sábado, 13 de enero de 2018

Un dios salvaje, de Yasmina Reza




Quería volver a Yasmina Reza después del breve, pero satisfactorio cotacto que había tenido el mes pasado con su obra tras la lectura de En el trineo de Schopenhauer, un relato largo/novela muy corta en la que había muchos componentes del lenguaje teatral. Reza es una reconocida dramaturga y Un dios salvaje es, sin duda, su obra más laureada. En ella asistimos a una batalla campal entre dos matrimonios que tratan de resolver con civismo y sin éxito una violenta disputa que habrían tenido sus hijos un par de días atrás. 

Alain y Anette Reillé acuden a la casa de Veronique y Michel Houillé porque Ferdinand, el hijo de los primeros, le ha sacado dos dientes y medio de un palazo a Bruno, el vástago de los segundos, y va a ser denunciado si no es capaz de disculparse con el corazón en la mano. Veronique piensa que el perdón sólo se obtendrá si es lo más sincero posible, pero Alain no está dispuesto a que su hijo se humille de esa forma; para él el mundo está regido por un dios salvaje y la violencia es una forma de expresar quién es más fuerte. Alain califica la acción de su hijo como una mera chiquillada a la que no hay que darle importancia, pero Veronique es un persona que se cree comprometida con la evolución social y que piensa que en la agresión queda claro quién es la víctima y quién el verdugo. Entre medias tenemos a un condescendiente Michel que detesta la hipocresía de su esposa y que trata de agraciarse con el triste Alain al tiempo que desea partirle la cara a puñetazos y a una sufridora Anette, que está harta del dominio que tiene su marido sobre ella cuando no es capaz de preocuparse lo más mínimo por los asuntos más complicados de la familia. Alain es un empresario que ha metido la cabeza en el turbio negocio de la venta de fármacos nocivos para la salud a gran escala y que, durante toda la obra, está hablando por teléfono para dejar clara su postura de tapar todos los huecos ante las posibles amenazas de demanda por miles de damnificados. Uno de ellos la inocente madre de Michel con más de setenta años. 

Un dios salvaje es una comedia acidísima en un único acto donde se pone de relieve que, a pesar de todo el avance de la civilización, nuestro cerebro de homo sapiens sapiens se ha mantenido sin alteraciones y que los sentimientos que nos permitieron sobrevivir hace miles de años son los que en definitiva siguen funcionando, todo lo demás es hipocresía y maquillaje. Veronique es una escritora que trabaja temas relacionados con las penurias de los países africanos y que se siente mejor que nadie por denunciar la injusticia del mundo. Esta vanidad le lleva a creer que tiene razón en todo y a juzgar precipitadamente a todo aquel que le rodea, colocándolo siempre un escalón o dos por debajo de donde ella está. Esto le permite a Reza crear un personaje como Michel, un hombre sumiso y temeroso, cuya única finalidad es agradar y que se siente confuso en toda la obra por no saber a quién tiene que darle la razón. Michel adquiere también algunos valores hipócritas, pues a pleno capricho exige para Ferdinand unas disculpas sinceras a su hijo por la paliza cuando él no es capaz de dárselas a su hija por haber abandonado/asesinado al diminuto y frágil hámster de ésta. Anette, por el contrario, es una mujer sometida a una presión insoportable al sentirse culpable del desastre que la rodea, ya que Alain, que dedica toda su vida al trabajo, se desentiende de todos los asuntos que tienen que ver con su familia y sólo abre la boca para recriminarle lo mal que está llevándolo todo.

En Un dios salvaje están los miedos y la lucha por el poder que han servido para perpetuar la especie desde que ésta existe y se levantan como un muro insalvable para todos los propósitos de compromiso social y progreso que se plantean para la sociedad de hoy. Explica el fracaso de las ideas integradoras, de la equidad y del respeto en la premisa insoslayable de que la sociedad hasta el día de hoy sólo ha sabido avanzar a partir del odio y que pedir cualquier otra cosa a nuestras mentes es forzar demasiado la máquina, a veces con escusas y mentiras que no llegamos a creernos del todo. Una visión como la que Reza muestra aquí es sumamente desconcertante, cruda y desesperanzadora con una humanidad que no ha mejorado, sino sólo progresado en un camino para permitir la supervivencia de los más preparados, eliminando o dejando de lado a los más vulnerables. Se borra también toda esperanza de posible mejora y se refuerza la idea de un mundo asqueado que ha tenido que perfumarse a sí mismo para poder seguir progresando en la misma línea que ha mantenido siempre. Con momentos de tensión brutales, Un dios salvaje se convierte en un drama más que recomendable para cualquiera que busque reflexionar sobre la naturaleza humana y sus estragos. 

Más reseñas de obras de Yasmina Reza en esta esquina: En el trineo de Schopenhauer,


miércoles, 10 de enero de 2018

El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares




Emilio Gauna es obrero en un taller de Buenos Aires a finales de los años 1920s que sobrevive como buenamente puede compartiendo cuarto con su mejor amigo Larsen y que es aficionado al fútbol, al mate y a las carreras de caballos. Siente especial predilección por el juego y, gracias a la recomendación de su peluquero, apuesta por el equino ganador, con lo que se agencia más de mil pesos de golpe. Como no sabe en qué invertirlos e impulsado por su buen corazón invita a sus amigos del barrio, una panda de maleantes dirigidos por un viejo doctor apellidado Valerga, a pasar juntos las tres noches más alocadas de sus vidas en el carnaval de la capital de 1927. Tanto es lo que bebe Gauna que se despierta tirado en medio en medio de un bosque junto a un mudo y su hermano, sin recordar cómo llegó allí. Sin embargo, una imagen persiste en su cabeza, la de una mujer cubierta con una máscara en el lujoso pub de copas Armanville, de las afueras de la ciudad.

A partir de este punto comienza una historia de cotidianeidad, que Bioy prolonga la mayor parte de la novela. Gauna visita a un brujo porque sabe que algo importante ocurrió aquella noche, aunque no tenga claro el qué. El vidente le recomienda que trate de olvidarse del todo de ese asunto, pues su vida podría correr peligro si no lo hiciera. Entonces Gauna se resigna e intenta volver a la rutina de siempre. Se enamora, se casa, tiene toda suerte de proyectos y parece feliz, pero la duda acerca de lo que ocurrió verdaderamente en esas tres noches de 1927 vuelve a presentarse años después con una fuerza atroz.

Tengo que decir que El sueño de los héroes es una novela bastante diferente de lo que esperaba tras haber leído La invención de Morel. Se presenta a sí misma como una obra fantástica, pero este elemento se concentra en muy pocos puntos de la narración, que, por lo general, goza de un realismo muy bien construído. Con Gauna uno paseará por los lugares más deprimidos de los Buenos Aires de finales de los 1920s en una novela con unos tintes argentinos muy marcados. Los personajes toman mate, vosean, recitan tangos de memoria, se vuelven locos por el fútbol, apuestan a las carreras de caballos, salen a emborracharse por noches en el carnaval, etc. Esto puede llamarle la atención a lectores que como yo no hemos pisado nunca Argentina, aunque me imagino que buena parte de los de allá estarán un poco hartos de personajes tan estereotipados. 

Lo cierto es que los personajes se sienten muy encerrados en sus roles sociales y salvo alguno que otro como Larsen, la mayoría cuentan con una profundidad relativa y con unas actuaciones algo predecibles. Gauna es un personaje que no comprende cómo debe actuar, pero que se deja guiar con la idea de "cómo tienen que ser los hombres"; demostrará a toda costa que él no es ningún cobarde. Es triste, porque él mismo sabe que los actos que tiene son muy reprochables y que el doctor Valerga y sus compinches son unos sinvergüenzas que sólo quieren aprovecharse de su dinero, pero aún así siente una necesidad tan grande de mostrarse ante ellos como el "macho" que raya en lo patético. No obstante, Gauna tiene un buen corazón y eso le lleva a conquistar a Clara, la hija del brujo, que a mi juicio es uno de los personajes mejor construidos y que más juego dan. Clara se pasea en otro conjunto social que Gauna desconoce: el marginal mundo del arte dramático de la época. Sus amigos son intelectuales con pocos recursos donde Gauna no encaja en absoluto. El grupo de Clara es utilizado por Bioy para criticar la pésima situación de la mayoría de teatros de la Argentina del primer tercio del siglo XX, muy influido por las ideas modernistas que llegaban tardíamente de la Europa Continental. Clara es un personaje ambiguo e ingenioso y, por supuesto, la mente pensante del matrimonio Gauna. Sabe que todo lo que profetiza su padre es cierto y que Emilio no debe instigar en el pasado de aquellas tres noches. Sin embargo, me ha faltado en ella una chispa de rebeldía con una pareja tan cargada de celos como es el operario, poderosamente posesivo e irresponsable.

A pesar de esto, la construcción final y el ritmo creciente de la novela en su último tercio le dan una fuerza estética apabullante. Se genera una intriga insospechada para el lector que hacía un par de días había comenzado el libro en un abanico de confunsión y, al igual que en La invención de Morel obtenemos un final más que satisfactorio y que nos deja con más preguntas que respuestas. Bioy consigue que uno llegue a sentir verdadera preocupación por el destino de Gauna y por desentrañar el misterio que busca con tanto ahínco. Y esto es un logro fundamental para que una novela como El sueño de los héroes siga funcionando a día de hoy.

Por su temática la historia me ha recordado en gran medida a Cuando quiero llorar no lloro, aunque la prosa de Bioy es más sobria y precisa que la de Otero Silva, que destaca por su léxico florido e irónico.  También recuerda a un cuento como El sur de Borges, aunque con una trama mucho más enrevesada, callejera y distanciada en el espacio. Como novela podría decir que es recomendable, aunque los que más disfrutarán de ella serán los argentinófilos y los amantes de los finales sorprendentes que sepan tener paciencia a la hora de leer. Para cualquiera de estos dos, es una novela imprescindible.

Más reseñas de obras de Bioy Casares en esta esquina: La invención de Morel




domingo, 7 de enero de 2018

El niño que dibujaba gatos, de Lafcadio Hearn







Me aventuré a leer este libro gracias a la intrincada y extravagante vida de su autor: un periodista griego de padre irlandés que tras trabajar en los Estados Unidos acaba dando clases en universidades japonesas a finales del siglo XIX. Pensé que de esas extrañísimas experiencias aparecerían textos a la altura, pero lo que me he encontrado es bastante diferente. De los 23 cuentos que integran este libro sólo 9 están escritos con seguridad por Hearn (menos de la mitad del texto total) y los otros se le atribuyen por semejanzas con el estilo. Las piezas se tratan de una curiosa mezcla de cuentos maravillosos (que podían haber sido transmitidos perfectamente a través de la tradición oral japonesa) y narrativa infantil. Aunque decir que estos textos son para niños sería un poco desconcertante porque si bien hay en ellos formas típicas de la narrativa para los más pequeños (tramas sencillas, tono desenfadado, historias con finales "normalmente" felices, objetos mágicos, amigos animales que hablan,...) también tenemos situaciones y escenas que hoy en día calificaríamos de inapropiadas sin dudarlo. La mayoría de cuentos tienen un machismo muy marcado y en ellos no es inhabitual la presencia flotante de la idea del sexo y la justificación de la violencia más sangrienta. Supongo que a finales del siglo XIX la literatura estríctamente para niños estaba naciendo y no se sabía muy bien cómo enfocarla. 

A la falta de un público objetivo que pueda disfrutar de esta obra se le suman otros problemas diversos. Uno de ellos es la sensación que deja en el lector de que las tramas siguen modelos cerrados muy simples que se repiten una y otra y otra vez hasta el hastío. Esto es propio de los cuentos maravillosos de tradición oral en el que un cuento se modifica una y otra vez generando versiones diferentes de lo mismo, que se acaban por separar para conformar nuevos cuentos. Esto es comprensible si tenemos en cuenta que el texto no estaba fijado y que se acudía a él a través de las reminiscencias que podía dejar la memoria colectiva, pero eso no quita que los editores podían haber sido más listos y omitir aquellas historias que eran prácticamente iguales para dar algo de fluidez. A veces menos es más, y para mí sobran como mínimo unos 10 cuentos. 

De entre lo que más merece la pena me gustaría destacar el cuento que da nombre a la recopilación que, si bien no encaja mucho con los demás, constituye una excelente historia de terror para adolescentes. El niño que dibujaba gatos juega muy bien con la sinestesia y con la idea del terror sobrenatural y acerca de lo inesperado. De entre los demás alguno medio qué hay, pero, por lo general, son textos carentes de todo interés, a no ser que sigas al autor o que estés estudiando sobre los cuentos maravillosos. Tenéis otra reseña en Noctámbula.





miércoles, 3 de enero de 2018

Un artista del mundo flotante, de Kazuo Ishiguro



Masuji Ono es un pintor que hace revisión de su vida para admitir y superar sus errores del pasado. Durante algún tiempo los cuadros de Ono habrían servido para ensalzar las grandezas del Japón Imperial que en medio de la Segunda Guerra Mundial habría intentado extender su territorio en consonancia con las ideas fascistas que prosperaban en la Europa del momento. Con la derrota del país nipón sus compatriotas habían señalado a un conjunto de ideólogos como responsables de las muertes y traidores a la nación. El viejo Ono, a diferencia de tantos otros que arrepentidos habían optado por el suicidio como única forma de pedir perdón, decide sencillamente esconder sus cuadros, guardar silencio e intentar casar a Noriko, la menor de sus hijas, lo que no conseguirá a la primera debido a su reputación.

Un artista del mundo flotante trata sobre la idea del recuerdo y la evaluación de una vida donde cada gesto es fundamental. Ono pasa tras la guerra de ser un personaje famoso y un pintor muy reconocido a tener que camuflarse y renegar de sus mejores pinturas porque estas se vinculan con una ideología hiriente, que le recuerda a los japoneses que sobrevivieron lo inútil que fueron las muertes de sus seres más queridos. El pintor debe asumir que ya nadie lo admira y que hasta sus camaradas más cercanos pasan a repudiarlo y esto no se consigue de la noche a la mañana. Ninguno de sus alumnos quiere reconocerlo como su sensei (salvo el pordiosero de Shintaro) debido a los numerosos problemas que esto podría acarrearles. Ono, pretendiendo representar ideas grandes y el espíritu de una nación frente a la cotidianeidad que buscaba su maestro Mori-san habría abandonado "el mundo flotante", el que se limitaba a retratar lo efímero de las noches de Tokio con sus faroles ondulantes y semifantasmales para caer en un error que tardará mucho en asumir, que se cobrará la vida de su hijo Kenji por el camino y que provocará el tambaleo de una familia más que ilustre que se verá asomada al abismo. 

La novela intenta centrar su acción entre 1947 y 1949, pero Ono no es un narrador lineal y va a ir introduciendo información a medida de que se vaya acordando. Esto produce unos saltos temporales asombrosos, aunque muy bien hilados, que permiten al lector conectar las distintas vivencias del pintor por temática hayan ocurrido estas en 1948 o en la década de los años 1920s. Se repite así un esquema que ya había visto en Pálida luz en las colinas con la diferencia de que aquí los párrafos no se sienten tan forzados, salvo cuando el narrador admite que se ha desviado del tema y que tiene que volver a lo que estaba contando antes del salto, lo que le resta bastante fuerza porque da la sensación de que Ishiguro se ha quedado sin forma de volver a la parte que le interesa. Esto ocurre varias veces y molesta mucho porque el lector más atento sale de ese asombro maravilloso japonés en el que había entrado y se siente un poco estafado. Aún así la narración es mucho más fluída que en Pálida luz en las colinas, donde ni siquiera había una justificación para estos saltos que alteraban el orden lógico y que me descolocaron bastante, hasta el punto de no saber si recomendar o no la novela. 

En Un artista del mundo flotante asistimos una vez más a la visión que tiene Ishiguro de su Japón natal. A diferencia de su novela anterior, aquí nos sumergimos completamente en el meollo de la cuestión, pues toda la acción se desarrolla dentro de Tokio. Ono nos habla de como es la vida en su país, cómo ha evolucionado su barrio y las personas que lo habitan, adquiriendo cada vez más hábitos occidentales y rechazando la milenaria cultura que heredan. La riña a su nieto Ichiro en el primer capítulo es un buen ejemplo de esto. El niño está solo en una de las habitaciones de la inmensa mansión venida a menos del abuelo y este se queda a mirarlo e intenta adivinar a quien imita. Lo primero que le viene a la cabeza es un noble guerrero samurai, pero la realidad es otra, el chico sueña despierto con ser un cowboy americano; la desazón del viejo es entonces monumental y llega a asustar al chico. 

Ono todavía cree en las viejas tradiciones japonesas y piensa que casar a su hija es una obligación para él. De hecho no para de demostrar una actitud muy machista a lo largo de la obra, deslegitimando las ideas y decisiones de sus hijas e intentando enseñar a su nieto que las mujeres no pueden ni deben mandar sobre los hombres y que los pensamientos de estos son cien veces mejores. Ono cree que las mujeres son débiles, frágiles y absurdas y así intenta hacérselo ver a Ichiro, quien, por tener pene, debe ser fuerte, valiente, resistente y no dedicarse a las cuestiones menores que no serían propias de su género. Esta idiosincrasia de Ono no es juzgada por el autor, pero tampoco potenciada, sino que se muestra de una forma objetiva para que los lectores puedan extraer conclusiones por sí mismos. 

Lo cierto es que ni aquí ni en Pálida luz en las colinas  el lector siente que Ishiguro juzgue a ninguno de sus personajes. Más bien se nos transmite la sensación de que son ellos mismos los que se autojuzgan. Este afán por una narración más o menos objetiva es uno de los puntos que más encuentro a favor de lo que he leído de este autor. Por muy desagradables o estupendos que puedan llegar a ser sus personajes el autor no busca ensalzarlos ni hundirlos. Mientras que leía la novela me he encontrado muchas veces dándole la razón a Ono y otras tantas en pleno desacuerdo.

Por ejemplo, las ideas que desarrolla sobre la vida del artista me parecen sumamente válidas y muy interesantes. Ono sabe que el arte es una competición contra uno mismo y contra los demás, pero que lo más importante es conseguir sacar de dentro algo que nos haga sentir, vivir, volver a ver lo maravilloso y lo horroroso del mundo y asombrarnos. Ono busca un arte con grandes pretensiones y aunque se equivoca, muchas de sus ideas como la de la búsqueda de la perfección técnica ajustada a cada uno no me parecen descabelladas. Lo más desconcertante es su alta valoración de las personas y su intento de paliar la pobreza en su país a través de la labor social del arte. Sí, es verdad que luego coje un mal camino; pero sus intenciones iniciales en ese aspecto son hermosas y totalmente loables. Al mismo tiempo, sus reflexiones sobre la vida y la madurez son muchas veces dignas de alabanza, aunque cada cierto número de páginas realice alguna que otra estupidez que lo vuelva a desacreditar.

Otra cuestión que no he comentado es que Masuji Ono guarda un tremendo parecido con uno de los personajes más memorables de Pálida luz en las colinas, el suegro de Etsuko, más conocido como Ogata-san, un profesor jubilado que habría cultivado sus ideas fascistas y tradicionalistas en sus alumnos, muchos de los cuales habrían muerto posteriormente en el conflicto bélico. Ogata, al igual que Ono, no se hace públicamente responsable de este suceso y debe soportar por ello el rechazo de toda la comunidad cuando creía verdaderamente que estaba haciéndole un bien a ésta. Por detalles así alabo a Ishiguro, quien es capaz de mostrar el lado más humano de personas con una mentalidad que no comparto ni podré compartir jamás. Si bien ante la anterior de sus obras me quedé un poco confundido, tras la lectura de esta ya sí que se me quita toda duda. Os la recomiendo encarecidamente. Tenéis otra reseña en Un libro al día, donde entre otras cosas hablan de la genialidad de los tensos diálogos que con pocas palabras expresan mucho en esta novela.

Más reseñas de obras de Kazuo Ishiguro en esta Esquina: Pálida luz en las colinas


sábado, 30 de diciembre de 2017

El año del retorno: cuatro novelas que merecieron una reseña que no tuvieron


1. Pnin, de Vladimir Nabokov

 




Pnin es una de las novelas más cómicas y autobiográficas de Vladimir Nabokov. Relata las peripecias de un emigrante ruso que trabaja como profesor universitario en los Estados Unidos y que por no comprender muy bien el inglés y tener "un corazón de oro" sufre las burlas de sus compañeros y amigos. Lo cierto es que Pnin es un personaje enternecedor por el que el lector no puede evitar sentir cierta lástima. No deja de ser una ironía que una joya como esta no fuera reseñada aquí y que La defensa, una obra mucho más floja del mismo autor, sí. El caso fue que el tiempo se me echó encima y para cuando me podía poner a escribir ya se me habían olvidado tal cantidad de detalles que sólo podía haber construido una buena reseña de haberme leído el texto de nuevo . Aún así aprovecho esta entrada conclusiva para recomendarla encarecidamente.


2. Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector



La experiencia de una lectura como Cerca del corazón salvaje, con su lenguaje femenino único basado en percepciones y sensaciones, fue incapaz de dejarme indiferente. La verdad es que las construcciones verbales de Lispector son asombrosas y hasta cierto punto inefables, o al menos yo, que he tratado de abordar sin éxito su reseña unas cinco o seis veces así lo he encontrado. La historia trata sobre la vida de Julia, sus problemas y su particular forma de ver el mundo. Para Julia sólo hay un lugar sagrado, el que queda más allá de toda convención, donde viven los corazones de los animales salvajes.

 

3. La isla de Hobson, de Stefan Themerson

 



De esta novela sí que tengo una reseña preparada, pero como no le hace ningún tipo de justicia he preferido cuidarme de sacarla. La isla de Hobson es una alucinada novela del polaco-inglés Stefan Themerson con la que vendría a concluir una saga de la cual sólo tenemos esta pieza traducida al español. Con mucho humor su autor crea una narración experimental llena de crítica social y fuertes reflexiones metafísicas (muy desalentadoras en su mayor parte) que se mezclan con una trama política y de espionaje donde se práctica una suerte de surrealismo o de alucinación onírica controlada que dicen que recuerda a autores como Lewis Caroll o Raymond Queneau. Como no he leído a ninguno de los dos, no puedo comprobarlo, pero puedo asegurarles que La isla de Hobson  trata de muchas cosas, todas ellas de gran interés para un servidor: la (des)colonización, los abusos de los gobiernos, el aislamiento de las guerras, los cambios cada vez más rápidos en las modas adolescentes,... Aunque sobre todo trata de que cada una de nuestras vidas son ríos que irremediablemente van a parar al mar que es el morir, donde aún pervive un abanico de posibilidades escandaloso para la consciencia (el ser, el alma o cómo quieran llamarlo) que aún no han sido explorados.

4. Cuando quiero llorar no lloro, de Miguel Otero Silva

 



El hecho de no haber reseñado este maravilloso título de Miguel Otero Silva me llena de una honda tristeza ya que fue un regalo de uno de los mejores profesores que tendré jamás, quien, además, me encomendó la tarea de dedicarle unas palabras a ésta que es una de sus novelas favoritas. Espero poder desquitarme un poco la responsabilidad con este breve comentario de cierre del año. Si bien es verdad que mi intención era incluir lq reseña en la Esquina nada más volviera de mi larga hibernación de más de un año, el tiempo que había pasado sin casi leer hacía que el florido lenguaje del escritor venezolano se me atragantase más de la cuenta. Cuando quiero llorar no lloro es una novela realista que retrata la Venezuela de los años 1950s con toda su crudeza. En sus páginas uno asiste a escenas crudísimas donde la violencia ya se ha convertido en el pan de cada día de un país que quiere llorar y que, de tanto que ha llorado, ya no puede. Al lector se le ponen los pelos de punta mientras acompaña a los tres Victorinos  -protagonistas con el mismo nombre, pero con diferente estatus-, en sus mundos de tristeza y miserias. Apabullante es, además, la ironía empleada por un Otero que mezcla lo elevado con lo más bajo, dignificando así las vidas de los que menos tienen. Una obra realmente esencial dentro de la tradición de la novela social de la que arrepiento no haber hablado antes.


Con esta entrada espero subsanar algunos de los descuidos, literariamente hablando, de mi año. Sería una pena que cuatro novelones así pasaran al olvido para el autor de este blog y para todos vosotros. Os invito a que me digáis las lecturas de vuestro año que no queréis que desaparezcan de vuestro imaginario por nada en el mundo. ¿Qué libros habéis disfrutado más? ¿Alguno ha cambiado vuestra forma de pensar completamente? ¿Habéis encontrado mensajes atronadoramente bellos? El 2018 está a la vuelta de la Esquina y agradecería muchísimo vuestras siempre sabias recomendaciones.

martes, 26 de diciembre de 2017

Las sirenas de Titán, de Kurt Vonnegut



Winston Niles Rumfoord es un millonario que viajando en su nave espacial privada con su perro Kazak queda atrapado en un infundibulum crono sinclástico cerca de Marte, lo que le permite desplazarse en el espacio-tiempo dentro del Sistema Solar a capricho del extraño fenómeno cósmico que lo ha fagocitado. Como cada 59 días él y su mascota se materializan en su residencia de Newport unos pocos minutos, sus apariciones y predicciones se han convertido en toda una atracción turística para los habitantes de la región. No obstante, y con suma prudencia, Rumfoord suele aprovechar estas materializaciones para entrevistarse con personajes ilustres de la Tierra que sabe, por sus viajes temporales, que desempeñarán un papel crucial en el futuro de la humanidad. Entre ellos se encuentra Malachi Constant, el hombre más rico del planeta, al que le revela una serie de sucesos acerca de su vida completamente extrafalarios. Malachi se casará con la mujer de Rumfoord, tendrá un hijo llamado Crono y viajará a Marte y a Mercurio antes de volver a la Tierra y partir para Titán, el satélite más grande de Saturno en el que no sólo la vida humana es posible, sino que está habitado por las más hermosas mujeres que el multimillonario haya visto jamás, las sirenas de Titán. Constant disfrutaría allí del amor incondicional de su futura esposa, que en ese mismo momento le repudia hasta límites insospechados, y viviría saltando de orgía en orgía con las titánicas. Lo que no sabe es que Rumfoord ha alterado ligeramente la verdad para convertirles a él y a su esposa, a la que no soporta, en los mártires más emblemáticos de su nueva religión, la Iglesia de Dios, el absolutamente indiferente, con la que planea convertirse en el terrícola más poderoso de todos los tiempos, el único líder espiritual capaz de obrar auténticos milagros.

En Las sirenas de Titán presenciaremos las alocadas aventuras que Winston Niles Rumfoord ha preparado para Malachi Constant, Beatrice y Crono, que entre otras cosas incluyen abducciones, diversos lavados de cerebro y guerras interplanetarias con platillos volantes que cumplen el papel de mero telón de fondo para hacerles pagar por sus pecados antes de llevarlos definitivamente a la luna de Saturno, donde se encuentra Salo, el único amigo del infundibulado cronosinclásticamente. Salo es un alienígena robotizado procedente de una galaxia muy remota y lleva en Titán más de doscientos millones de años a causa de una avería en su nave.

Vonnegut nos ofrece una novela de ciencia ficción cargada del humor estridente y profundamente irónico que lo caracteriza, con importantes toques de crítica social muy bien dispuestos. Se nos muestra una visión muy negativa (y quizás acertada) de la raza humana que en lugar de construir su propio camino prefiere ser guiada por un ser invisible al que atribuye su creación y sus designios. La religión de Rumfoord buscaría demostrar que si hay o no un Dios, a este no le importamos lo más mínimo. El ataque a las religiones tradicionales es abrumador y goza aquí de una buena sarta de argumentos que se llevan a lo cómico hasta un punto máximo cuando Salo se entretiene en Titán viendo como los pequeños terrícolas actúan aún estando solos como si alguien les juzgase desde algún lugar del cosmos.

Esta novela es también un buen ejemplo de texto que trabaja el enfrentamiento entre el destino y el libre albedrío. Malachi Constant se emborracha hasta perder la conciencia durante un mes cuando le leen el futuro porque confía en que haga lo que haga acabará tarde o temprano disfrutando de los bellos encantos de Titán. Frente a esta confianza ciega en la idea de destino, tenemos a Beatrice como una mujer que se siente apoderada de su vida y que con la autodeterminación propia que le dan sus varios millones de dólares hará todo lo posible para que no se cumplan las catastróficas predicciones que habría elucubrado el cinismo de su esposo. La verdad es que el personaje de Beatrice tiene una complejidad enigmática que me ha entusiasmado más que otros personajes de la trama, aunque, por decirlo de alguna forma, no me haya llegado a convencer completamente.

Otro de los temas fundamentales de Las sirenas de Titán es la fuerte crítica que hace Vonnegut de las guerras y de las ideologías de extrema derecha que toman la parte por el todo. Rumfoord se convierte en un líder despótico que dirige a las masas sin guardar ningún reparo a la hora de sacrificar vidas humanas para lograr la difusión casi planetaria de las ideas que le interesan. Su máxima: "No hay razón para que el bien no pueda triunfar con tanta frecuencia como el mal. El triunfo de algo es cuestión de organización. Si existen los ángeles, espero que estén organizados siguiendo los métodos de la Maffia." Mientras que Rumfoord se ve a sí mismo como el salvador, Vonnegut irá introduciendo voces disidentes que harán sospechar mucho al lector acerca de la legitimidad de las decisiones y los auténticos intereses del viajero temporal, creando un entorno dialógico dentro de la novela que le aportará mucho dinamismo e intriga.

Algo que me ha llamado bastante la atención son las constantes referencias bíblicas que guarda la novela. En ella hay tierras prometidas, hijos pródigos, éxodos, génesis y hasta nuevos libros sagrados. La Biblia está muy presente en Las sirenas de Titán y sirve para conectar a personajes clave como Rumfoord y Constant padre, ya que ambos habrían conseguido sus "fortunas" gracias a la palabra sagrada.

En definitiva, una de las novelas más completas y maravillosas que he tenido la ocasión de leer. A diferencia de Madre noche y Cuna de gato aquí el ritmo del texto se siente mucho más fluído y pausado, lo que ayuda a disfrutar mejor de una enrevesada trama que puede marear al lector por la sensación de una falta de lógica aparente. Con Las sirenas de Titán completo la trilogía que me habían recomendado en Das Bücherregal para comenzar a leer a Vonnegut y la verdad es que estoy más que satisfecho con el resultado, hasta el punto de que mis amistades ya empiezan a hartarse un poco de que les dé tanto la brasa con el bokononismo. Acabo este 2017 convertido a la prosa de Vonnegut y espero poder tener acceso en este año que entra a buena parte de su obra tanto de ficción como ensayística. Tenéis más reseñas en, por supuesto Das Bücherregal y Desde la ciudad sin cines. En Das Bücherregal hay, además, hipervínculos a otras reseñas de la misma obra que prefiero no repetir para no colapsaros.

Más reseñas de obras de Kurt Vonnegut en esta esquina: Madre noche, Cuna de gato,

 PD. Si hay alguna pega reprochable es quizás que la traducción de Minotauro no me transmite mucha confianza, aunque creo que es la única hasta el momento, por lo que poco se puede hacer al respecto.