y cogidos de las manos. Ese tío me los recordó. No tanto la ropa de capullo que llevaba, pero tenía el pelo como si se lo cortara él mismo con los ojos cerrados.

   Fue hace diez años, y lo único que quiero ahora es colgar.

   II Paralipómenos, capítulo veintiuno, versículo diecinueve:

   "... se le salieron a Joram las entrañas..."

   -Hola -dice-. ¿Sigues ahí?

   Sí, le digo, ¿qué más?

   -Nada más -dice.-. Estaba frente a la cripta de mi hermano con un gran ramo de flores.

   Lo ves, le digo. Ése es el tipo de persona a la que tienes que acudir en época de crisis.

   -No creo -me dice.

   ¿Estás casada?, pregunto yo.

   -No.

   ¿Sales con alguien?

   -No.

   Pues entonces intenta conocer a ese tipo, le digo. Dejad que la pérdida común os acerque el uno al otro. Éste podría ser el romance de tu vida.

   -No creo -dice-. Para empezar, tú no lo has visto. A ver, siempre me pregunté si mi hermano no sería homosexual, y el rarito ese con las flores ha confirmado mis sospechas. Además, tampoco era muy atractivo.

   Libro de la Lamentaciones, capítulo segundo, versículo once:

   "...Mis entrañas hierven, derrámese en tierra mi hígado..."

   Yo le digo que si se hiciera un buen corte de pelo... Podrías ayudarle. Pulirlo un poco.

   -No creo -dice-. El tío es feo pero a rabiar. Tiene un corte de pelo horrible, con dos patillas que le llegan casi hasta la boca. No es como cuando los tíos usan el vello facial como las mujeres el maquillaje, sabes, para ocultar que tienen papada o que no tienen pómulos. Ese tío no tiene un rasgo decente que pulir. Está eso, y luego que es marica.

   Primera Epístola a los Corintios, capítulo once, versículo catorce:

   "¿Y no os enseña la misma naturaleza que el varón se afrenta si se deja crecer su caballera?"

    Le digo que no tiene pruebas de que sea sodomita.

    -¿Qué pruebas te hacen falta?

   Le digo que le pregunte. ¿Tiene que verlo alguna otra vez?

   -Bueno -dice-. le dije que le vería frente a la cripta la semana que viene, pero no sé. No era en serio. La verdad es que casi lo dije para quitármelo de encima. Era tan mísero y tan patético... Me estuvo siguiendo por el mausoleo una hora entera.

    Pero aún así tendrás que verle, le digo. Se lo has prometido. Piensa en tu pobre hermano, en Trevor. ¿Qué pensaría Trevor si ella dejase tirado a su único amigo?

   Ella pregunta:

   -¿Cómo sabes su nombre?

   ¿El nombre de quién?

   -De mi hermano Trevor. Has dicho su m¡nombre.

   Lo habrás dicho tú primero, le digo. Lo has dicho hace nada. Trevor. Veinticuatro años. Se suicidó la semana pasada. Homosexual. Puede. Tenía un amante secreto que te necesita desesperadamente para llorar en tu hombro.

   -¿Con todo eso te has quedado? Sí que sabes escuchar -dice ella-. Estoy impresionada. ¿Qué aspecto tienes tú?

   Feo, le digo. Repulsivo. Pelo feo. Feo pasado. No te gustaría una pizca.

   Le pregunto sobre el amigo, quizás amante, o viudo, de su hermano: ¿piensa volver a verlo la semana que viene, como le prometió?

   -No sé -me dice-. Puede. Quedaré con el bobo ese si ahora tú haces algo por mí.

   Pero recuerda, le digo. Tienes la oportunidad de marcar una profunda diferencia en la soledad de otra persona. Tienes una magnífica oportunidad de aportar amor y cariño a un hombre que necesita desesperadamente de tu amor.

   -A la mierda el amor -dice, y su voz cae para unirse a la mía-. Di algo que me ponga cachonda.

   No sé de qué habla.

   -Sí que sabes de qué hablo.

   Génesis, capítulo tercero, versículo doce:

   "... la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí."

   Oye, le digo. No estoy solo. Tengo alrededor a un montón de abnegados volutarios dando lo mejor de sí.

   -Venga -dice ella-. Chúpame las tetas.

   Le digo que se está aprovechando de mi naturaleza de por sí amable y abnegada. Le digo que tendré que colgar.

   Ella dice:

   -Cómeme entera.

   Le digo que voy a colgar.

   -Más fuerte -dice ella-. Dame más fuerte. Más fuerte, fóllame más fuerte.

   Se ríe y dice:

   -Chúpame. Chúpame. Chúpame. Chupa. Me.

   Le digo que voy a colgar. Pero no cuelgo.

   -Sabes que lo deseas. Dime qué es lo que quieres que haga. Sabes que quieres. Hazme hacer algo terrible.

   Y antes de que me la pueda sacar, Fertility Hollis lanza un aullido entrecortado de reina del porno del orgasmo.

   Y cuelgo.

   I Timoteo, capítulo cinco, versículo quince:

   "Porque algunas ya se han extraviado en pos de Satanás."

   Me siento impuro y usada, sucio y humillado. Sucio y burlado y descartado.

   Y suena el teléfono. Es ella. Tiene que ser ella, así que no cojo el teléfono.

   Durante toda la noche el teléfono suena, y yo me quedo sentado y me siento engañado y no me atrevo a cogerlo.

SUPERVIVIENTE, Chuck Palahniuk

Más textos del autor en este blog:

Fragmento de Monstruos Invisibles, de Chuck Palahniuk

Y sobre el tema del suicidio en la actualidad, ahí va la canción quizás más alegre y despreocupada sobre este tema:

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Fragmento de Monstruos invisibles, de Chuck Palahniuk

Fragmento de Monstruos Invisibles, de Chuck Palahniuk


   No hay coches aparcados en los alrededores del Seattle Center; la gente está en casa viendo la televisión, o siendo televisión en el caso de los que crean en Dios.

   -Quiero enseñaros dónde terminó el futuro -dice Seth-. Quiero que seamos de los que eligen el viaje.

   Según Seth, el futuro terminó en 1962, en la Feria Mundial de Seattle. Ahí termina todo lo que debíamos heredar: el hombre llegó a la luna en esa década del milagro del amianto, de la energía nuclear y el combustible fósil; la era espacial, cuando podías subir a visitar el apartamento-platillo volante de los Supersónicos y montarte en el monorraíl para ir al centro de la ciudad y comprarte una gorrita de moda, de esas tan divertidas.

   Todas las esperanzas, investigaciones, ciencia y glamour están ahora en ruinas:

   El Space Needle.

   El Centro de la ciencia, con sus cúpulas caladas y sus globos colgando.

   El monorraíl, que pasa como un rayo cubierto de aluminio pulido.

   Así es como se suponía que iban a ser nuestras vidas.

   Vayamos. Hagamos el viaje, dice Seth. Se os romperá el corazón, porque los Supersónicos, con su criada robot, Rosie, y sus coches voladores y sus camas tostadoras que te tiran al suelo por la mañana, es como si le hubiesen subarrendado el Space Needle a los Picapiedra.

   -Os acordáis, ¿verdad? -dice Seth-. De Pedro y Vilma. El cubo de la basura es un cerdo que vive debajo del fregadero. Y los muebles están hechos con huesos y piedras, y las lámparas son de piel de tigre. La aspiradora de Vilma es un bebé elefante. Su hijita se llama Pebbles.

   Aquí estaba nuestro futuro de comida de queso y aerosoles, de polietileno y Club Med en la luna, de rosbif servido en un tubo de pasta de dientes.

   -El Tang -dice Seth-, el desayuno de los astronautas. Y ahora la gente viene aquí con sandalias de cuero hechas por ellos mismos. Sus hijos se llaman Jonás o Moisés, como en el Antiguo Testamento. Las lentejas son como de otro mundo.

   Seth sorbe los mocos y se seca las lágrimas de los ojos con una mano. Es el Estrace. Debe de estar poniéndose premenstrual.

   -La gente que ahora va al Space Needle tiene puestas las lentejas en remojo en casa y pasea entre las ruinas del futuro como los bárbaros cuando encontraron las ruinas griegas y pensaron que seguramente las había construido Dios.

   Seth aparca bajo una de las tres patas del Space Needle. Salimos y miramos las patas que suben hasta el Space Needle, el restaurante de abajo, el de arriba que gira, y la terraza mirador en lo alto. Luego las estrellas.

MONSTRUOS INVISIBLES,Chuck Palanhuik